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JUAN DE SOLÓRZANO PEREIRA Y LA DEFENSA DEL INDIO EN AMÉRICA POR CARLOS BACIERO Colaborador en la Colección Corpus Hispanorum de Pace de CSIC, Madrid RESUMEN La inmensa erudición jurídica, filosófica y teológica de Juan Solórzano Perei- ra y el exhaustivo conocimiento de la legislación de Indias hacen de él una figura de primera magnitud en el campo del derecho indiano en el siglo XVII. Ello ex- plica el mandato real que Felipe III le impuso, al ser enviado al Virreinato de Perú como Oidor de la Audiencia de Lima, de recoger y publicar las cuestiones funda- mentales referentes al derecho indiano, que redujo a tres: 1. Justicia de la ocupa- ción de las Indias por los españoles; 2. Justicia de la permanencia española en las Indias; 3. Justicia de la Administración y Gobernación españolas en las Indias. P ALABRAS CLAVE: legislación de Indias, Juan Solórzano, Felipe III. Virreina- to de Perú, Audiencia de Lima, siglo XVII ABSTRACT Juan Solórzano Pereira was outstanding in 17th century Spain both for his vast erudition in Philosophy, Theology and Law and for his thorough knowledge of legislation concerning the American colonies. It was quite natural for Philip III to send him to Peru as Oidor of the Lima Tribunal and give him the mandate to compile and publish the materials dealing with the most fundamental problems of colonial legislation. He did so in three steps: 1.The question of justifying the Spanish takeover. 2. The rightfulness of continuing the Spanish presence in those territories. 3. The critical appraisal of the Spanish Administration and Government in the area. KEY WORDS: Legislation concerning the American colonies, Juan Solórzano, Peru, Lima, 17th century Hispania Sacra, Missionalia hispanica, 58 117, enero-junio 2006, 263-327, ISSN: 0018-215-X

Baciero Carlos (2006).- Juan de Solórzano Pereira y La Defensa Del Indio en América

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  • JUAN DE SOLRZANO PEREIRA Y LA DEFENSA DEL INDIOEN AMRICA

    POR

    CARLOS BACIEROColaborador en la Coleccin Corpus Hispanorum de Pace de CSIC, Madrid

    RESUMENLa inmensa erudicin jurdica, filosfica y teolgica de Juan Solrzano Perei-

    ra y el exhaustivo conocimiento de la legislacin de Indias hacen de l una figurade primera magnitud en el campo del derecho indiano en el siglo XVII. Ello ex-plica el mandato real que Felipe III le impuso, al ser enviado al Virreinato de Percomo Oidor de la Audiencia de Lima, de recoger y publicar las cuestiones funda-mentales referentes al derecho indiano, que redujo a tres: 1. Justicia de la ocupa-cin de las Indias por los espaoles; 2. Justicia de la permanencia espaola en lasIndias; 3. Justicia de la Administracin y Gobernacin espaolas en las Indias.

    PALABRAS CLAVE: legislacin de Indias, Juan Solrzano, Felipe III. Virreina-to de Per, Audiencia de Lima, siglo XVII

    ABSTRACTJuan Solrzano Pereira was outstanding in 17th century Spain both for his

    vast erudition in Philosophy, Theology and Law and for his thorough knowledgeof legislation concerning the American colonies. It was quite natural for Philip IIIto send him to Peru as Oidor of the Lima Tribunal and give him the mandate tocompile and publish the materials dealing with the most fundamental problems ofcolonial legislation. He did so in three steps: 1.The question of justifying theSpanish takeover. 2. The rightfulness of continuing the Spanish presence in thoseterritories. 3. The critical appraisal of the Spanish Administration andGovernment in the area.

    KEY WORDS: Legislation concerning the American colonies, Juan Solrzano,Peru, Lima, 17th century

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  • En carta de 8 de abril de 1618 a Felipe III Juan Solrzano y Pereira da cuen-ta de la obra que est escribiendo se refera a su tratado De indiarum iureen los escasos tiempos que le dejan libre sus ocupaciones como oidor de la Au-diencia de Lima y las mltiples consultas que le llegan como a eminente exper-to en cuestiones jurdicas sobre los diversos problemas de la sociedad indiana.En esta obra escribe Solrzano al rey se juntan y tratan todos los puntosdignos de consideracin que se suelen y pueden ofrecer en las materias del go-bierno y justicia de estas Indias Occidentales.

    En realidad estaba cumpliendo un mandato real. Como l mismo recuerdaen la Dedicatoria a Felipe IV de su Poltica indiana, el Rey Felipe III le habaordenado, al ser enviado al virreinato del Per, que atendiese y escribiese todolo que juzgase concerniente y conveniente a su derecho y gobierno. La ordenqued cumplida y Solrzano se puede permitir ahora hablar al rey del gran tra-bajo puesto en juntar, disponer e ilustrar tan varias materias, en que me atrevoa afirmar sin jactancia que soy... el primero que las he escrito sin poner plantasobre huella ajena.

    La amplitud y novedad, efectivamente, de los temas abordados con preten-siones de totalidad se desbord por las 1.300 apretadas pginas de texto a doblecolumna en dos volmenes de gran tamao. El volumen primero presenta el si-guiente ttulo: De Indiarum iure sive de iusta Indiarum Occidentalium inquisi-tione, acquisitione et retentione. Su materia queda, pues, dividida en tres gran-des cuestiones tratadas en sendos libros: descubrimiento, conquista y retencinde las Indias. El volumen segundo lleva por ttulo De Indiarum iure sive de ius-ta Indiarum occidentalium gubernatione, y comprende cinco libros en los quese estudian y se someten a revisin las principales instituciones que estructuranel funcionamiento de la sociedad indiana de entonces: encomiendas, sistematributario, servicios personales, sistema educativo...

    La buena acogida que tuvo la obra y los deseos de numerosas personas quele pedan por carta la traduccin al castellano movieron a Solrzano a publicarla Poltica indiana, que result ser una especie de adaptacin o vulgarizacin,menos especializada cientficamente, de la obra latina, que queda en parte resu-mida y en parte enriquecida con nuevos datos, como l mismo nos dice. Con-cretamente los ttulos justificativos de la conquista y permanencia de Espaa enIndias, que en el volumen primero del De Indiarum iure ocupaban ntegramen-te los libros II y III, en la Poltica indiana quedan enormemente simplificados yreducidos a los captulos 9-12 del libro I.

    Estas dos obras son un claro exponente de los vastsimos conocimientos ju-rdicos que posea (sobre todo en lo referente a los problemas indianos), ascomo de su prudencia, de su integridad y de su sentido estricto de la justicia entodas sus actuaciones. A este respecto nos dej l mismo constancia escrita de

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  • algunas decisiones judiciales, un tanto comprometidas y valientes, que por ra-zones de oficio hubo de tomar. As nos recuerda el castigo que, siendo fiscal enel Supremo Consejo de Indias, impuso al heredero de un tal Hernando Vera, an-tiguo encomendero, a quien, por los demasiados tributos que cobr de sus in-dios y otros graves daos y vejaciones que se prob haberles hecho, le privaronde ellos y fue condenado a una gran suma de ducados, para cuya paga se le ven-dieron en almoneda todos los bienes que tena, y entre ellos el pueblo de SanMartn de Valdeiglesias, que haba comprado en Espaa1.

    Sorprende tambin la gran erudicin y el enorme volumen de lecturas que sereflejan en las pginas de sus obras: lecturas jurdico-cannicas, histricas, filo-sfico-teolgicas e incluso literarias. Demuestra adems Solrzano un exhaus-tivo conocimiento de toda la legislacin de Indias desde sus orgenes hasta elmomento en que est redactando la obra. Bien es verdad que no todos los auto-res u obras de autores que cita pueden ser considerados como fuentes directa-mente consultadas por l. Es obvio pensar que una buena parte de estas citasson meramente indirectas, que transcribe sin ms mirar y, por tanto, con losmismos eventuales errores de los autores directamente consultados. Sin em-bargo, no es infrecuente el caso en que advierte expresamente que no ha podidollegar a tal o cual obra de determinado autor, a pesar de haberla buscado.

    Muestra adems seria preocupacin por estar al corriente de las ltimas pu-blicaciones, hasta el punto de que con frecuencia utiliza expresiones como seacaba de publicar recientemente... o despus de escrito esto, ha aparecido....Pero hay que reconocer tambin que esa especie de pasin por la cita llega a ve-ces a enturbiar en cierto grado el contenido y a hacer un tanto fatigosa la lectura.

    Respecto a las fuentes filosficos-teolgicas se ha de decir que, adems delos autores clsicos de la antigedad greco-latina, de la Patrstica latina y griegay de la alta Edad Media (a quienes de ordinario cita por simple compromiso deerudicin), los que verdaderamente modelan el pensamiento de Solrzano e in-fluyen de modo decisivo sobre l son los maestros de la Escuela de Salamanca,entendida sta en un sentido de cierta amplitud. De entre ellos pueden conside-rarse como los citados (muchas veces con elogio) Juan Azor, Domingo Bez,Alfonso de Castro, Antonio de Crdoba, Serafn Freitas, Pedro de Ledesma,Bartolom de Medina, Luis de Molina, Juan de Salas. Domingo de Soto, Fran-cisco Surez, Gregorio de Valencia, Gabriel Vzquez...

    Pero podemos afirmar que son Francisco de Vitoria y Jos de Acosta los quesin duda ejercen sobre l un influjo ms directo y decisivo en todas las cuestio-nes filosfico-teolgicas de alguna importancia estrictamente relacionadas conla problemtica indiana y es a ellos a quienes reserva los ms encendidos elo-

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    1 Juan SOLRZANO, Poltica indiana, lib. III, cap. 26, n. 31 (Biblioteca de Autores Espaoles 252,307).

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  • gios. Llama a Vitoria astro el ms refulgente de la Orden Dominicana. Res-pecto de Acosta es frecuente la repeticin de frases elogiosas a su nombre, cita-do innumerables veces; en l se apoya constantemente.

    La profunda huella que dej Acosta, sobre todo en el virreinato del Per, yla fama de su prestigiosa personalidad estaban todava muy vivas por aquellosen que Solrzano ejerca su oficio de Oidor de la Real Audiencia de Lima.Considera sus escritos doctsimos y elegantsimos; otras veces hablar delelegantsimo Padre Jos de Acosta, o de su habitual prudencia, o de susgraves palabras y slidas razones; o cuando despus de citar a otros autoresconcluye con la mayor naturalidad: Y mejor que todos el Padre Jos deAcosta2.

    Solrzano aduce y transcribe textos ntegros de Vitoria y Acosta, bien sea enapoyo de su tesis (el caso ms frecuente), o bien sea, por el contrario, para mos-trar su desacuerdo. Cuando esto ltimo ocurre y en la medida en que ocurre, seda en l una aproximacin a la lnea de pensamiento representada por Juan Gi-ns de Seplveda. Es el peso de su compromiso en defender ante Europa a laCorona espaola lo que, posiblemente, le fuerza a ese calculado y parcial dis-tanciamiento del comn sentir de la Escuela en determinadas cuestiones. Ellono obsta para concluir con toda legitimidad, a mi juicio, que es dentro del hori-zonte y del espritu de la Escuela de Salamanca donde l se sita y desenvuelvenormalmente sus reflexiones. Su sentido de equilibrio y de justicia, su afn deveracidad y objetividad dentro de la meta que se haba propuesto y las conclu-siones a que llega en la mayor parte de las cuestiones importantes acreditan supertenencia a la Escuela de Salamanca. Lo pone de manifiesto la fundamenta-cin filosfico-teolgica sobre la que Solrzano monta su defensa de Espaaante las acusaciones (calumnias las llama l) de la Europa protestante.

