Gerald Durrell: El Libro de Bolsillo Alianza Editorial Madrid

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    31-Dec-2016

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  • Seccin: Literatura Gerald Durrell:

    El Libro de Bolsillo Alianza Editorial

    Madrid

  • Ttulo original: The Whispering Land Traductora: Marta Sansigre Vidal

    Primera edicin en El Libro de Bolsillo: 1983 Cuarta reimpresin en El Libro de Bolsillo: 1995

    Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el art. 534-bis del Cdigo Penal vigente, podrn ser castigados con penas de multa y privacin de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artstica o cientfica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorizacin.

    Gerald Durrell, 1961 - All rights reserved Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1984, 1988, 1992, 1995 Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; telf. 741 6600 ISBN: 84-206-9989-6 Depsito legal: M. 4.225-1995 Impreso en Closas-Orcoyen, S. L. Polgono Igarsa Paracuellos de Jarama (Madrid) Printed in Spain

  • Para BEBITA Que al marcharse de Argentina me ha dejado sin el mejor pretexto para volver.

    Cuando recuerdo imgenes del pasado, las llanuras de Patagonia pasan frecuentemente ante mis ojos, y, sin embargo, todos afirman que esas llanuras son mseras e intiles. Slo pueden describirse por sus caractersticas negativas; carentes de habitantes, de agua, de rboles, de montaas, slo producen unas cuantas plantas enanas. Por qu, entonces, y esto no me ocurre slo a m, esas ridas llanuras han quedado tan fuertemente grabadas en mi memoria?

    Charles Darwin, El viaje del Beagle

    Unas palabras previas..................................................................................................................4

    Captulo 1 Tierras de murmullos ..........................................................................................13 Captulo 2 Un ocano de camareros......................................................................................20 Captulo 3 Un enjambre de oro ............................................................................................26 Captulo 4 Los animales bulbosos .......................................................................................34

    Segunda parte............................................................................................................................40 Captulo 5..............................................................................................................................45 Captulo 6 Una ciudad de bichos" .........................................................................................53 Captulo 7 Vampiros y vino .................................................................................................63 Captulo 8 Un vagn lleno de bichos* ..................................................................................71 Captulo 9 Las costumbres del pas......................................................................................81 Avance ..................................................................................................................................86 Agradecimientos ...................................................................................................................87

  • Unas palabras previas

    Hace algn tiempo escrib un libro (titulado A Zoo in My Luggage, Un zoo en mi equipaje) en el que explicaba cmo despus de viajar durante varios aos a diferentes partes del mundo, reuniendo animales vivos para diversos zoos, acab hartndome.

    No me hart, me apresuro a aadir, de las expediciones, y menos todava de los animales que encontr. Me hart de tener que separarme de esos animales al volver a Inglaterra. La nica solucin era iniciar mi propio zoo, y en A Zoo in My Luggage relato cmo me fui a frica Occidental a reunir el ncleo de este proyecto, cmo traje los animales a casa y cmo, finalmente, fund mi propio zoolgico en la isla de Jersey, en las Islas del Canal.

    Esto es, pues, en cierto modo, una continuacin de aquel libro, porque en ste describo cmo mi mujer y yo, acompaados por nuestra infatigable secretaria, Sophie, pasamos ocho meses en Argentina, para llevarnos una bo-nita coleccin sudamericana al Zoo de Jersey, y cmo, a pesar de mil reveses, lo conseguimos. Si la coleccin merece elogio, es a Sophie a quien se le debe, porque, aunque no figura mucho en estas pginas, ella soport, quiz, la carga ms pesada del viaje. Permaneci sin quejarse en Buenos Aires y cuid de la riada incesante de animales con los que yo apareca constantemente procedente de diversos lugares, y cuid de ellos, adems, de una forma digna de un experto. Por sta, y por otras muchas razones, estoy profundamente endeudado con ella.

  • Primera parte

    LAS COSTUMBRES DEL PAS

  • Buenos Aires, engalanado para la primavera, presentaba su mejor aspecto. Los edificios, altos y elegantes, parecan brillar como tmpanos al sol, y las anchas avenidas estaban bordeadas de rboles de Jacaranda cubiertos con una nube de flores azul violeta, o de palo borrachos * con sus troncos en forma de botella y sus largas ramas salpicadas de flores amarillas y blancas. La atmsfera primaveral pareca haber contagiado a los peatones, que cruzaban la calzada corriendo entre el trfico con menos cuidado an que de costumbre, mientras los conductores de los tran-vas, autobuses y coches rivalizaban entre s en el tradicional juego bonaerense de ver cunto podan acercarse unos a otros a toda velocidad sin llegar a chocar.

