Carlos Gaviria

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sobre su vida Carlos Gaviria

Text of Carlos Gaviria

  • revista UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

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    Car losGav i r ia D az

    Pensamiento, palabra, obra y omisin

    Entrevista

    Fotografa Diego Gonzlez

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    Ana Cristina Restrepo

    JimnezMedelln, algn da de 1942. Esta historia comienza con un nio que sale a las volandas de la casa de sus abuelos y, sin atisbar, atraviesa una calle del barrio Manrique.

    Antes de entrar al caf de la esquina, amarra los cordones de sus botines Reysol, se sube las medias y compone las cargaderas de sus pantalones cortos. Desde un resquicio de la puerta, recorre el lugar con la mirada: ya le contaron que por ah anda Carlos, su padre. Una vez ms, con una copa en la mano, se arma de coraje para pedirle cacao a su exmujer.

    (Ella, maestra de escuela, ha aprendido bien la leccin: no aceptar las propuestas de ese hombre inestable, desadaptado).

    Velo!Carlos, de cinco aos, se apresura al encuentro de aquel amado

    desconocido. Se sienta sobre sus piernas.La prxima vez, te voy a traer un regalo: te voy a dar un tigre-

    cito! promete el padre.

    Roldanillo, 13 de febrero de 1944. Carlos Gaviria Arango, reportero del Diario del Pacfico, reside en el Valle del Cauca. Fiel a su vida bohe-mia, ese domingo en la tarde entra a una cafetera, pide una cerveza y vierte veneno en el vaso. Bebe.

    No deja ninguna carta.

    Bogot, 20 de marzo de 2014. Sobre un viejo silln, un hombre de cabello abundante y canoso, con la barba plateada, lee en voz baja:

    Fue prncipe en los das de mi infancia de donde regres con las manos vacas y el miedo en la frente. Lo esperbamos hasta la tarde mientras l se hunda en la noche lejos []. Quin no sabe quin es Carlos Gaviria Daz? doctor en Derecho

    y Ciencias Polticas de la Universidad de Antioquia. Magster en Derecho de Harvard. Profesor y decano de la Facultad de Derecho, vicerrector de la Universidad de Antioquia. Fundador del Instituto de Estudios Polticos del Alma Mter. Magistrado de la Corte Constitucional. Senador de la Repblica. Candidato presidencial. Etc.

    Los lmites de mi lenguaje son los lmites de mi mundo.Ludwig Wittgenstein

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    ***En un pueblo de la provincia de lava, en el Pas Vasco (Espaa), ech races el rbol genealgico de la familia Gaviria. Carlos Gaviria Troconiz fue la semilla que vino a germinar en Antioquia.

    De ese linaje procede Carlos Gaviria Daz, quien naci el 8 de mayo de 1937, en Sopetrn. A los tres aos, parti con su familia a vivir en Medelln.

    Nieto de Carlos Gaviria Blair e hijo de Carlos Gaviria Arango, su familia mantena dos tradiciones: el primognito siempre llevaba el nombre del padre y, al nacer, reciba un copn de plata.

    Mara de la Paz Daz, Maruja, su madre, estudi para ser maestra en el colegio de Mara Auxiliadora. Fue compaera de pupitre de una nia curiosa y rebelde, a quien aos despus le prohibiran entrar a misa. Se llamaba Dbora Arango.

    Maruja se cas muy joven. Pronto se sepa-rara de quien fue el padre de sus tres primeros hijos (dos mujeres y un hombre): Carlos Gaviria Arango, periodista emprico y escritor, que edi-torializ en diarios como El Colombiano (Otto Morales Bentez dedicara a su memoria una de sus columnas, Vientos contrarios).

    Tras la separacin, Maruja se vio obligada a trabajar en escuelas rurales, y solo regresaba una vez a la semana. Los abuelos maternos se encar-garon de la crianza del pequeo Carlos.

    Los ms gratos recuerdos estn al lado de su abuela, Ana Holgun, una mujer de primeras letras, con una personalidad brillante y muy tier-na. El abuelo, Fernando Daz, abogado empri-co, sola levantarse declamando en voz alta ver-sos de Quevedo; en su pequea biblioteca haba obras como El jorobado de Nuestra Seora de Pars

    y Los Miserables de Vctor Hugo, o El jorobado o Enrique de Lagardre de Paul Feval.

    Carlos no aprendi a leer en cartilla como los dems nios, su madre lo aper con algunos secretos de maestra y con un libro para desen-traar en soledad: Nuestro lindo pas colombiano de Daniel Samper Ortega. En su memoria per-manecen las descripciones de Cao Cristales y la analoga de Colombia como una privilegiada casa de esquina. Ley muy poca literatura infantil: El mono relojero, de Constancio C. Vigil, Pulgarcito y Cuentos de hadas orientales; y desde muy chico se acerc a los libros para adultos, como Prncipe y mendigo de Mark Twain.

    Los Daz cultivaban la tradicin de la lectura en familia: al caer la noche, la abuela y la madre se sentaban en la sala y se turnaban para leer en voz alta. En una oportunidad, interrumpieron la lectura de El mrtir del Glgota de Enrique Prez Escrich: Ustedes deben ir a acostarse porque va-mos a leer cosas que no son para nios. Era el captulo de Mara Magdalena.