    La obra de Espaa en Amrica, en cuya defensa empea Solrzano su pres-tigio personal y su saber, abarca estas tres grandes y fundamentales cuestiones:Justicia de la ocupacin de las Indias por los espaoles, Justicia de la perma-nencia de Espaa en las Indias, y Justicia de la Administracin y Gobernacinespaolas en las Indias. Con esto queda trazado el camino que vamos a recorrer.

    JUSTICIA DE LA OCUPACIN ESPAOLA

    1. Ttulo primero: la voluntad

    A imitacin de Vitoria examina aquellos ttulos que pueden de Dios aducirsepara justificar la ocupacin espaola de las Indias. El primero de ellos es un t-

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    2 O. c., lib. II, cap. 6, n. 2 (BAE 252, 170).

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  • tulo providencialista, cuyo valor no pone en duda: la voluntad de Dios que diri-ge el curso de la historia y distribuye los reinos. Dios ha querido reservar a losreyes de Espaa el descubrimiento del Nuevo Mundo y concederles sus reinospara llevar a aquellos pueblos a la luz de la fe.

    2. Ttulo segundo: la inspiracin divina

    Un segundo ttulo es la inspiracin e impulso divino que movi a los reyesde Espaa y sus vasallos al descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Ve laexistencia de dicha inspiracin en mltiples acontecimientos histricos que serecogen tanto en la Sagrada Escritura como en las crnicas de la Historia Ecle-sistica; da abundantes nombres de autores que aceptan este hecho en general, ylos de otros autores que lo reconocen concretamente en el caso presente. Y creever los signos de esta inspiracin divina en la predicacin de la palabra deDios, el conocimiento de Jesucristo, la conversin de muchos pueblos, la salva-cin de muchsimas almas de nios, hombres, mujeres y hasta de enfermos que,clavados largo tiempo en el lecho, al fin recibiendo el bautismo volaron al cie-lo, los milagros que se sucedieron3. En efecto, hubo y sigue habiendo hoy danumerosos milagros que prueban con evidencia la voluntad y casi dira el pla-cer de Dios en esta gran empresa4. Reconoce, bien es verdad, que estos dosprimeros ttulos, aunque eficacsimos y de peso, no constituyen una prue-ba evidente5.

    3. Ttulo tercero: el descubrimiento

    Por eso propone un tercer ttulo: el derecho del descubrimiento y ocupacin.Se corresponde con el ttulo tercero, no legtimo, de Vitoria. Solrzano reducela validez del ttulo a los siguientes lmites: Como en este inmenso y dilatadoespacio de territorios que descubrieron y recorrieron los espaoles con su es-fuerzo y habilidad, haba muchas zonas deshabitadas a las que los propios in-dios no haban llegado o las haban dejado desiertas y sin cultivar..., sin duda seha de afirmar que al menos con relacin a estas zonas el mencionado ttulo estil y legtimo6. En realidad el derecho de ocupacin as restringido no es ttu-lo que justifique la ocupacin de todos los territorios indianos; y aqu precisa-mente reside el problema. Solrzano, pues, no va ms all de lo que ya Vitoria

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    3 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 3, n. 21 (Corpus Hispanorum de Pace 2. Serie 5,97).

    4 O. c., lib. II, cap. 3, n. 47 (CHP 2. Serie 5, 105).5 O. c., lib. II, cap. 6, n. 1 (CHP 2. Serie 5, 181).6 O. c., lib. II, cap. 6, n. 81 (CHP 2. Serie 5, 207).

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  • haba reconocido al afirmar que hay otros muchos bienes que ellos [los indios]dan por abandonados y son comunes a todos los que los quieran aprovechar7.

    4. Ttulo cuarto: estado de barbarie de los indios

    Solrzano examina un cuarto ttulo (muy querido de Seplveda), que pudie-ra justificar la ocupacin de las Indias: El estado de barbarie en que se encuen-tran los indios. Esta cuestin arrastra consigo preguntas de suma gravedad des-de el punto de vista humano, poltico, social y religioso, que ya otros antes quel se haban planteado: Son los indios verdaderos hombres? Son esclavos pornaturaleza? Hasta dnde llega su estado de barbarie? Su situacin de incultu-ra y salvajismo justifica una guerra de sometimiento?

    Cul fue la respuesta de Solrzano a estas tremendas preguntas? Vitoria ha-ba hablado ya de las claras manifestaciones de uso de razn que se observabanen los indios: tenan sus ciudades bien establecidas, sus matrimonios bien defi-nidos, sus magistrados, seores, leyes, industrias, comercio y una forma de reli-gin, y todo ellos requiere uso de razn8.Est convencido Solrzano, con elsentir comn de la Escuela de Salamanca, de que la torpeza o rusticidad de losindios no se debe tanto a su ndole natural o temple nativo cuanto a una ya deantes mala educacin... y a falta de instruccin9. Desde este presupuesto nopuede aceptar, a una con todos los maestros se la Escuela de Salamanca, la es-clavitud natural de los indios entendida del modo riguroso de Aristteles, quehace suyo Seplveda.

    Es indudable que todos los indios son por naturaleza libres y dueos de susbienes y que, por su incultura, no se les puede privar de su libertad y dominio nisubyugarlos por la fuerza o incluso cazarlos como a las fieras (como algunospretende siguiendo a Aristteles), para que aprendan a vivir bien. Porque estoes falso y absurdo. Y aunque lo diga Aristteles, no por eso se han de tener encuenta sus palabras, si son contrarias a las leyes y costumbres de la disciplinacristiana; puesto que, como pagano que era, est sepultado en el infierno, comoduramente proclam el obispo de Chiapa [Bartolom de las Casas] ante CarlosV10. Y constata por propia experiencia que, en cumplimiento de las LeyesNuevas y otras cdulas reales, en Lima se empez a poner en libertad tanto a losindios occidentales como a los orientales que haban sido importados.

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    7 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 17 (Corpus Hispanorum de Pace=CHP5, 99).

    8 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 1, n. 15 (CHP 5, 29).9 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 8, n. 87 (CHP 2. Serie 5, 301).10 O. c., lib. II, cap. 8, nn. 117-119, 122-124 (CHP 2. Serie 5, 109, 122); Poltica indiana, lib. II,

    cap. 1, n. 24 (BAE 252, 138).

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  • Al igual que Acosta, Solrzano distingue tres clases de brbaros. La primeraes la de aquellos que no se apartan gran cosa de la recta razn y de la prcticadel gnero humano; tienen una buena organizacin poltica, comercio prsperoy letras; a ella pertenecen los chinos y japoneses. La segunda es de aquellos quetienen una organizacin poltica, con sus magistrados, jefes militares, normasde comportamiento y un cierto esplendor de culto religioso; pero no ha conoci-do escritura y estn todava muy lejos de la recta razn; a ella pertenecen losmexicanos y peruanos. En la tercera entran los hombres salvajes, semejantes alas fieras, que apenas tienen sentimientos humanos, nmadas y sin organizacinpoltica; a ella pertenecen los caribes y antropfagos11.

    De acuerdo con la doctrina de la Escuela de Salamanca Solrzano juzga ne-cesario que los reyes de Espaa ejerzan al menos sobre los indios agrupados enla segunda clase un supremo gobierno que los ponga en condiciones de recibirla luz del Evangelio y llevar una vida digna de hombres, pero respetando suspatrimonios y sus tradiciones que no sean contrarias a la naturaleza y al Evan-gelio. Gobierno que no ha de ser desptico, sino suave y orientado hacia la pro-mocin humana de los indios, puesto que son libres por naturaleza12.

    Por lo que respecta a los indios incluidos en la tercera clase su estado debarbarie constituye para Solrzano un ttulo legtimo de conquista. Y precisa-mente porque la conversin de los indios es el fin primordial de la conquista,una vez alcanzada la victoria se les ha de dejar en su antigua y natural libertad,ejercer con ellos la clemencia y tratarles con amabilidad y comprensin, paraatraerlos a la fe. Y esto implica un profundo respeto a la libertad, porque la li-bertad es un don inestimable que tiene preferencia sobre todas las cosas, hastael punto de que muchas veces prevalece frente a reglas comunes del derecho, ysu privacin se compara a la muerte. A este respecto recuerda Solrzano el hon-do sentimiento que ya los Reyes Catlicos tuvieron ante la noticia de los tres-cientos esclavos trados de la Isla Espaola y repartidos por Coln13.

    5. Ttulo quinto: la infidelidadSolrzano pasa a considerar un ttulo quinto de legitimidad, problemtico y

    objeto de largas discusiones: Se puede hacer la guerra y subyugar a los indiospor su pecado de infidelidad, por su obstinacin en recibir la fe? Es el cuarto delos ttulos considerados por Vitoria como no legtimos. Cul es la opinin deSolrzano? Consciente de que est dando una respuesta a Europa no quiere de-

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    11 O. c., lib. II, cap. 9, nn. 1, 3, 9-12 (CHP 2. Serie 5, 321-323).12 O. c., lib. II, cap. 9, nn. 19-21 (CHP 2. Serie 5, 327-329).13 De Indiarum iure, lib. III, cap. 7, nn. 58-67 (CHP 2. Serie 1, 441-445); Poltica indiana, lib. II,

    cap. 1, n. 14 (BAE 252, 135).

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  • saprovechar la fuerza argumental que a este nuevo ttulo pueda venirle de pres-tigiosos autores (y no precisamente espaoles), de reconocida autoridad mun-dial, con el Ostiense a la cabeza. Tras exponer en torno a esta cuestin las diver-sas posturas y las razones que las fundamentan, aade: En cuestin tandudosa, corroborada por tantos y tan ponderados argumentos y autoridades deuno y otro lado, no ahorrar sacrificios quien pretenda la defensa de esta o deaquella opinin...14. No obstante, terminar concediendo que, si los infieles noperturban la fe de los cristianos con quienes conviven, en ese caso la opininms verdadera y generalizada es que slo por causa de su infidelidad no se pue-de de ordinario privar a los infieles de su dominio15.

    6. Ttulo sexto: los pecados contra la naturaleza

    El sexto ttulo que Solrzano seala para justificar a la Corona espaola re-sulta de difcil aplicacin, como tal ttulo, por la complejidad de aspectos muydistintos que en l se acumulan y que parecen romper la unidad del concepto.Estos aspectos, englobados bajo el concepto de un mismo ttulo, son los si-guientes: que cometen los ms abominables pecados contra la naturaleza, queejercen la tirana, que son antropfagos e idlatras, que ofrecen sacrificios hu-manos. Difcilmente se puede dar una respuesta unitaria que englobe indistinta-mente todos estos aspectos; cada uno de ellos de por s parece constituir un ttu-lo de distinto orden.