    Como no hay en m una vena suicida, me haba negado a conducir por la ciudad, as que nos lanzamos desafiando

    a la muerte en nuestro Land-Rover con Josefina al volante. Bajita, con el pelo moreno rizado y grandes ojos castaos, Josefina tena una sonrisa como un faro, capaz de paralizar al hombre ms insensible a veinte pasos, A mi lado iba sentada Mercedes, alta, delgada, rubia con ojos azules; normalmente tena una expresin como si no hubiera roto nunca un plato, con la que consegua ocultar una voluntad de hierro y una tenacidad inflexible y obstinada. Estas dos chicas formaban parte del ejrcito privado de encanto femenino que empleaba para enfrentarme con los funcionarios pblicos argentinos. En aquel momento nos dirigamos hacia el enorme edificio que pareca un cruce entre el Partenn y el Reichstag, en cuyo enorme interior acechaba el enemigo ms formidable de la cordura y de la libertad en Argentina: la Aduana. A mi llegada, unas tres semanas antes, haban dejado entrar en el pas, sin rechistar, todo mi equipo de objetos sujetos a elevados derechos de aduana, como mquinas de fotos, de cine, el Land-Rovcr, y dems. Pero, por alguna razn conocida slo por el Todopoderoso y por las lcidas mentes de la Aduana, me haban confiscado todas las redes, las trampas, las delanteras de las jaulas, y otros objetos sin valor, pero necesarios para capturar animales. As que, durante las tres semanas anteriores, Mercedes, Josefina y yo habamos pasado todos los das en las entraas de la enorme casa de Aduanas, donde nos haban enviado de oficina en oficina con una especie de regularidad de relojera, tan montona y tan frustrante que uno empezaba a preguntarse realmente si su cerebro lo resistira. Mercedes me miraba con angustia mientras Josefina viraba, de una manera que me haca dar un vuelco al estmago, entre peato-nes que huan.

    Cmo te encuentras hoy, Gerry?, me pregunt. De maravilla, sencillamente de maravilla dije amargamente; no hay nada que me guste tanto como levan-

    tarme en una esplndida maana como la de hoy y sentir que tengo todo un soleado da por delante para intimar ms profundamente con la Aduana.

    Por favor, no digas eso me dijo, me prometiste nc volver a enojarte. No sirve de nada. Puede que no sirva de nada, pero me alivia. Te juro que si nos tienen media hora esperando fuera de una ofi-cina para que el ocupante del fondo nos diga que no es su departamento, y que vayamos a la sala setecientos cuatro, no respondo de mis actos. Pero hoy vamos a ver al Sr. Garca, dijo Mercedes, con el aire de quien promete un caramelo a un nio. Gru. Que yo sepa hemos visto por lo menos a catorce Sres. Garca en ese edificio, durante las ltimas tres semanas.

    La tribu de los Garca trata la Aduana como si fuese una antigua empresa familiar. Me imagino que todos los bebs Garca nacen con un sello de goma diminuto en la mano dije, cada vez ms animado. Como regalo de bautizo, reciben retratos descoloridos de San Martn, para que los cuelguen en sus despachos de mayores.

    Ay mi madre! Me parece que ser mejor que te quedes en el coche dijo Mercedes. Cmo? Y privarme del placer de continuar mi investigacin genealgica de la familia Garca? Bueno, promteme que no dirs nada dijo volviendo hacia m, suplicante, sus ojos color azul alcin. Por

    favor, Gerry, ni una palabra. Pero si nunca digo nada protest. Si de verdad dijera lo que pienso ardera todo el edificio. Y el otro1 da, cuando dijiste que con la dictadura metas y sacabas tus cosas del pas sin problemas, y que

    ahora que hay democracia, te tratan como a un contrabandista? Bueno, es la pura verdad. Supongo que uno puede expresar sus pensamientos, aunque sea en una democra-

    cia, no? Durante las ltimas tres semanas no hemos hecho ms que luchar con estos tipos imbciles de la Aduana, ninguno de los cuales parece capaz de decir nada, si no es recomendarte que vayas a ver al Sr. Garca al

    1 En espaol, en el original

  • final del pasillo. He perdido tres preciosas semanas en que podra haber estado filmando y recogiendo animales. La mano... La mano... dijo Josefina de repente, gritando. Saqu la mano por la ventanilla y la fila de

    coches que nos segua a toda velocidad chirri con un frenazo estremecedor, mientras Josefina inclinaba el Land-Rover al doblar. Los gritos de rabia llamndola animal!* se apagaron detrs de nosotros.

    Josefina, te agradecera que nos avisaras cuando vas a girar dije. Josefina volvi hacia m su brillante sonrisa. Por qu? pregunt sencillamente. Bueno, ayuda, sabes? Nos da la oportunidad de prepararnos para comparecer ante nuestro Hacedor. Hasta ahora no choqu nunca no? pregunt. No, pero me parece que es slo cuestin de tiempo. Cruzamos una interseccin, majestuosamente, a cuarenta millas por hora, y un taxi que vena de frente tuvo que

    frenar en seco para no chocar con nosotros. Blurry Bastardl dijo Josefina tranquilamente. Josefina! No debes decir esas cosas la re. Por qu no? pregunt Josefina inocentemente. T las dices. Eso no* tiene que ver dije severamente. Pero suena bien, no? dijo con satisfaccin. Y he aprendido ms cosas; se decir Blurry Bastare/y. . . Bueno, bueno dije apresuradamente, te creo. Pero por todos los santos, no las digas delante de tu

    ma-dre, o no te dejar conducir conmigo nunca ms. Tena ciertas desventajas, reflexion, el tener mujeres jvenes y guapas ayudndome en el trabajo. Es verdad

    que con su encanto podan convencer hasta a los pjaros de que abandonasen los rboles, pero descubr que tam-bin te-nan memorias tenaces cuando se trataba de las breves y tajantes imprecaciones anglosajonas que me vea impelido a usar en momentos de tensin.

