Semana l 905

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Text of Semana l 905

  • Suplemento Cultural de La Jornada Domingo 8 de julio de 2012 Nm. 905 Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payn Velver

    RibeyRoy la tentacin

    del fracasoEsther Andradi

    La invasin de la irrelevancia, Fabrizio andreella El jardn de los Finzi-Contini, M. A. CAMpos

  • Hugo Gutirrez Vega

    Directora General: C a r m e n L i r a S a a d e , Director : H u g o g u t i r r e z V e g a , Je fe de Redaccin: L u i S t o Va r , Edic in : FranCiSCo torreS CrdoVa, Correccin: aLeyda aguirre, Coordinador de arte y diseo: FranCiSCo garCa noriega, Diseo Original: marga Pea, Diseo: Juan gabrieL Puga, Iconografa: arturo Fuerte, Relaciones pblicas: VerniCa SiLVa; Tel. 5604 5520. Retoque Digital: aLeJandro PaVn, Publicidad: eVa VargaS y rubn HinoJoSa, 5688 7591, 5688 7913 y 5688 8195. Correo electrnico: jsemanal@jornada.com.mx, Pgina web: www.jornada.unam.mxLa Jornada Semanal, suplemento semanal del peridico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauh tmoc nm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegacin Benito Jurez, Mxico, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cuitlhuac nm. 3353, colonia Ampliacin Cosmopolita, Azcapotzalco, Mxico, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del ttulo La Jor nada Semanal nm. 042003081318015900107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Direccin General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/SEP. Prohibida la reproduccin parcial o total del contenido de esta publicacin, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores.

    La redaccin no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboracin es responsabilidad de su autor. Ttulos y subttulos de la redaccin.

    jornadasem@jornada.com.mx

    Comentarios y opiniones:

    jsemanal@jornada.com.mx

    2

    Portada: El lcido escrutinio de lo diarioFoto de tomada de: esquina.com.pe

    bazar de asombros 8 de julio de 2012 Nmero 905 Jornada Semanal

    UN ENCUENtro CoN FUENtES

    Una tarde de otoo inauguramos, en el Palazzo Ruspoli de Roma, la Semana de la Cultura Me xicana. La organizaba la embajada de Mxico con el apoyo del naciente Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Roma. Las exposiciones de cuadros, esculturas, libros y revistas, las proyecciones de pelculas y de documentales, as como las conferencias y coloquios, daban a los visitantes una idea inicial de algunos aspectos de la cultura variadsima de un pas latino con fuertes y definitorias races indgenas. Recuerdo los cuadros y las esculturas de Claudio Favier, jesuita tapatio y pintor muy original; las reproducciones de piezas arqueolgicas, las ediciones de libros prestados por el Fondo de Cultura Econmica, las revistas y suplementos culturales; pelculas como Los olvi-dados, Races, La mujer del puerto, El compa-dre Mendoza y Los caifanes que ms tarde lo gr que se incluyera en una seccin del Festival de Venecia. Nuestro embajador era don Rafael Fuentes y asisti a la inauguracin el padre Ignacio Gmez Robledo, maestro de Teologa moral de la Universidad Gregoriana. Guardo una foto en la que un querido amigo, el embajador Fuentes, corta el listn inaugural. A su lado se encuentra nuestro cnsul en Roma, el distinguido diplomtico Alfonso Herrera Salcedo. Entre las conferencias que se dictaron figuraba la que yo di sobre la novela de Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz , que haba sido publicada en Mxico en 1962. Mi amiga Elena Mancuso, traductora de El seor presidente, de Asturias y de Pedro Pramo, de Rulfo, se encontraba leyendo La muerte de Artemio Cruz y estaba entusiasmada. As se lo hice saber a los seores de Feltrinelli, la casa editora ms inte

    resada en los autores del entonces incipiente boom de la novela latinoamericana. Mi conferencia fue breve (cosa rara) y muy entusiasta. Para m, La muerte de Artemio Cruz era la gran novela sobre las secuelas y consecuencias del movimiento revolucionario. La prosa de su autor ratificaba el valor de una nueva forma de novelar en Mxico que l mismo haba iniciado unos aos antes con La regin ms transparen-te. Al terminar la charla, el embajador me abraz y, con una emocin bien controlada por su larga experiencia diplomtica, me dijo: Ya saba que la novela de Carlos es muy buena, pero usted me lo ha confirmado. Estoy orgulloso de mi querido hijo. En ese momento el exjefe de Protocolo de la Secretaria de Relaciones Exteriores, dej que se le escaparan las lgrimas y prolong el abrazo.

    Unos mes ms tarde lleg Carlos Fuentes a Roma y le organic un aquelarre literario en la casa de Rafael Alberti. Asistieron Alfonso Gatto, Vittorio Sereni, Gassman, Guttusso, Asturias, Moravia, Elena Mancuso, Pasolini y Bassani. Alberti y Mara Teresa Len nos recibieron con alegra y generosidad. Carlos, como siempre, estuvo brillante y Gassman nos obsequi con un monlogo muy gracioso de Alberti. Este fue mi primer encuentro con Carlos Fuentes. La vida nos deparara otros encuentros en diferentes latitudes y en diversas pocas. El primero se ubica junto a su padre, un hombre bueno, un diplomtico de una escuela ya ida y un lector orgulloso de su hijo.