    Vitoria en el ttulo quinto de los por l considerados como no legtimos in-cluye solamente los pecados contra la naturaleza y llega a la siguiente conclu-sin: Los prncipes cristianos, ni aun con la autorizacin del Papa, puedenapartar por la fuerza a los indios de los pecados contra la ley natural ni castigar-los por esta causa. Y esto cualquiera que sea el sentido que se d al conceptode pecado contra la naturaleza; es decir, bien sea un sentido general o un sen-tido estricto y especfico. Ningn pecado contra la naturaleza, en cuanto tal pe-cado, puede jams justificar una guerra.

    Jos de Acosta llegar a decir con punzante irona que difcilmente se hancometido jams tantos y tan enormes crmenes por ningn pueblo brbaro y fie-ro o escita como por esos defensores del derecho natural...16. A la misma con-clusin haban llegado casi todos los maestros de la segunda generacin de la

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    14 De Indiarum iure, lib. II, cap. 22, n. 2 (CHP 2. Serie 5, 385).15 O. c., lib. II, cap. 11, n. 58 (CHP 2. Serie 5, 405).16 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis (CHP 5, 69-72); JOS DE ACOSTA, De procuranda indo-

    rum salute CHP 23, 281): Juan de la Pea formul difanamente la tesis: Ningn poder civil ni del reypor derecho natural puede castigar prncipes o repblicas que no le estn sometidas, por crmenes con-tra la ley natural o por razn de idolatr (CHP 9, 227).

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  • Escuela, para quienes ni la infidelidad ni la idolatra ni ningn tipo de pecadocontra la naturaleza pueden justificar una conquista de los indios. Porque nohay ms justa de guerra que la injuria inferida, como repiten insistentemente.Es un principio general irrenunciable y de absoluta garanta.

    Qu postura adopta Solrzano ante este problema? Queda, obviamente, im-presionado ante la gravedad de tales abominables aberraciones, de las que, si-guiendo a Acosta, traza el siguiente cuadro estremecedor: Adems de la idola-tra, de los ritos nefandos, de los frecuentes tratos con los demonios, delconcbito con varones, de la unin incestuosa con hermanas y madres y demsabominaciones de este estilo, se mataban unos a otros sin formacin de causa,mezclaban con sangre sus francachelas y borracheras; muchos encontraban susmayores delicias en comer carne humana; otros inmolaban nios inocentes alos dolos; otros celebraban las exequias de los suyos con sangre ajena; los msconsideraban que la fuerza slo se les ha dado para hacer dao y ensaarse, aligual que las fieras salvajes que toman por presa suya a los animales natural-mente ms dbiles y de categora inferior. De modo que entre ellos ser seor ysaquear es una misma cosa; estar sometido no es ms que estar expuesto al ca-pricho del ms fuerte. Ante tales atrocidades y abominaciones no parece quese haya de dudar concluye Solrzano que nuestros Catlicos Reyes hayanpodido mover guerra contra los indios para forzarlos a apartarles de estos deli-tos y a guardar la ley natural17.

    En definitiva, los pecados contra la naturaleza, as tomados en su conjunto ysin ulterior especificacin, justifican las guerras de conquista. Pero esta conclu-sin, a la que parece llegar Solrzano, resulta un tanto confusa, porque no setiene en cuenta una circunstancia que los maestros de la Escuela salmantinaconsideran esencial; a saber, que los pecados contra la naturaleza, cualesquieraque ellos sean, lleven (o no lleven) aneja una injuria que se infiera al individuoo a la sociedad. Slo si se da o no se da la circunstancia de la injuria, se puedeaclarar el problema en una direccin o en otra.

    Al examinar el problema de si la idolatra pueda constituir o no causa justade guerra, Solrzano se declara perplejo ante la fuerza de los argumentos que sepresentan en un sentido y en otro y no se decide a tomar posicin clara por unau otra parte. Pero parece advertirse una cierta inclinacin hacia las posicionesde Seplveda en el modo de presentar el argumento que pone su fuerza en laconexin existente entre idolatra y blasfemia: La idolatra y la infidelidad sonpecados mayores y ms graves que la blasfemia, y la incluyen en cuanto quesustraen a Dios un dominio que le es propio y atacan la fe con su misma ejecu-cin... Ahora bien, por razn de blasfemia se puede hacer la guerra contra los

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    17 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 13, nn. 1-2 (CHP 2. Serie 5, 467). Cfr. Jos DEACOSTA, De procuranda indorum salute, lib. III, cap. 3. n. 1 (CHP 23, 263).

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  • infieles, siempre que stos impidan la fe con sus blasfemias y sus perversas per-suasiones u hostiguen a los predicadores de la ley evanglica incluso en susprovincias18.

    Dentro de este mismo ttulo sexto para justificar la ocupacin de las Indias porEspaa incluye Solrzano la tirana que padecan los indios antes de la venida delos espaoles. Este nuevo aspecto es el que estudia Vitoria en el quinto ttulo delos que l considera legtimos y que formula de la siguiente manera: Otro ttulopodra ser la tirana de los mismos caciques de los indios o sus leyes tirnicas endao de los inocentes; el sacrificio, por ejemplo, de hombres inocentes o la ma-tanza, otras veces, de hombres libres de culpa, con el fin de comer su carne19.Son los diversos matices en que se manifestaba la tirana de los caciques en daode los inocentes, es decir, con lesin de unos derechos que les correspondancomo a criaturas racionales, imgenes de Dios. Interviene, pues, un elementonuevo y determinante: la injuria inferida, que rebasa la mera consideracin de pe-cado contra la naturaleza y exige una consideracin aparte y autnoma.

    Por eso no parece coherente que Solrzano coloque a Vitoria con toda su Es-cuela en el lado de los que niegan la validez de este sexto ttulo. No lo niegan enlo tocante a este punto fundamental de la tirana, por las razones aducidas. Nose ajusta, por tanto, a la verdad la afirmacin de que dichos autores defiendenque a los indios no se les puede hacer la guerra, por ms que padezcan la opre-sin de un tirano, sirvan a los dolos y comentan los delitos ms perversos yabominables contra la ley y la razn naturales; incluso, si, requeridos a que seabstengan de esos desrdenes, rehsan hacerlo20.

    Hubiera sido preciso distinguir entre unos y otros aspectos contra la natura-leza: no se encuentran en el mismo orden la antropofagia, los sacrificios huma-nos o la blasfemia propiamente dicha, y los desrdenes sexuales o la idolatra,por ejemplo. Consiguientemente, no pueden todos esos aspectos indistintamen-te constituir una unidad de fundamentacin de un mismo ttulo. Es ms, inclusola tirana con todas sus secuelas, que en s misma considerada es tenida por ttu-lo vlido tanto por Solrzano como por el resto de la Escuela puede tener, a jui-cio de Alonso de Veracruz, un valor relativo de acuerdo con la idiosincrasia delos pueblos. Por eso, aunque el gobierno de los indios hubiera parecido a los es-paoles tirnico, todava le queda a Alonso de Veracruz una duda: Puede serque lo que aparece tirnico a los ojos de una nacin, fuera conveniente y ade-cuado a los ojos de esta nacin brbara; por ejemplo, el que sus seores los go-bernasen a base de temor y dominio, y no de amor21.

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    18 O. c., lib. II, cap. 13, nn. 39-41 (CHP 2. Serie 5, 479).19 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 14 (CHP 5, 93).20 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 14, nn. 2 (CHP 2. Serie 5, 511).21 Alonso DE VERACRUZ, De dominio infidelium et iusto bello, dub. XI (ed. E. J. Burrus, I p. 414, n.

    820).

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  • De todos modos cuando la tirana se manifiesta en sacrificios humanos devctimas inocentes y en antropofagia, nadie duda, como acabamos de indicar,que constituye una causa justa de guerra por la razn tantas veces aludida y queclarifica por s misma toda esta problemtica. Solrzano, en cambio, coloca elpecado de idolatra como punto de partida de su argumentacin y por eso nece-sita, en ltimo trmino, apuntalar la justificacin del ttulo con la consideracinde la tirana: Pero si en los infieles se halla no slo la tirana, sino tambin unacruel y desenfrenada tirana, una voracidad de carne humana y cruentos y exe-crables sacrificios de inocentes..., entonces creo ms verdadero y probable laopinin de quienes permiten la guerra contra todos los infieles para acabar conestas injurias y opresiones, aunque no nos estn sometidos y, lejos como estn,no demanden nuestra ayuda y se diga que estn contentos con su suerte22. Peroes claro que entonces la razn de la idolatra como tal ha perdido toda su efica-cia justificativa.

    Cuando, finalmente, Solrzano pasa a considerar los pecados de incesto ydems aberraciones sexuales, cree opinin bastante probable la de quienesensean que los prncipes cristianos pueden, con licencia del Sumo Pontfice,castigar y hacer la guerra a los indios por causa de estos delitos si, despus deadvertidos, no desisten de ellos23. Y esta conclusin no es aceptada, como vi-mos, por Vitoria y su Escuela; no es competencia del hombres castigar y vengarlas injurias que se hacen a Dios.

    7. Ttulo sptimo: la predicacin de la feEste ttulo sptimo corresponde al cuarto de los que Vitoria considera no leg-

    timos para ocupar las tierras de los indios: Que no quieren recibir la fe de Cris-to, no obstante habrsela predicado y haberles exhortado insistentemente a reci-birla24. En torno a l surge una pregunta problemtica: Es lcito someterprimero por las armas la barbarie de los indios, para que, una vez amansados, re-ciban despus la predicacin del Evangelio? Hay dos respuestas antagnicas aestas preguntas: una positiva y otra negativa. La respuesta positiva est represen-tada principalmente por Seplveda apoyado en la autoridad de John Mayr. Aa-de Solrzano que tambin se puede sealar a Acosta como defensor de esta opi-nin; pero parece difcil sostener esta afirmacin. En efecto, Acosta distinguetres mtodos en la predicacin de la fe entre los indios: el puramente apostlicosin ningn aparato militar; el de predicar slo a los convertidos y sometidos; fi-nalmente, el de predicar tambin a los no convertidos, pero con escolta militar

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    22 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 15, n. 4 (CHP 2. Serie 5, 553).23 O. c., lib. II, cap. 15, n. 26 (CHP 2. Serie 5, 561).24 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 10 (CHP 5, 54).

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  • para proteger la vida de los predicadores. Acosta no duda de que el primero estericamente el mejor, pero quien quiera seguirlo en todos sus pormenores conla mayor parte de los pueblos indios por nada ms puede ser condenado quepor su extrema estupidez, y no sin razn, como lo prueba la experiencia.

    Sin abandonar el cuidado pastoral de los ya cristianos, opina Acosta que seha de llevar el evangelio a los brbaros no sometidos adoptando el tercer mto-do, porque la razn y la experiencia demuestran que es preciso que soldado ymisionero vayan juntos25.

