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    En memoria de María Viejo

    Bondad, belleza, verdad.

    “La belleza es verdad y la verdad belleza… Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta”.

    (Oda a una urna griega. John Keats) Las pésimas noticias también vuelan. A veces llegan como una bomba que había planeado un tiempo sobre nuestras cabezas y que, sobrecogidos, esperábamos que pasara de largo. Porque nos parecía demasiada fatalidad que se repitiera. Porque no tocaba. Porque tú, querida María, nos enseñaste a confiar, a tener esperanza, a mirar para adelante. Y eras tú quien nos dabas ánimos, mientras te debatías con la maldita enfermedad. Todo ha sido en vano. Los dioses se prendan de las mejores personas y nos las roban a su antojo. Así lo muestra la experiencia, la historia, el arte, los mitos de cualquier tiempo y lugar. María sabía mucho de eso, pero no era consciente de su enorme valía. Fatídico abril con este inmenso dolor de pérdida que ahonda de nuevo en los recuerdos. Conocí a María Viejo a finales de los ochenta en actividades de formación y ya siempre la tuve cerca. Poco después coincidimos un tiempo en el Centro del profesorado y recursos de Gijón y tuvimos ocasión de profundizar en nuestra amistad mientras compartíamos tareas e ilusiones. Su campo específico de trabajo era la Historia del Arte, pero iba más allá, embarcada en proyectos de innovación educativa junto a grupos pioneros (Ágora, Cronos, IRES, Fedicaria, Plataforma Asturiana de Educación Crítica). Años más tarde se incorporó al Grupo Eleuterio Quintanilla y afianzamos mucho más nuestros lazos compartiendo ideas, proyectos, alegrías y penas. Su sola presencia ya era un gozo. Sus aportaciones, un lujo. Se cuestionaba la función social de la cultura y del conocimiento en una sociedad democrática y proponía un nuevo enfoque de los fenómenos artísticos para llegar “al conocimiento y creación de un mundo más racional, libre y justo”. En síntesis, buscaba la manera de desarrollar valores humanos a través de la belleza. Así lo defendía y así toma

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    sentido la cita de Keats que incluyó en la presentación de su proyecto “Investigamos y descubrimos los valores del patrimonio”. Belleza, verdad… Y bondad, -añadía ella. Bondad, belleza, verdad… Doy fe de que María las tenía a manos llenas y las repartía graciosa y generosamente a raudales. Mi deuda con ella, tanto en lo personal como en lo profesional, es impagable.

    María Viejo (primera a la derecha) en una sesión de trabajo del XII Encuentro de Fedicaria celebrado en julio de 2008 en Sevilla.

    Quien tuvo el privilegio de tratar a María, ya fuera durante un breve encuentro o una larga amistad, pudo apreciar y disfrutar su grandeza de corazón. Bondad espontánea y desinteresada. Compartía lo que tenía y sabía con todo el mundo, de forma sencilla, humilde, tierna, sin esperar ni aspirar a ningún tipo de recompensa, poder o vanagloria. Conciliaba a la perfección su entrega a la familia extensa y su dedicación profesional comprometida. Un misterio saber cómo lo hacía, ya que nunca parecía agobiada; más bien al contrario, inspiraba calma, serenidad, simpatía y concordia allí donde estuviera. Belleza sin límite y en el amplio sentido de la palabra. En su mirada transparente, color aguamarina, que reflejaba su belleza interior. En su voz cálida y seductora, que jugaba sabiamente con el registro y la

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    cadencia adecuados a cada situación. En su alegría contagiosa, su gracia inigualable cuando la ocasión se terciaba. En los mil y un recursos, imágenes, textos, historias, anécdotas, de lo que llamaba su maleta o mochila simbólica. Verdad como principio vital, en el decir y en el hacer, en lo cotidiano y en lo extraordinario, en las duras y en las maduras. En su compromiso con la vida, con la educación, con la sociedad. Verdad en su cara a cara con la muerte. En nuestro último encuentro del grupo con María me quedó grabada una observación que nos hizo con su encanto personal de siempre, pero que repitió con un énfasis especial. “Os veo todo el día corriendo. ¿Dónde vais tan apurados? Parad un poco…” Y hoy nos paramos un poco a escuchar tus palabras y tu risa en nuestro corazón. Gracias, María, por todo lo que nos has cuidado y aportado. Sabes que velaremos con mucho cariño tu recuerdo.

    Rosa Calvo. Gijón, 26 abril 2014

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    Rosa Calvo (izda) junto a María Viejo (dcha) en Madrid

    Oda a una urna griega. (John Keats)

    Tú, todavía virgen esposa de la calma, criatura nutrida de silencio y de tiempo, narradora del bosque que nos cuentas

    una florida historia más suave que estos versos. En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda de dioses o mortales, o de ambos quizá,

    que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia? ¿Qué deidades son ésas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes? ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?

    ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

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    Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas; sonad por eso, tiernas zampoñas,

    no para los sentidos, sino más exquisitas, tocad para el espíritu canciones silenciosas. Bello doncel, debajo de los árboles tu canto

    ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse. Osado amante, nunca, nunca podrás besarla

    aunque casi la alcances, mas no te desesperes: marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,

    ¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

    ¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes que no despedirán jamás la primavera! Y tú, dichoso músico, que infatigable

    modulas incesantes tus cantos siempre nuevos. ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!

    Por siempre ardiente y jamás saciado, anhelante por siempre y para siempre joven;

    cuán superior a la pasión del hombre que en pena deja el corazón hastiado,

    la garganta y la frente abrasadas de ardores.

    ¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden? ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante, llevas esa ternera que hacia los cielos muge, los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?

    ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar, alzada en la montaña su clama ciudadela vacía está de gentes esta sacra mañana?

    Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas tus calles quedarán, y ni un alma que sepa por qué estás desolado podrá nunca volver.

    ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe de hombres y de doncellas cincelada,

    con ramas de floresta y pisoteadas hierbas! ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede

    como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral! Cuando a nuestra generación destruya el tiempo

    tú permanecerás, entre penas distintas de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:

    «La belleza es verdad y la verdad belleza»… Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta.

    (Traducción de Julio Cortázar)