    Conforme pasa el tiempo, la

    figura del escritor peruano Julio

    Ramn Ribeyro va engrandecin-

    dose o, en palabras ms precisas,

    va dejando la sombra en la cual, y

    sin justicia, ha permanecido a

    consecuencia del resplandor de

    otras figuras peruanas de las

    letras, como es bien sabido

    sucede con sus paisanos Mario

    Vargas Llosa y Csar Vallejo.

    Aunque autor de tres novelas, es

    en el gnero cuentstico donde

    Ribeyro leg a las letras hispni-

    cas una extensa obra de primer-

    simo nivel, como lo sabe quien lo

    ha ledo y podr verificarlo quien

    se acerque a La palabra del mudo,

    las Prosas aptridas o La tenta-

    cin del fracaso, primer tomo de

    su Diario personal, mismos que

    vieron la luz en 1992, autntico

    annus mirabilis para Ribeyro,

    quien falleciera solamente dos

    aos ms tarde. El artculo de

    Esther Andradi rememora a este

    autor fundamental e invita a su

    gozosa lectura o relectura.

    Publicamos adems un ensayo de

    Andreas Kurz sobre el austraco

    Adalbert Stifter, autor de Verano

    tardo, novela que compite con

    las escritas por Joyce, Musil y

    Proust, es decir, las clebres

    Ulises, El hombre sin atributos y

    En busca del tiempo perdido.

  • bitcora bifronteJornada Semanal Nmero 905 8 de julio de 20123

    ricardoVenegasricardovenegas_2000@yahoo.com

    Francisco torres Crdova

    Monlogos coMpartidos

    ftorrescordova@yahoo.com

    trES DiStANCiAS

    Tocar para decir. De la distancia que se tiende y

    alarga en las cosas, que descansa en ellas y de

    ellas parece que se nutre, llegar a la piedra y tra

    zar la figura de bisontes, leones, panteras, bhos

    o hienas, un grupo de caballos y el impulso de las

    huellas en hematita terrosa de una sola y mlti

    ple mano, para decir una presencia, para acercar

    la a otras. Hace 32 mil aos en la Cueva de Chau

    vet como ahora frente al contorno de la propia

    mano en el vaho incierto del espejo, el tacto rojo

    sangre cruzando esa distancia, templando su ho

    rizonte, leyendo sus arcillas y relieves mucho an

    tes de la primera letra erguida en el silencio. En

    el vrtigo de la ms pura infancia de la voz y de

    los ojos, poner las manos en el mundo para ser

    su resonancia, para hacerlo una criatura y alcan

    zar sus bordes con la punta de los dedos y as de

    cir su nombre impronunciable, en un acto acaso

    un arrebato de conciencia que entonces inau

    gura la tosca, quebradiza intimidad de toda una

    especie encandilada frente al fuego lento del

    asombro primigenio.

    Decir para ver. Es el borde de la tarde; es la tibia hu

    medad de su distancia que desciende al mar, la cur

    va sonora de sus mltiples orillas ya cerca de la noche.

    Es la habitacin de techos altos y paredes blancas

    detenida un instante en una luz que ya trama sus

    sombras de seda en los rincones. Es el tiempo as de

    pronto hilado todo junto, sostenido en la cima de

    uno de sus vuelos. A un lado de la pequea venta na,

    ala de ngel o cresta de ave vigorosa, despunta un

    arpa su altura milenaria. Sentada frente a ella, la es

    palda desnuda y firme, una joven mujer despierta una

    a una las notas ovilladas en las cuerdas, y en racimos

    de ritmos y pausas en el aire las congrega. Es la sinuo

    sa y dilatada oscuridad de su cabello; es la luz que se

    desteje por sus hombros bajando a la cintura, y son

    sus ingles y su nuca ocultas y perladas de un sudor

    que abre sus aromas, que incita la sed que abrigan

    sus caderas. Es el arpa que avanza entre sus brazos

    y rodillas, y es el viento tomado por el roce de las no tas

    en los dedos y las suaves honduras de la pelvis.

    Decir para tocar. Porque la distancia no siempre la

    salva el afn de la caricia, la palabra se empea en

    ocuparla, en despertar en sus amplias espirales de

    vaco el roce del sentido entre las manos y las co

    sas, entre las cosas y el silencio que las piensa. Dejar

    que las palabras taan la textura de la vida y con

    muevan las fibras de sus nombres, aunque sepamos

    que al final queda rota la lengua, como dice Safo

    todava. Y sin embargo, en esa soledad el poema

    tiende sus palabras como manos memoriosas: A

    veces, solo en la calma/ de la alcoba, me estremece/

    la evocacin. En la palma,/ como entonces, me pare

    ce/ sentir el trmulo peso/ de tus pechos, que en el

    beso