    Pero este tercer mtodo que Acosta defiende para los casos mencionados esmuy distinto del que propugna como legtimo en este sptimo ttulo: no se tratade someter previamente por las armas para despus predicar, sino de proteger lavida de los predicadores frente a los indios que, por no estar sometidos, podrnalzarse contra ellos, de no mediar la presencia de los soldados. Por la misma ra-zn no parece acertado citar una vez ms a Acosta entre los autores que afir-man expresamente que hubiera sido imposible que los espaoles convirtieran alos indios, si antes no se les hubiera hecho la guerra o se les hubiera domadopor alguna fuerza o temor de armas26.

    En el lado opuesto estn quienes responden negativamente a la pregunta, esdecir, que no se puede forzar en absoluto por las armas ni privar de sus bienes alos indios, aunque sean sbditos de prncipes cristianos, con el fin de predicar-les la fe. Solrzano no duda en afirmar que esta es la opinin ms generalizadaentre los telogos. Se incurrira en una coaccin directa a recibir la fe, que inva-lidara el bautismo; aparte de que una conversin forzada sera perjudicial e il-cita, porque la fe es un acto absolutamente libre. As mismo dir que mediantecoaccin directa nadie debe ser forzado a la fe, porque la fe es una cuestin depersuasin, no de imposicin obligada27.

    Esto supuesto, preguntamos: dnde se sita Solrzano? Por de pronto, unacosa le parece inconmovible: Poco firme y segura parece la predicacin y con-versin que introduce la fe con amenazas y temor. Todo el mundo est de acuer-do en que este es un argumento de la mxima fuerza y eficacia que se toma dela Escritura, de los testimonios y ejemplos de los Santos Padres o de la autori-dad, tradicin o costumbre antiqusima de la Iglesia. Es tambin la orientacinmarcada por numerosas cdulas e instrucciones reales28.

    Es tambin, por tanto, claro que no se puede nunca ejercer una coaccin di-recta. El problema surge cuando se trata de la coaccin indirecta. Cree Solrza-

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    25 Jos DE ACOSTA, De procuranda indorum salute, lib. II, cap. 8, n. 1; cap. 12, nn. 1-2 (CHP 23,303-307; 339-341).

    26 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 16, n. 45 (CHP 2. Serie 7, 51).27 O. c., lib. II, cap. 17, nn. 1-4 (CHP 2. Serie 7, 87-91).28 O. c., lib. II, cap. 19, nn. 56-59 (CHP 2. Serie 7, 109).

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  • no que la opinin constante entre todos los telogos es que la coaccin indi-recta no es mala de suyo e intrnsecamente, si se hace en las debidas circunstan-cias y si con prudencia y con esperanza de perseverancia se pretende como finla conversin29. Coaccin indirecta sera aliviar algo a los indios sbditos enlas cargas y tributos, si quieren convertirse, o imponerles mayores tributos yservicios, si siguen contumaces en su perfidia; podra extenderse tambin in-cluso a la privacin de honores y otros favores y privilegios30. A los maestrosde la Escuela opinan unnimemente que a los indios, sean o no sbditos, no seles puede coaccionar ni directa ni indirectamente a abandonar su infidelidad yabrazar la fe, porque incluso la coaccin indirecta es un atentado contra la liber-tad del acto de fe.

    No obstante, Alonso de Veracruz no tiene reparo en admitir como lcita lacoaccin indirecta (con tal de que se evite el escndalo), cuando a los indios nocristianos se les ha propuesto de modo adecuado y suficiente. En ese caso in-cluso se les puede obligar con la guerra a recibir el bautismo y la fe, no paraque crean con fingimiento, sino para que quieran de corazn lo que antes noaceptaban; es lo que se llama coaccin indirecta31. Postura sta que contrastapor su rigor con la mantenida por la generalidad de los restantes maestros de laEscuela.

    Y a esta conclusin precisamente llega tambin Solrzano en su empeo pordefender la validez de este sptimo ttulo: ni admitir como Seplveda la coac-cin directa (eso sera someter primero por la guerra para luego evangelizar), nirechazar incluso la coaccin indirecta, como lo hacen la mayor parte de los ma-estros de la Escuela de Salamanca. Lo que ocurre es que la ocupacin de las In-dias sobrepasa con mucho la simple coaccin indirecta; y entonces el ttulo sp-timo queda radicalmente desvirtuado.

    8. Ttulo octavo: derecho a la predicacin, a la emigracin y al comercio

    El ttulo octavo, al igual que ocurri con el sexto, presenta una complejidadque difcilmente puede reducirse a una unidad de concepto. Incluye, en efecto,dos aspectos bien diferenciados, que tambin considera Vitoria, pero reclaman-do para cada uno de ellos un concepto autnomo. Estos dos aspectos son: el de-recho a la predicacin y el derecho a la emigracin y comercio.

    Hay una cuestin previa: Admite el derecho de predicacin lcitamente al-gn tipo de coaccin? Para Solrzano es opinin muy comn y verdadera de

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    29 O. c., lib. II, cap. 18, n. 22 (CHP 2. Serie 7, 141).30 O. c., lib. II, cap. 18, nn. 22, 48 (CHP 2. Serie 7, 141, 151).31 Alonso DE VERACRUZ, De dominio infidelium et iusto bello, dub. XI (ed. E. J. Burrus, I p. 388, n.

    760).

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  • casi todos los telogos y jurisconsultos la que ensea que es lcita la coaccina escuchar la predicacin y a que deliberen en serio si la deben aceptar o re-chazar. Por tanto, se les puede hacer la guerra, si se resisten tercamente a orla fe, si bien se han de probar antes todos los medios conducentes a lograr unapredicacin segn mtodos apostlicos y pacficos32.

    Dando un paso ms dice Solrzano que para confirmar y hacer ms amplioeste mismo ttulo se puede considerar que nada tiene de extrao afirmar que sealcito mover guerra contra los infieles que impiden la predicacin y propaga-cin del Evangelio, puesto que muchsimos y muy prestigiosos autores, a unacon Vitoria, conceden que s lo es por el solo hecho de que nos prohban comer-ciar y negociar sin dao en sus provincias y de que nos cierren el arribo a suscostas y la entrada en sus territorios33. Podra responder Vitoria que tal afirma-cin s tiene algo de extrao, puesto que no existe esa pretendida conexin entreimpedir la predicacin e impedir la comunicacin y el comercio. Este segundoaspecto es independiente del primero y no se deriva de l ni tiene cabida en elmismo ttulo, sin que se rompa la unidad del concepto.

    Tan es as, que Vitoria lo estudi absolutamente aparte en el primero de losttulos vlidos que l llama de sociedad y comunicacin natural y que desa-rrolla en estas dos afirmaciones fundamentales: a) Los espaoles tienen dere-cho a emigrar a aquellos territorios y permanecer all, a condicin de que no secause dao a los indios; y stos no pueden prohibrselo. b) Es lcito a los es-paoles comerciar con los indios... Y los caciques no pueden prohibir que co-mercien con los espaoles ni, al contrario, a los espaoles con los indios34.

    La lesin de este doble derecho de hospitalidad y comercio que se debe atoda persona por derecho natural y comn de gentes podra justificar, segn So-lrzano y de acuerdo con los dems autores de la Escuela, una guerra contra losinfractores. Tanto ms cuanto que, a juicio de Solrzano, el comercio y la hos-pitalidad son sumamente necesarios tanto para otros fines como, sobre todo,para la introduccin y propagacin de la fe35.

    9. Ttulo noveno: el poder del Emperador

    El noveno ttulo es el derecho que pueda tener el Emperador Romano a ha-cer la guerra a los indios. Vitoria lo recoge en el primero de los ttulos no vli-dos y lo resume en estas dos tesis: a) El Emperador no es seor de todo el orbe.

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    32 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 20, n. 1.33 O. c., lib. II, cap. 20, nn. 34-35 (CHP 2. Serie 7, 227).34 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, nn. 1-2 (CHP 5, 77 y 80).35 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 29, n. 46 (CHP 2. Serie 7, 231).

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  • b) Aun suponiendo que lo fuera, no por eso podra ocupar los territorios de losbrbaros ni establecer nuevos prncipes, quitando a los antiguos, y cobrar im-puestos36.

    Solrzano plantea la cuestin en los trminos siguientes: Toda la fuerza deeste ttulo consiste en el examen de esta cuestin: Posee el Emperador Roma-no un poder tal y tan grande sobre las provincias y personas de los infieles quenunca estuvieron sometidas al Imperio Romano, que pueda hacerles lcitamentela guerra y forzarles a reconocer dicho Imperio...?37.

    Aunque la respuesta afirmativa se apoya en razones consistentes y tiene mu-chos y prestigiosos defensores, sin embargo cree Solrzano que todava nosresulta mucho ms verdadera y segura la opinin de los otros que niegan quepueda tener el Emperador Romano algn derecho en los territorios y provinciasde los infieles, sobre todo entre estos brbaros descubiertos por los espaolessobre quienes jams los emperadores romanos ejercieron su dominio ni tuvie-ron noticia de ellos El poder del Emperador no va ms all de sus propios te-rritorios. Nunca el Emperador fue dueo del mundo entero ni en ninguna partepuede lcitamente disponer de las personas, bienes y territorios de dichos infie-les; es ms, ni siquiera sobre sus sbditos puede ejercer tal dominio. De aqudeduce Solrzano el escaso o nulo valor que se puede conceder a este ttulo enorden a justificar ante Europa la ocupacin de las Indias38.

    10. Ttulo dcimo: la donacin pontificiaEn cambio, el ttulo dcimo le merece toda confianza y lo llama eficacsi-

    mo. Es el de la donacin pontifica. Un tratamiento a fondo del tema implica elestudio y examen de la doctrina sobre los poderes del Papa. Solrzano dice ex-presamente que la decisin de la presente cuestin depende de esta otra: ElPapa, como Vicario de Cristo en la tierra, tiene poder sobre todos los dems ypuede disponer de los reinos y provincias de los cristianos, no slo en asuntosespirituales, sino tambin en los temporales?

    En Vitoria este ttulo es el segundo de los considerados por l ilegtimos. Sudoctrina sobre el mismo puede quedar sintetizada en las siguientes afirmacio-nes: El Papa no tiene poder temporal sobre todo el orbe; y aunque lo tuviera, nopodra concederla a los prncipes cristianos. Slo tiene poder temporal indirectoen orden a las cosas espirituales; pero no tiene ninguno sobre esos indios y so-bre los dems infieles39.

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    36 Francisco DE VITORIA, Rele tio de indis, lib. II, cap. 2, nn. 1, 3 (CHP 5, 33, 42).37 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 21, n. 14 (CHP 2. Serie 7, 257).38 O. c., lilb. II, cap. 21, nn. 38-39, 43, 60-62, 70. (CHP 2. Serie 7, 267, 269, 279, 281).39 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 2, nn. 4-9 (CHP 5, 43-53).

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  • Solrzano sostiene, en cambio, que la opinin generalizada es la que conce-de al Papa, por la entrega de las llaves, jurisdiccin suprema y universal en loespiritual y en lo temporal. No deja de reconocer, sin embargo, que hay otros(y cita nada menos que a setenta y tras entre autores antiguos, y los modernosde la Escuela de Salamanca) que adoptan dice una va media entre negar oconceder al Papa suprema jurisdiccin: el Papa posee, sin duda, las dos espa-das, es decir, suprema potestad espiritual y temporal sobre todos los prncipesseculares; pero la temporal la posee slo en hbito, no en acto. La jurisdic-cin est como envainada; slo si por una causa grave as lo exigiera el fin so-brenatural de la fe, podra el Papa hacer uso de ella40. Es lo que Vitoria con todasu Escuela llam potestad indirecta.