    No obstante, jams escondan libros. Se pro-curaba por el respeto del pensamiento liberal: el da de elecciones en 1942, la abuela Ana lopista hasta la mdula le pregunt a su hija: Maruja, votaste?; S, claro, respondi; Por Lpez?, curiose la madre; No, por Carlos Arango Vlez [candidato disidente del liberalismo], dijo la maestra sin temor al reproche.

    En la casa de Manrique haba dos habitacio-nes y un saln, donde se reunan en torno al radio. Cada noche, a las siete en punto, rezaban el ro-sario y despus escuchaban el radio-peridico La Noticia, en la frecuencia de Ecos de la Montaa, con sus despachos sobre los delincuentes que iban a parar a la terrible colonia penal de Araracuara, en Caquet.

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    Cuando Maruja se cas por segunda vez, con un empleado de la Cervecera Unin, la familia se mud para Itag, donde nacera su cuarta y ltima hija.

    A los nueve aos, Carlos conoci las aulas escolares, entr a cuarto de primaria. Desde el sur del Valle de Aburr, pedaleaba en su bicicle-ta hasta el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana. Su carcter solitario y su reticencia a integrarse con grupos heterogneos evitaron que disfrutara la etapa escolar.

    Una de sus grandes pasiones era jugar ftbol. Nada de picatos callejeros: su espacio deportivo era el colegio. En los recreos no soltaba la pelota y, como en el poema de Hel Ramrez, Carlos era alero derecho. La alineacin de su equipo esco-lar estaba configurada por un portero, dos defen-sas, tres medios y cinco delanteros.

    En este fragmento del relato, desaparecen las canas y la barba, los mocasines formales de cue-ro se transforman en guayos, y la camisa Tommy Hilfiger de puos, perfectamente planchada, en una camiseta desaliada. Narra un Carlos de doce aos: Los de Primero A, que ramos los ms nios, nos enfrentamos contra Primero C. Ellos tenan con qu golearnos y, efectivamente, lo hicieron. Pero, a los cinco minutos de comen-zar el partido, yo hice un gol: sent una de las emociones ms grandes de mi vida! Chut la pe-lota a un defensor del equipo de Primero C [si-gue con los ojos el trayecto del baln aorado], tir al arco, y GOOOL!.

    El rbitro no se preocup por ocultar ante el resto del colegio su carga a favor de los chiquitos, y sin mayor disimulo le susurr al crack de Primero A: Trese en el rea que yo le pito penal.

    Pero Carlos no fue capaz. En aquel escenario remoto se configuraba la

    tica del adulto: Hablar de juego es hablar de reglas. Porque si bien la sociedad tiene reglas que permiten y facilitan la convivencia, el juego son las reglas que lo constituyen, como quien dice el juego son las reglas por antonomasia. Jugar, en-tonces, es observar reglas, y eso lo hemos olvida-do los colombianos, escribira en el libro Juego limpio (Ediciones Nuevo Milenio, 1998).

    Cuatro goles en contra y uno a favor, el mar-cador de antologa.

    ***Gaviria lamenta que en Antioquia el buen com-portamiento est vinculado a preceptos religio-sos y no a la observancia de las normas de mayor trascendencia.

    Su relacin con las religiones la cual per-dura, mas no a travs de la profesin de fe tiene origen en una niez y adolescencia piadosas.

    En sexto de bachillerato lleg a ser el direc-tor del peridico Accin, de la Accin Catlica de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB). Aos despus, su exprofesor, Horacio Quijano, le dira: Hombre, saber que cuando lea sus edito-riales a uno le provocaba arrodillarse!.

    Estaba muy joven cuando acept la invita-cin de Octavio Arismendi, entonces estudiante de Derecho de la Universidad de Antioquia, para asistir a reuniones del Opus Dei. Muy pronto dej de frecuentar el grupo.

    El colegio organizaba ejercicios espiritua-les antes de la graduacin. En el momento de la confesin, frente al rector de la universidad, Flix Henao Botero, Carlos sinti que haba perdido la fe. Monseor lo consol: Te falta mucho camino por recorrer. No te preocupes que esa fe la vas a recuperar.

    La fe nunca regres. El joven rompi con la Iglesia. Y con el dogma.

    Al mismo tiempo, entre una serie de epifa-nas, el dilogo Eutifrn o de la piedad, de Platn, lo estremeci con un complejo planteamiento: Cmo es posible fundar una conducta coherente y slida sin la necesidad de apelar a la presencia de Dios?

    Pero, tal vez, el episodio fundamental en el proceso de extincin de sus creencias fue cuando decidi no estudiar la carrera en la Bolivariana. Su profesor de historia, Jaime Betancur Cuartas, sola cuestionar a sus pupilos sobre diversas lec-turas: Usted qu opina de la personalidad de Bolvar? Y de Santander?.

    Despus de exponer la creacin de los par-tidos, el maestro los exhort a defender los prin-cipios de los mismos. Por su manera de pensar, a Carlos lo adscribieron al Partido Liberal, y a su amigo Vctor Rodrguez, al Conservador. Sostuvieron un respetuoso debate.

    De nuevo, debi enfrentar a monseor Henao, esta vez en su despacho: Usted ha

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    pronunciado una catilinaria impa. Ha citado autores impos como Rafael Uribe y Luis Eduardo Nieto Caballero: Estamos en una uni-versidad catlica! Resp