    La mano... La mano... volvi a decir Josefina. Cruzamos al otro lado de la calzada, dejando atrs un

    embrollo de trfico enfurecido, y nos detuvimos ante la enorme y lbrega fachada de la Aduana. Tres horas ms tarde reaparecimos, con el cerebro aturdido y los pies doloridos, y nos lanzamos al interior del

    Land-Rover. Dnde vamos ahora? pregunt Josefina con desgana. A un bar dije, a un bar donde pueda tomarme un coac y un par de aspirinas. De acuerdo dijo Josefina, soltando el embrague. Creo que maana lo conseguiremos dijo Mercedes, en un esfuerzo por revivir nuestros dbiles nimos. Mira dije algo speramente, el Sr. Garca, Dios bendiga su barbilla azul y su frente empapada en colonia,

    nos ha servido de tanto como un escarabajo en un frasco. Y t lo sabes. No, no, Gerry. Me prometi llevarme maana a ver a uno de los altos cargos de la Aduana. Cmo se llama... Garca? No, un tal Sr. Dante. Qu apropiado! Slo un hombre con ese apellido podra sobrevivir en ese infierno de Garcas.

  • Y casi lo arruinas todo dijo Mercedes con reproche, cuando le preguntaste si el tipo del retrato era su padre. Sabas que era San Martn.

    S, lo s, pero pens que si no deca alguna tontera, mi cerebro iba a partirse en dos como un par de botas de

    go-ma viejas. Josefina par ante un bar. Nos sentamos en una mesa al borde de la acera y tomamos nuestras bebidas deprimidos y

    en silencio. Pronto logr sacudirme el atontamiento que la Aduana siempre me produca y pensar en otros problemas.

    Prstame cincuenta centavos, por favor, ped a Mercedes. Voy a llamar a Marie. Para qu? pregunt Mercedes. Para que lo sepas, me ha prometido encontrar un sitio donde dejar el tapir. En el hotel no me dejan tenerlo

    en la azotea. Qu es un tapir? pregunt Josefina con inters. Es una especie de animal, del tamao de un pony, con una nariz muy larga. Parece un elefante que sali

    mal. No me extraa que no te lo dejen tener en la terraza dijo Mercedes. Pero si es slo un cachorrito... ms o menos del tamao de un cerdo. Bueno, toma los cincuenta centavos. Encontr el telfono, venc los embrollos del sistema telefnico argentino y marqu el nmero de Marie. Marie? Soy Gerry. Qu hay del tapir? Mis amigos estn fuera, as que no puedes llevarlo all. Pero mam dice que por qu no lo traes y lo tendre-

    mos en el jardn. Ests segura de que puedo? Bueno, fue idea de mam. Pero ests segura de que sabe lo que es un tapir? S. Le dije que era un animal pequeo y peludo. Eso no es exactamente una descripcin zoolgica. Qu dir cuando aparezca yo con un bicho casi calvo y

    del tamao de un cerdo? Una vez que est aqu, estar aqu dijo Marie con mucha lgica. Suspir. Bueno. Lo llevar esta tarde, de acuerdo? De acuerdo. Y no te olvides de traerle comida. Volv a donde esperaban Josefina y Mercedes con aspecto de estar muertas de curiosidad. Qu dijo Marie? pregunt Mercedes al fin. Ponemos la Operacin Tapir en marcha esta tarde a las cuatro en punto. Dnde lo llevamos? A casa de Marie. Su madre se ofreci a tenerlo en el jardn. Dios mo, no! dijo Mercedes con considerable efecto dramtico.

  • Por qu no? pregunt. No lo puedes llevar all, Gerry. El jardn es pequeo, y adems la Sra. Rodrguez cuida mucho sus flores. Y qu tiene eso que ver con el tapir? Estar atado. De todas formas, a alguna parte tiene que ir, y hasta

    ahora se es el nico ofrecimiento que me han hecho. Bueno, llvalo dijo Mercedes con el aire de satisfaccin mal disimulado del que sabe que tiene razn, pero

    luego no digas que no te lo advert. Bueno, bueno. Ahora vamos a comer, porque tengo que recoger a Jackie a las dos para ir a hablar con los de

    la agencia sobre nuestros pasajes de vuelta. Despus podemos it a recoger a Claudio. Quin es Claudio? pregunt sorprendida Mercedes. El tapir. Le he bautizado as porque con ese hocico romano que tiene se parece a uno de los emperadores an-

    tiguos. Claudio! dijo Josefina rindose. Qu dive...

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