    Cul es la opinin de Solrzano? Despus de exponer los argumentos delos maestros de la Escuela de Salamanca que niegan no slo al Romano Pontfi-ce, sino incluso a Cristo en cuanto hombre, el dominio temporal sobre todo elmundo, escribe: A pesar de todo, yo todava estimo mucho ms verdadera ygeneralizada la opinin contraria afirmativa que establece en el Romano Pont-fice la autoridad y poder no slo indirecto, sino tambin directo, de la doble es-pada: la espiritual y la temporal; y le concede, por tanto, supremo dominio y ju-risdiccin en todos los reinos y provincias de cristianos y no cristianos, cuandoas lo exige una causa justa 41.

    Junto a los argumentos de autoridad aade los de razn: El Romano Pontfi-ce hace las veces de Dios en la tierra y se dice de l que es el Vicario de Cristo, elSeor, y que constituye un nico tribunal con l. Solrzano extrae a partir deaqu las siguientes conclusiones: El Papa obtiene el supremo principado y mo-narqua entre todos los prncipes del mundo y es mayor que todos y ha sidoconstituido prncipe nico de todos sobre reyes y reinos, causa de causas, seorde los que dominan y de todas las autoridades, lo es todo y est por encima detodo; a l nadie le puede decir: por qu obras as?, ni juzgar de sus hechos42.

    Hay un segundo argumento de razn: Cristo (segn la opinin que parecems y generalizada, dice Solrzano) gobierna, incluso como hombre, la crea-cin entera, porque todo ha quedado sometido a su poder. Y se ha de pensar pia-dosamente que quiso transmitir este dominio temporal a la Iglesia y al Pontficeque lo representa. Es ms, la Iglesia no estara bien gobernada, si no estuvie-ran sometidos al Papa todos los prncipes43.

    Puestos estos principios doctrinales, deduce ya Solrzano, a manera de co-rolario, cul es el alcance real que se ha de dar a la concesin de Alejandro VI

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    40 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. II, cap. 22, n. 2 (CHP 2. Serie 7, 291).41 O. c., lib. II, cap. 22, nn. 40-47 (CHP 2. Serie 7, 309-313).42 O. c., lib. II, cap. 23, nn. 71, 74 (CHP 2. Serie 7, 379).43 O. c., lib. II, cap. 23, nn. 89-91, 111 (CHP 2. Serie 7, 367, 375).

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  • como ttulo justificativo de la ocupacin de las Indias por Espaa; o, lo que eslo mismo, cul es el uso concreto que, con motivo de la clebre Bula Inter coe-tera, ha hecho Alejandro VI de su supremo poder espiritual y temporal.

    Solrzano sostiene que muy bien pudo el Papa, en uso de su poder, confiara los Reyes Catlicos de Espaa no slo el encargo de convertir las Indias a lafe..., sino tambin al mismo tiempo concederles el pleno y supremo dominio yjurisdiccin y, cuando fuere preciso, hacerles la guerra y conquistarlos. Afir-ma as mismo que del tenor de la Bula se deduce suficientemente que el Ro-mano Pontfice quiso conceder a los Reyes Catlicos el pleno e ntegro domi-nio y jurisdiccin sobre estos territorio del Nuevo Mundo y sobre los infielesque en ellos habitan, bajo la obligacin y condicin de que pusieran toda su di-ligencia en predicar, propagar y conservar entre ellos la fe y la religin cristia-na44.

    Es claro que Solrzano se mueve a gusto y con familiaridad dentro de la l-nea (tan cara a Seplveda) marcada por el Requerimiento, que redact PalaciosRubios apoyndose jurdicamente sobre todo en la Bula de Alejandro VI. Eneste punto importante desatendi Solrzano los razonamientos y la exgesisprofunda que de la Bula haban llevado a cabo todos los maestros de la Escuelade Salamanca a partir de Vitoria.

    Juan de la Pea, que fue quien quizs estudi ms detenidamente este punto,lleg a la conclusin de que lo nico que pudo conceder el Papa Alejandro VI alos reyes de Espaa fue lo siguiente:

    1. Enviar predicadores;2. defenderlos contra los que impiden el derecho de predicar;3. que slo el rey de Espaa pueda enviar a las Indias predicadores;4. que los indios puedan libremente aceptarle por rey;5. que en caso de victoria por guerra justa en la predicacin del evangelio,

    ninguno otro sea rey del territorio sometido;6. que a los ya convertidos los proteja frente a otros prncipes cristianos y

    de la esclavitud y tirana de los prncipes no cristianos;7. pudo quizs conceder a los reyes de Espaa supremo poder sobre todos

    los prncipes cristianos y paganos de aquel Nuevo Mundo. Esto es y noms lo nico que pudo conceder el Papa a los reyes de Espaa Con laexposicin de este eficacsimo ttulo cierra Solrzano la argumenta-cin con que defiende a la Corona espaola ante la Europa protestantepor la ocupacin y conquista de las Indias.

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    44 O. c., lib. II, cap. 24, nn. 11, 19 (CHP 2. Serie 7, 411, 419).

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  • Desde esta base justificativa queda ya en franqua para seguir avanzando ha-cia la meta propuesta. La cuestin que ahora se plantea Solrzano, como unaprolongacin de la que acaba de examinar en el libro segundo, es sta: Conqu derecho los reyes de Espaa retienen an hoy da las Indias?. Est justifi-cada la presencia de Espaa en Amrica?

    JUSTICIA DE LA PERMANENCIA DE ESPAA EN INDIAS

    Justificar la ocupacin y conquista es ya en cierto modo, dice Solrzano,probar por anticipado la legitimidad de la retencin o permanencia, pues esms fcil retener algo que conseguirlo de nuevo, y ms fcilmente se tolera elderecho adquirido que el que est en vas de adquirirse, porque la continua-cin es natural, no as una nueva adquisicin45.

    Esto quiere decir que determinados ttulos que justifican la ocupacin bienpudieran convertirse tambin en base justificativa de la retencin, por va deprolongacin. Es lo que ocurre con el ttulo de la concesin pontificia. El mis-mo Pontfice en persona, Alejandro VII, que encomend a los Reyes Catlicossu explotacin [del Nuevo Mundo], les concedi tambin su retencin y pose-sin a ellos y a sus sucesores perpetuamente, y no exclusivamente el cuidadode la conversin o la mera administracin y vigilancia de los indios. El Pontfi-ce quiso dar un paso ms y les concedi con palabras encarecidas y reitera-das... pleno seoro y omnmoda libertad de accin, potestad y jurisdiccin enasuntos temporales. Y en este sentido entendieron ellos siempre la donacin.Pero bien entendido que la concesin pontificia no convierte a los reyes de Es-paa en feudatarios de la Santa Sede, sino que gozan de plena autonoma y ju-risdiccin46.

    1. Ttulo primero de la retencin: la concesin pontificiaEste, pues, sera el primer ttulo justificativo de la retencin o permanencia

    de Espaa en Indias. Es claro que las mismas limitaciones que los maestros dela Escuela imponan a la validez del ttulo en orden a la ocupacin y conquistasiguen conservando su fuerza, cuando se trata de prolongarlo hasta justificartambin con l la retencin y permanencia.

    Si la concesin pontificia no da a los espaoles ningn derecho para ocuparlos territorios de los indios, tampoco les da derecho para retenerlos; puesto que

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    45 O. c., lib. III, cap. 1, n. 1 (CHP 2. Serie 1, 217).46 O. c., lib. III, cap. 1, nn. 13-15, 21, 41-45 (CHP 2. Serie 1, 219, 221, 227-229).

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  • estaran reteniendo algo que no les pertenece. La razn de Vitoria sigue en pie:el Papa no puede conceder lo que no es suyo. Y no es suyo el Nuevo Mundo,porque no tiene ningn poder temporal sobre esos indios. Si la permanencia deEspaa en Indias tras su ocupacin est justificada, ser por otras razones, perono por la propia concesin pontificia.

    2. Segundo ttulo de la retencin: la madura deliberacin de los reyes

    El segundo ttulo justificativo de la retencin del Nuevo Mundo lo formulaSolrzano en estos trminos: Que los Reyes Catlicos emprendieron su con-quista despus de prolongado y maduro examen y siguiendo una opinin proba-ble. Y lo que una vez qued ya bien discutido y legtimamente mandado, nodebe someterse de nuevo a deliberacin. La consecuencia es que desde el pun-to de vista moral se pusieron todos los medios para que la ocupacin de las In-dias se hiciera con buena y segura conciencia. En definitiva, los reyes proce-dieron y siguen procediendo con buena conciencia reteniendo las Indias ypermaneciendo en ellas.

    Como quiera que sea, tendra aplicacin al caso de nuestros reyes la docrinageneralmente admitida en Moral y aducida por Solrzano, segn la cual quiencaiga en error por seguir el parecer de los expertos, queda excusado de toda cul-pa, tanto en el fuero interno como en el externo. Precisamente Vitoria, en suprembulo a la disertacin sobre la licitud de la conquista y permanencia de Es-paa en Indias, expone los principios morales sobre los que Solrzano apoya lavalidez del presente ttulo, en estas tres fundamentales:

    a) En materia dudosa debe consultarse con aquellos a quienes competeinstruir sobre el caso...

    b) Si consultados los expertos, stos define que es ilcita aquella materiadudosa, cada cual est obligado a seguir la opinin de los mismos, y sihace lo contrario, no tiene excusa, aunque por lo dems la cosa de suyofuera lcita.

    c) Por el contrario, si hecha la consulta sobre materia dudosa, los expertoshan definido que aquello es lcito, est seguro quien siga su opinin,aunque por lo dems fuese ilcito47.

    Para confirmar la tesis, no deja de recordar Solrzano la doctrina de aquellosdoctores para quienes se obra con conciencia segura e incluso abrazando opi-niones slo probables, aunque haya otras ms seguras y probables. Y Solrzano

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    Hispania Sacra, Missionalia hispanica, 58117, enero-junio 2006, 263-327, ISSN: 0018-215-X

    47 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, nn. 5-7 (CHP 5, 9-10).

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  • saca la conclusin: Nuestros reyes pueden con justicia y seguridad retener losterritorios que conquistaron y adquirieron, habiendo precedido esas consul-tas48. Tanto ms cuanto que esta buena fe, as demostrada ininterrumpidamen-te desde los comienzos mismos del descubrimiento y ocupacin, fundamentary har posible una razn de orden jurdico: la prescripcin de buena fe, acepta-da por el derecho de gentes.

    3. Ttulo tercero de la retencin: la prescripcin de buena feEs el ttulo que, a juicio de Solrzano, justifica la retencin de las Indias.

    Por eso manifiesta su expresa intencin de examinarlo a fondo y defenderlo dealgunas diversas calumnias de los protestantes, convencido de la necesidad dela prescripcin, sobre todo para resolver los contenciosos entre los soberanos yen definitiva para hacer posible la convivencia humana. Eliminar la prescrip-cin sera arrojar en el mundo la semilla de las guerras en que arder el orbeentero49.

    Es una idea muy presente tambin en Jos de Acosta, a quien Solrzanoexpresamente cita en este punto en apoyo de su tesis. Acosta, en efecto, habadejado difanamente formulada la tesis de la prescripcin aplicada a la reten-cin de las Indias por parte de Espaa, con la siguientes palabras: Y no esque yo me ponga ahora a defender las guerras y ttulos de guerras pasadas...ni a justificar las destrucciones, represalias, matanzas y dems disturbios deaos anteriores en el Per. Pero s advierto, por razones de conciencia y de in-ters, que no conviene seguir disputando ms en este asunto, sino que, comocosa que ya ha prescrito, el siervo de Cristo debe proceder con la mejor buenafe50. En pginas posteriores afirma Acosta que si no admitimos la prescrip-cin (de acuerdo con las condiciones sealas por el derecho) en orden a legi-timar determinados imperios, las relaciones humanas desembocarn en uncaos universal51.

    La prescripcin (en el caso de las Indias Occidentales) alcanza no slo a losterritorios ocupados y a su retencin, sino tambin al dominio sobre los litora-les e incluso sobre la navegacin y comercio, que se podran prohibir por dere-cho a los extranjeros. Esta ampliacin viene provocada por la respuesta que So-lrzano da a Hugo Grocio (el Autor Desconocido, como l dice), que negabadicho derecho por considerar que los mares son de derecho comn inviolable eimprescriptible.

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    48 Juan DE SOLRZANO PEREIRA, De Indiarum iure, lib. III, cap. 3, n. 40 (CHO 2. Serie 1, 269).49 O. c., lib. III, cap. 3, n. 23 (CHP 2. Serie 1, 291).50 Jos DE ACOSTA, De procuranda indorum salute, lib. II, cap. 11, n. 1 (CHP 23, 333).51 O. c., lib. III, cap. 3, n. 2 (CHP 23, 401).

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  • La respuesta est ltimamente montada sobre el ttulo, anteriormente exami-nado, del poder universal del Papa en el que apoya Solrzano su interpretacindel amplsimo alcance de la Bula Alejandrina. Consiguientemente, la validez dela respuesta viene condicionada por la validez misma del ttulo. Concede Solr-zano a Grocio que el mar y los derechos de navegacin y comercio son comu-nes, pero no as los mares y las costas de esos mismos dominios. Sobre ellospueden ejercer los supremos soberanos una tutela y jurisdiccin e incluso esta-blecer impuestos portuarios. Con mayor razn la pueden ejercer nuestros reyespor apoyarse en el firme derecho de la donacin pontificia y por haber sido losprimeros en hacer tantas veces la travesa con sus flotas, en predicar y comer-ciar en los territorios indios con cuantiosos gastos y durante tantos aos, en ex-clusiva e inclusin con exclusin de los dems52.

    Vitoria ya haba apuntado a estas razones, si bien no trataba expresamente elproblema de la jurisdiccin sobre los mares ni de la prescripcin. Aunque sloadmita el poder indirecto del Papa en asuntos temporales y conceda, como vi-mos, un alcance muy limitado a la donacin pontificia, sin embargo, basado enese mismo poder indirecto, sostena que el Papa poda encomendar a los reyesde Espaa la predicacin del evangelio y prohibirla a los dems; y no sloprohibirles la predicacin, sino tambin el comercio, si as convena la propaga-cin de la religin cristiana. Es ms, como quiera que los soberanos espaolesfueron los primeros que bajo sus auspicios y con su dinero emprendieron aque-lla travesa y descubrieron tan felizmente el Nuevo Mundo, justo es que tal em-presa sea prohibida a los dems y ellos disfruten de lo descubierto53.

    Mas a esto hay que aadir los derechos que otorga la doctrina de la prescrip-cin, admitida por el derecho comn de gentes, cuando sta se apoya en un lar-go perodo de treinta o cuarenta aos. Y Solrzano hace resaltar que, en el casode nuestros reyes, resulta que hace ya ms de ciento treinta aos que se en-cuentran en una especie de posesin y costumbre continuada e ininterrumpida,de suerte que slo ellos navegan por estos mares a los territorios de ambas In-dias y se lo prohiban a los extranjeros que queran acercarse a sus puertos54.

    Es absolutamente falsa la acusacin a nuestros reyes de falta de buena fe,por las razones ya expuestas; aparte de que muchos opinan que tras una pres-cripcin inmemorial ya no tiene sentido discutir sobre la buena fe. Y aadoque, aunque [nuestros reyes] tuvieran conciencia dudosa, todava habra queconsiderarles poseedores de buena fe, de acuerdo con la doctrina moral sobreconciencia dudosa, comnmente admitida55.

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    52 Juan DE SOLRZANO PEREIRA, De Indiarum iure, lib. III, cap. 3, nn. 35-50, 56-59 (CHP 2. Serie,1, 297-303).

    53 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 9 (CHP 5, 88-89).54 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. III, cap. 3, n. 72 (CHP 2. Serie 1, 311).55 O. c., lib. III, cap. 3, n. 80 (CHP 2. Serie 1, 315).

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  • En definitiva, Solrzano hace extensiva la validez del ttulo de prescripcinno slo a la retencin de los territorios ocupados de las Indias, sino tambin delas costas y mares adyacentes en la medida en que posibilitan el comercio y to-das aquellas ayudas de carcter espiritual o material necesarias para la evangeli-zacin y gobernacin de dichos territorios. Era preciso aclarar este ltimo pun-to, convertido en polmico en el resto de Europa por medio, sobre todo, deHugo Grocio (el Autor Desconocido, como l dice), que con su obra Mare libe-rum pona en peligro la seguridad de la navegacin, el comercio y el gobiernode Espaa en Indias.

    Acumula luego Solrzano ttulos de diverso tipo, que engloban problemastanto de conquista como de retencin. Nuestros cristiansimos reyes afir-ma retienen sin sombra de duda unas provincias en las que los indios no hanquerido recibir ni escuchar la fe que se les ha anunciado pacficamente y consuficiencia, o una vez recibida la han abandonado, han blasfemado de ella o hanpuesto impedimentos; o han hostilizado a los espaoles que se acercaban a ellospara predicarles y comerciar con ellos, que pedan pasar a otras regiones sincausar perjuicio; o despus de haberles acogido con fingida hospitalidad, lesdieron muerte en incursiones prfidas y astutas. Y concluye a rengln seguido:Como en estos casos justa y legtimamente se puede declarar la guerra a los nocristianos (de acuerdo con las razones que discutimos a fondo antes), con mu-cha ms justicia se retendr lo adquirido en tal guerra o se podr ir a la guerrade nuevo, si fuera necesario, para conservarlo y retenerlo56. Solrzano presen-ta aqu tanto el ttulo de conquista como el de retencin dndose mutuamenteapoyo.

    4. Ttulo cuarto de la retencin: la ayuda a los aliados

    Lo mismo cabe observar sobre lo que Solrzano considera un ttulo justsi-mo de conquista y muchsimo ms de retencin de las Indias; y se refiere a laayuda prestada por los espaoles a los que se la reclamaban por pactos de alian-za y amistad para defenderse de sus enemigos en guerra justa. As hizo enNueva Espaa en el caso de los tlaxcaltecas contra los mexicanos. Y recuerdaexpresamente el propio Solrzano que es el ttulo que Vitoria llama sptimo yltimo por el que pudieron o podran venir los indios y sus territorios a pose-sin y poder de los espaoles57.

    Pero aqu el caso de los tlaxcaltecas ofrece algunos motivos de reflexin.A lo sumo podra explicar la ocupacin y consiguiente retencin de aquellos te-

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    56 O. c., lib. III, cap. 4, nn. 1-2 (CHP 2. Serie 1, 323).57 O. c., lib. III, cap. 4, nn. 18-19 (CHP 2. Serie 1, 331).

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  • rritorios que por el derecho de guerra justa y en virtud de los pactos de alianza aamistad establecidos podra en justicia corresponde a los espaoles. Pero unavez ms es Veracruz, profundo conocedor de la realidad mexicana, quien vuel-ve a levantar la duda. No cree que por este ttulo quede justificado el dominiode los espaoles. Primero, porque no hay certeza de la justicia de la guerra porparte de los tlaxcaltecas; en segundo lugar, porque, aunque hubiera habido jus-ticia, pero no hasta privarles de sus dominios, y en tercer lugar, tampoco hastadespojarles de su tesoro. Por consiguiente, si los espaoles se hicieron due-os de los tlaxcaltecas slo por este ttulo..., han usurpado sus dominios y estnobligados a la restitucin de todo58.

    5. Ttulo quinto de retencin: el libre consentimiento

    Otro ttulo, incluso ms apremiante, a favor de la legtima retencin delNuevo Mundo es el libre consentimiento de los indios: Al conocer la religiosi-dad, el podero, la prudencia en el gobierno y la mansedumbre de nuestros re-yes, se entregaron a su imperio, gobierno y jurisdiccin con total voluntad y en-tusiasmo. Incluso hace mencin Solrzano (para confirmar la legitimidad deeste ttulo) de unos acuerdos logrados en 1562, por los que consta que el VirreyConde de Nieva envi a Polo de Ondegardo a casi todas las provincias del Perpara explorar la voluntad de los indios en el asunto de la perpetuidad de las en-comiendas. Y respondieron unnimemente que ellos no queran tener ni elegiro reconocer en el futuro a otro seor general o particular fuera de nuestro rey deEspaa..., a quien sometan sus personas y bienes humildemente y contentos.Solrzano formula la conclusin definitiva: Supuesto este consentimiento,aunque se hubiese podido quizs reprobar algn exceso o fallo de justicia en loscomienzos de la primera conquista, parece que ha quedado ya totalmente borra-do y reparado. Incluso un rgimen tirnico podra convertirse en monarqua le-gtima por el consentimiento expreso o tcito de los pueblos a lo largo del tiem-po59. La legitimidad de la retencin queda, por tanto, a salvo de cualquier duda.

    Tiene razn Solrzano en apuntalar su tesis con los nombres ms brillantesde la Escuela de Salamanca. Es, efectivamente, un ttulo unnimemente recono-cido por sus maestros. Ms an, es en ltima instancia el nico ttulo plenamen-te eficaz que se basta a s mismo. Vitoria lo formula con toda claridad casi conlas mismas palabras en el sexto lugar de los vlidos: Si los indios mismos,comprendiendo el gobierno prudente de los espaoles y su humanismo, quisie-

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    58 Alonso DE VERACRUZ, De dominio infidelium et iusto bello, dub. XI (ed. E. J. Burrus, I p. 426,nn. 852, 855).

    59 Juan DE SOLRZANO PEREIRA, De Indiarum iure, lib. III, cap. 4, nn. 33-36 (CHP 2. Serie 1,337).

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  • ran libremente, tanto los caciques como sus sbditos, aceptar como soberano alrey de Espaa60.

    Esto parece incuestionable. El problema est, como siempre, si se cumplenen la realidad las condiciones de aplicabilidad del ttulo: es decir, si verdadera-mente hubo consentimiento libre en el caso de las Indias. Solrzano lo aseguray aduce como prueba los mencionados acuerdos de 1562. A pesar de todo, noparece que los maestros de la Escuela estn de acuerdo en que hubiera quedadoa salvo la verdadera libertad del consentimiento. El procedimiento jurdico quenormalmente se utilizaba en la primera poca de la ocupacin para inducir a losindios a la aceptacin del dominio espaol era el Requerimiento, que por sumisma estructura no ofreca garanta de ninguna clase para salvaguardar la li-bertad de un acto de tal trascendencia.

    Por eso Vitoria niega que hubiera eleccin voluntaria. Porque para que stase d, no deben intervenir el miedo y la ignorancia que vician toda eleccin.Ahora bien, ambos factores intervienen en aquellas elecciones y aceptaciones;pues lo indios no saben lo que hacen ni aun quizs entienden lo que les pidenlos espaoles. Adems, se lo piden a una turba inerme y medrosa, a la que rode-an con las armas en la mano61.

    Veracruz nos transmite la misma impresin envuelta en inquietantes dudassobre lo que fue la ocupacin de Mxico, y no despeja la condicin de libertadque se exige para la validez de este ttulo. Porque si el consentimiento dicefue forzado por el miedo a unos hombres que venan armados, no bastara,aunque lo hubiera dado todo el pueblo62.

    La conclusin entonces es que, si no han existido plenas garantas de liber-tad, este ttulo no justifica ni la ocupacin ni la consiguiente retencin. Estaconsideracin alcanza, naturalmente, a los acuerdos de 1562, que, por otra par-te, quedan limitados exclusivamente a los territorios afectados por los mismos.Su validez real (ni digo ya jurdica) depende de cmo histricamente se hayandesarrollado los hecho.

    6. Ttulo sexto de la retencin: la imposibilidad de devolucin

    Pasa finalmente Solrzano a estudiar el ltimo ttulo justificativo de la reten-cin que dice ser el ms eficaz. Y es la imposibilidad de una devolucin delas Indias, dada la situacin que se ha creado en el curso de los acontecimien-

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    60 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 15 (CHP 5, 94).61 O. c., I parte, cap. 2, n. 23 (CHP 5, 73).62 Alonso DE VERACRUZ, De dominio infidelium et iusto bello, dub. XI (ed. E. J. Burrus, I p. 430, n.

    860).

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  • tos. En el desarrollo de la idea aparecen entremezclados indistintamente tres as-pectos mutuamente conexos que conviene contradistinguir. Existe, en primerlugar, una imposibilidad prctica, por decirlo as, que podramos caracterizarcon esta doble pregunta: a quin y cmo? Existe, en segundo lugar, una impo-sibilidad de tipo moral, que podramos sintetizar en estas palabras: el abandonosera un pecado grave. Y existe, en tercer lugar, una imposibilidad de carctersocio-poltico, en cuanto que las Indias constituyen ya una comunidad socio-poltica de indios y espaoles con mutuas e inextricables relaciones humanas,que no se pueden destruir. Y esto aun supuesto de que en la conquista del Nue-vo Mundo y en la conversin de los indios hubiera intervenido en aquellos pri-meros tiempos algn paso que hiciese menos justa y legtima la ocupacin y eldominio de nuestros reyes.

    A manera de prembulo y de contexto histrico seala Solrzano que hoypor hoy ya todo el mundo reconoce al rey de Espaa como seor del NuevoMundo despus de la ingente tarea all desarrollada63. Es justamente la idea quecincuenta aos antes haba expresado el Superior General de la Compaa deJess, Everardo Mercuriano, en carta al Visitador de los jesuitas en Indias, P.Juan de la Plaza, que se debata entre dudas de conciencia sobre la legitimidaddel dominio espaol en Amrica. Este era para Plaza el punto principal. Mer-curiano le tranquiliz con estas palabras: Acerca del punto principal del seo-ro y dominio universal de las Indias, deseo mucho que Vuestra Paternidad dexelas dubdas que se le ofrescen, pues no hay que dubdar en ello habindose deter-minado y reconociendo el mundo por legtimo seor al Rey64.

    Desde este mismo reconocimiento universal como prembulo es desde don-de afronta Solrzano su ltimo y ms eficaz ttulo de la imposibilidad de la de-volucin. Una imposibilidad, en primer lugar, prctica, como se indic, deacuerdo con la opinin de Jos de Acosta, cuyas palabras transcribe Solrzanocomo testimonio de autoridad al que se adhiere plenamente: ... porque aunconcediendo que se hubiera pecado gravemente en la usurpacin del dominiode las Indias, sin embargo, ni se puede ya restituir a quin y cmo? y so-bre todo porque, aunque se pudiese, de ninguna manera lo sufrira ni la eviden-te injuria que se hara a la fe cristiana, una vez aceptada, ni el peligro a que seexpondra65.

    Estas ltimas palabras, que hace Solrzano suyas, expresan claramente laobligacin moral que los reyes tienen de permanecer en las Indias, es decir, laimposibilidad moral de abandonarlas o de devolverlas. Es una tesis, defendidapor todos los maestros de la Escuela de Salamanca; Espaa no puede abandonar

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    63 Juan DE SOLRZANO PEREIRA, De Indiarum iure, lib. III, cap. 5, nn. 1-2 (CHP 2. Serie 1, 347).64 Monumenta Historica S.J., Monumenta Peruana, I, p. 659, n. 1.65 Jos DE ACOSTA, De procuranda indorum salute, lib. II, cap. 11, n. 2 (CHP 23, 333).

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  • las Indias. Vitoria la formula con descarnado laconismo: Es evidente que des-pus que se han convertido all muchos indios, no sera conveniente ni lcito alrey abandonar del todo la administracin de aquellos territorios66 Veracruzmantiene la misma tesis con respecto a la presencia de Espaa en Mxico: sealo que sea de la justicia en los comienzos, en las actuales circunstancias la nece-sidad de mantener la fe recibida y salvar la convivencia pacfica entre espaolesy mexicanos justifica, sin lugar a dudas, que est en manos del Emperador Ca-tlico67.

    Solrzano se siente, pues, bien apoyado por esta opinin generalizada de losmaestros de la Escuela y confirma la tesis por la incapacidad que tienen los in-dios para autogobernarse: Por tanto, se les ha de gobernar y proteger con elmando supremo de los espaoles68. Y aade Solrzano que esta es tambin laopinin de Vitoria. Y es verdad, pero con unos matices que es preciso tener encuenta. Vitoria, en efecto, habla de un discutible ttulo para retener las Indias,que no se atreve a dar por bueno, pero tampoco a condenarlo del todo: si real-mente los indios no son de modo alguno capaces, por su barbarie e incultura, degobernar una repblica ordenada, podra entonces decirse que para utilidad deellos, podran los reyes de Espaa encargarse de su gobierno y nombrarles mi-nistros y gobernadores... para sus pueblos; es ms, incluso nuevos gobernantesmientras se viere que les conviene69.

    Existe, adems, el peligro de que los indios vuelvan a la idolatra, si se lesdeja en manos de sus caciques. De hecho tal peligro fue confirmado por nume-rosos informes confidenciales o testimonios fidedignos de visitadores y misio-neros del siglo XVI, a muchos de los cuales (precisamente por el carcter confi-dencial de los mismos) no pudo tener acceso Solrzano. La conclusin era quea los indios, una vez cristianos (del modo que sea, por mtodos legtimos o re-probables), no se les puede abandonar; y puede el Papa en beneficio de la fe,lo pidan ellos o no lo pidan, darles un prncipe cristiano y quitarles los otrosprncipes no cristianos70.

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    66 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 17 (CHP 5, 99).67 Alonso DE VERACRUZ, De dominio infidelium et iusto bello, ed. E. J. Buurrus, I, p. 460, n. 930).68 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. III, cap. 5, nn. 4-6 (CHP 2. Serie 1, 351).69 Francisco DE VITORIA, Relectio de indis, I parte, cap. 3, n. 17 (CHP 5, 97).70 Juan DE SOLRZANO PEREIRA, De Indiarum iure, lib. III, cap. 5, nn. 4-8, 21-22 (CHP 2. Serie 1,

    351, 335-337). Un testimonio impresionante (a manera de ejemplo) del peligro de vuelta a la idolatra,al que alude aqu Solrzano, lo tenemos en la carta que Fray Solano, obispo de Cuzco, escribe desdeLima al Emperador Carlos V el 10 de marzo de 1545, con motivo de la puesta en ejecucin de las Nue-vas Leyes: Y esta libertad que tomaron los indios vi que los indios que estaban doctrinados en nuestrasanta fe catlica y la saban y eran cristianos batizados, vilos sin fe y en sus ritos y sacrificios y leyescomo solan, vueltos a sus caciques y a sus pueblos como antes... Y el recebimiento que sus caciquesles hacan era sacrificallos porque eran cristianos y haban servido a cristianos. Y esto era muy pblicopor los caminos. Y de un cacique yo soy testigo, porque se lo re; y l me confes que haba sacrifica-do una india (CHP 27, 130).

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  • En definitiva, hay una imposibilidad moral de devolver o abandonar las In-dias; o, empleando una formulacin positiva, hay una obligacin grave deconciencia de retener las Indias y permanecer en ellas mientras perduren la si-tuacin descrita y los inquietantes riesgos a que quedara sometida la fe, todavapoco firme, de la poblacin indiana, si los reyes de Espaa abandonasen la ad-ministracin y gobierno de aquellos territorios. La coincidencia en este puntocon la doctrina de la Escuela salmantina es plena.

    A este respecto no admite duda el parecer del arzobispo de Lima Fr. Jerni-mo de Loaysa, que con la firma de los Superiores Provinciales del Per envi el8 de enero de 1586 al Presidente de la Real Audiencia de Lima, LicenciadoCastro. En l se seala como primer presupuesto que Su Majestad es obligadoa sustentar esta tierra ans en la doctrina como en la justicia y que pecara mor-talmente, si la desamparase, como se determin en la Junta que se hizo ans porletrados telogos como por juristas, ao de cuarenta y dos71.

    Incluso el Licenciado Falcn, defensor y abogado de los indios por comi-sin de ellos, en el informe presentado en 1567 al Segundo Concilio Provincialde Lima, despus de elogiar la disposicin del Emperador a devolver los reinosde las Indias, aade que justa y cristianamente le fue respondido que no le eralcito dexarlos a cuyos eran, por los grandes daos que a los mesmos seores ysbditos se les seguiran de ello, tornndose a su infidelidad, y la ofensa que sehiciera a Dios Nuestro Seor y injuria a la religin cristiana...72.

    Hay, finalmente, una tercera imposibilidad de tipo poltico en abandonar lasIndias: espaoles e indios forman ya hoy en da una comunidad constituidabajo la proteccin y gobierno de un mismo y comn rey espaol. Y la situacin,fuerzas y nervios de uno y otro reino estn tan imbricados y trabados, que no sepueden separar el uno del otro sin grande y evidente peligro y perjuicio de am-bos73. Es una idea que ya haba expuesto con toda claridad Jos de Acosta; eu-ropeos e indios estn constituyendo una misma repblica indiana, en cuya con-servacin estn comprometidos, por derecho natural, todas las partes. Toda lapoblacin de indios y espaoles escribe hay que considerarla ya como unasola e idntica comunidad poltica, y no dos distintas entre s: todos tienen unmismo rey y unas mismas leyes; un mismo tribunal los juzga a todos, y no hayun derecho para unos y otro para otros, sino para todos el mismo74.

    As mismo el Visitador y Oidor de la Audiencia Real de Guatemala, Licen-ciado Toms Lpez Medel, escriba a los reyes de Bohemia en el amplio y con-fidencial informe de marzo de 1551: Es otro presupuesto... que entendamos

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    71 Carta magna de los indios. Fuentes constitucionales, 2534-1609 (CHP 27, 167).72 O. c. (CHP 27, 176).73 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. III, cap. 5, nn. 25-27 (CHP 2. Serie, 357-359).74 Jos DE ACOSTA, De procuranda indorum salute, lib. III, cap. 17, n. 7 (CHP 23, 517).

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  • por all y por ac que el bien o el mal de estas dos repblicas, de los espaolesy de los naturales, que ac se fundan para servicio de Dios y de Vuestra Alteza,est tan conjunto y han de ser tan fraternizadas y crescer y correr a la par, que elque quisiera aprovechar a la una con dao de la otra, ni aprovecha a la que qui-so y destruye a la otra... Son tan necesarios los unos a los otros, que los unos sinlos otros no harn bien su negocio, y son por agora como carne y hueso. La car-ne sin el hueso corrmpese luego, y el hueso sin la carne scase luego y pierdesu virtud75.

    Indudablemente destacadas personalidades formadas en el espritu de la Es-cuela de Salamanca, que durante largos aos haban vivido da a da en contac-to directo con la realidad indiana, apoyaban plenamente, desde su profunda yprivilegiada experiencia, las razones con que Solrzano demuestra aqu la obli-gacin moral que tiene la Corona espaola de permanecer en el Nuevo Mundo;la situacin poltico-religiosa de la nueva sociedad indiana haca imposible elabandono, sin incurrir en una gravsima responsabilidad de conciencia por la si-tuacin de desastre y caos que se creara con tal medida.

    En conclusin, los reyes de Espaa no slo no estn obligados a restituir lasIndias, sino que por el contrario estn obligados a retenerlas y permanecer enellas, mientras no se obtengan las condiciones polticas, sociales y religiosasque hagan viable la convivencia humana en la nueva sociedad indiana. A vecesdice Solrzano siguiendo a San Agustn ser necesario tolerar determina-dos abusos para evitar daos mayores.

    Sin embargo, queda todava por aclarar un aspecto que atae directamente ala responsabilidad de los reyes: Ha habido siempre realmente una cuidadosaseleccin de las personas que han pasado a las Indias con cargos de administra-cin o de gobierno? Pero justo aqu es cuando surge el problema: Ciertamenteha habido abusos, y muchos de ellos muy graves, que han dado base a las acu-saciones lanzadas contra Espaa por los protestantes de Europa. Solrzano sepregunta: En qu grado pueden quedar comprometidos los reyes? Cul es laresponsabilidad ante los abusos cometidos, especialmente en la primera etapade la ocupacin? Caso de haber incurrido en estas responsabilidades, no que-dara viciada de raz la legitimidad de la retencin invalidando de hecho todoslos ttulos para ella? Aqu est el origen de las principales acusaciones que laEuropa protestante lanza contra Espaa y sus reyes. Una vez justificado el dere-cho de la Corona a ocupar y retener las Indias, es preciso ahora enfrontar direc-tamente esta acusaciones para darles una respuesta adecuada.

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    Hispania Sacra, Missionalia hispanica, 58117, enero-junio 2006, 263-327, ISSN: 0018-215-X

    75 Toms LPEZ MEDEL, Colonizacin de Amrica. Informes y testimonios (CHP 28, 81-82).

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  • 7. Respuesta a las acusaciones contra Espaa

    Si no hay comienzo legtimo dicen los adversarios, si la base es errneay est viciada, todo se derrumba; los orgenes condicionan cuanto de ellos sederiva. Pues bien, la conquista y la retencin de las Indias tienen unos comien-zos viciados. No era el celo apostlico lo que mova a los primeros conquista-dores, sino la codicia y la sed de oro. En su respuesta Solrzano reconoce el he-cho y no cree que sea para indignarse tanto, pues nada tiene de extraodice que unos soldados, gente plebeya y mundana, se sintieran movidospor el afn de riquezas. Pero este hecho no empaa la cristiana legislacin denuestros reyes y el sincero cuidado de otros varones religiosos y su insoborna-ble tarea apostlica76.

    Los codiciosos siguen objetando los protestantes no aman la paz.Y esto es lo que se ha comprobado en las Indias: por la codicia del oro los espa-oles trataron tirnicamente a los indios y as los arrasaron y lo perturbarontodo con guerras y espantos. Solrzano no poda negar estos lamentables he-chos confirmados por numerosos testimonios histricos. Los admite sin reticen-cias: Yo no puedo ni debo, naturalmente, excusar totalmente todas las guerrasy abusos de guerras emprendidas, ni todos aquellos atropellos de los primerostiempos, ni las crueldades que dice haberse cometido contra los indios. Pero sciertamente advierto con toda energa dice que, si en estos hechos se pec, nopor ello... sale perjudicada en absoluto la religiosidad de nuestros reyes y susderechos, porque siempre han procurado lo mejor para los indios. Y Solrzanohace un amplio recorrido por las principales instrucciones, ordenanzas y cdu-las reales que fueron apareciendo ya desde los primeros aos del descubrimien-to, en las que ininterrumpidamente se toma con toda decisin la defensa de losindios frente a cualquier abuso de espaoles y se insta una y otra vez en su buentrato, conservacin e instruccin77.

    En esta postura de Solrzano hay dos puntos de coincidencia con el sentircomn no slo de los maestros de la Escuela salmantina en general, sino tam-bin de todos aquellos que en Indias desempearon cargos de gobierno tanto enla esfera civil como eclesistica. Todos, efectivamente, coinciden en reconocery alabar la prudencia, sentido cristiano y altura moral de la legislacin emanadade la Corona, y por tanto en exculpar a los reyes de los atropellos, crmenes oacto de crueldad cometidos contra los indios, porque siempre pensabancastigaron con severidad los excesos y procuraron aplicar el debido remedio alos males que iban surgiendo en la sociedad indiana.

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    76 Juan SOLRZANO, De Indiarum iure, lib. III, cap. 6, nn. 15-18 (CHP 2. Serie 1, 375).77 O. c., lib. III, cap. 6, nn. 25, 28-37 (CHP 2. Serie 1, 379-387); Poltica indiana, lib. I, cap. 12,

    nn. 1-8.

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  • Sera inacabable aducir testimonios en este sentido de una y otra tendencia,pertenecientes a uno u otro estamento. El Bachiller Luis Snchez en un Memo-rial dirigido en 1566 al Presidente del Consejo de Castilla, Espinosa, sobre ladespoblacin de las Indias lo formula con absoluta claridad: Quin tenga la cul-pa de tantos males, yo lo dir. No la tiene nuestro buen rey y seor, como algu-nos, atrevida y malamente, sin entendello, hablan. Porque bastantsimamentedescarga con poner un Consejo tan cristiano y de tantas letras, y l tan de buenagana oye a todos; y lo que a su noticia viene, manda remediar... Pues el Consejode Indias tampoco tiene culpa de estos males, pues con diligencia hace lo que ens es, procurando de enviar all obispos y jueces los mejores que puede hallar. Ysi all se pervierten, qu culpa tiene? Basta hacelles tomar residencia [juicio enque se pide cuenta de la gestin administrativa] y castigallos, pues la provisio-nes, cdulas, instrucciones que enva y lo que all manda, santsimo es78.

    El otro punto de coincidencia es la necesidad de distinguir tiempos a la horade repartir responsabilidades. Hubo unos primeros tiempos, una primerafase, la del descubrimiento y ocupacin de las Indias, que por su misma ndolecambiante, incierta e imprevisible, era prcticamente imposible someter a con-trol. No se contaba todava con una base mnimamente estable, sobre la cualpudiera levantarse una sociedad organizada. El propio Solrzano consigna estehecho con toda claridad: Lo cual an fue menos de maravillar en aquellos pri-meros tiempos de los descubrimientos y conquistas de este Nuevo Orbe, dondean no se haban podido formar ni establecer repblicas ni magistrados que am-parasen a los indios y executasen con rigor las leyes dadas para ello, como aho-ra las hay; y todo se obraba y gobernaba por capitanes, soldados y marineros,gente que llevada (como es ordinario) de su ferocidad y codicia, no era muchoque traspasase las leyes humanas79.

    De esto fueron plenamente conscientes los hombres de la generacin si-guiente a esa primera fase con responsabilidades de gobierno o de accin apos-tlica que desarrollaron su labor en Indias durante la segunda mitad del sigloXVI. Las Nuevas Leyes de 1542-1543 (fruto principalmente de las ideas reno-vadoras de Vitoria) marcan un hito histrico y ponen en marcha un proceso detransformacin de la sociedad indiana. Desde ellas, como desde una atalaya, sepoda ya tomar distancia y ganar la altura suficiente para distinguir las diversasetapas del camino recorrido. Evidentemente los tiempos han cambiado. De estetranscendental acontecimiento parece no haber tomado Las Casas claraconciencia: en 1566 sigue manteniendo prcticamente las mismas tesis que cin-cuenta aos antes, como si las circunstancias continuaran siendo las mismas ynada nuevo hubiera sucedido.

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    78 Carta magna de los indios. Fuentes constitucionales 1534-1609 (CHP 27, 322).79 Poltica indiana, lib. I, cap. 12, n. 26 (BAE 252, 125).

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  • El Oidor Toms Lpez Medel fue especialmente sensible a este dato. En lacarta, anteriormente mencionada, que escribe a los Reyes de Bohemia lamentalas injustas y falsas acusaciones que muchas veces derivan de esta confusin detiempos representando delante de Vuestra Alteza mil quexas y acumulndolelos hurtos que hizo, los indios que mat agora hace cien aos por su necesidad ydefensa y porque entonces convena por dicha hacerse, y mezclando y revolvien-do los tiempos... Por descriminar el negocio, si se hicieron hurtos, si se mataronindios en un tiempo, fue ya pasado y por dicha convino entonces; pero agora yatodos son comedidos y cristianos y leales vasallos de Vuestra Alteza80.

    Pero aun los desmanes cometidos por los espaoles, sobre todo en los pri-meros tiempos, encuentra Solrzano ciertos atenuantes en el salvajismo ybarbarie de los indios, que les obligaban a actuar severamente contra ellos o lesinducan a excederse en los castigos. Solrzano tiene buen cuidado de indicarque esta misma observacin ya la haba hecho, entre otros, Jos de Acosta. Yavanzando en esta lnea exculpatoria ante unos hechos que demuestran queprobablemente no hay que acusarlos y abochornarlos tanto, afirma: A menu-do tambin, aceptados y recibidos benvolamente al principio, despus ataca-ban insidiosamente sin causa justa. Todos estos hechos... pudieron ofrecer a loscapitanes y soldados espaoles legtima ocasin de hacer la guerra81. Poste-riormen