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UNA PRINCESA DE MARTE Edgar Rice Burroughs

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  • UNA PRINCESADE MARTE

    Edgar Rice Burroughs

  • Edgar Rice Burroughs

    Ttulo del original: A princess of MarsTraduccin: Andrs Esteban Machalski 1912 by Edgar Rice Burroughs 1975 Intersea SAIC - Mxico 924 Buenos AiresQueda hecho el depsito de Ley 11.723Escaneado por diaspar en 1998R6 10/99

  • Al LectorCreo que sera conveniente hacer algunos comentarios acerca de la interesante

    personalidad del Capitn Carter antes de dar a conocer la extraa historia que narra estelibro.

    El primer recuerdo que tengo de l es el de la poca que pas en la casa de mi padreen Virginia, antes del comienzo de la Guerra Civil. En ese entonces yo tena alrededor decinco aos, pero an recuerdo a aquel hombre alto, morocho, atltico y buen mozo al quellamaba To Jack.

    Pareca estar siempre sonriente, y tomaba parte en los juegos infantiles con el mismointers con el que participaba en los pasatiempos de los adultos; o poda estar, sentadohoras entreteniendo a mi abuela con historias de sus extraas y arriesgadas aventuras endistintas partes del mundo. Todos lo queramos, y nuestros esclavos casi adoraban elsuelo que pisaba.

    Era mi esplndido exponente del gnero humano, de casi dos metros de alto, ancho dehombros, delgado de cintura y el porte de los hombres acostumbrados a la lucha. Susfacciones eran regulares y definidas; el cabello oscuro y cortado al ras, y sus ojos de ungris acerado reflejaban pasin, iniciativa y un carcter fuerte y leal. Sus modales eranperfectos y, su educacin, la de un tpico caballero sureo de la ms noble estirpe.

    Su habilidad para montar, en especial en las caceras, era maravillosa aun en aquelpas de magnficos jinetes. Varias veces le o a mi padre amonestarlo por su excesivoarrojo, pero l sola sonrer y responderle que el caballo que le provocara una cadamortal todava estaba por nacer.

    Cuando comenz la guerra, se fue y no lo volvimos a ver durante unos quince odiecisis aos. Cuando regres lo hizo sin aviso y me sorprend mucho al notar que nohaba envejecido ni cambiado nada. En presencia de otros, era el mismo: alegre yocurrente como siempre; pero lo he visto, cuando se crea solo, quedarse sentado horas yhoras mirando el infinito con una expresin anhelante y desesperanzada. A la noche solaquedarse de la misma forma, escudriando el cielo, buscando quin sabe qu secretos.Aos ms tarde, despus de leer su manuscrito, descubr cules eran.

    Nos cont que haba estado explorando en busca de minas en Arizona, despus de laguerra. Era evidente que le haba ido bien por la ilimitada cantidad de dinero quemanejaba. Con respecto a los detalles de la vida que haba llevado durante esos aos,era muy reservado. Ms an, se negaba a hablar de ellos totalmente.

    Permaneci con nosotros aproximadamente un ao y luego parti hacia Nueva York,donde compr un pequeo campo sobre el ro Hudson. Mi padre y yo tenamos unacadena de negocios que se extenda a lo largo de toda Virginia, de modo que yo solavisitarlo en su finca una vez al ao, al hacer mi habitual viaje al mercado de Nueva York.Por aquel entonces el Capitn Carter tena una cabaa pequea pero muy bonita, ubicadaen los riscos que daban al ro. Durante una de mis ltimas visitas, en el invierno de 1885,observ que estaba muy ocupado escribiendo algo. Ahora pienso que era el manuscritoque aqu presento.

    Fue entonces cuando me dijo que si algo llegaba a pasarle esperaba que me hicieracargo de sus bienes, y me dio la llave de un compartimento secreto de la caja deseguridad que tena en su estudio, dicindome que podra encontrar all su testamento yalgunas instrucciones, que deba comprometerme a llevar a cabo con toda fidelidad.

    Despus de haberme retirado a mi habitacin, por la noche, lo vi a travs de miventana, parado a la luz de la luna, al borde del risco que daba al ro, con sus brazosextendidos hacia el firmamento, en un gesto de splica. En ese momento supuse queestaba rezando, a pesar de que nunca hubiera pensado que fuera tan creyente en elestricto sentido de la palabra.

    Algunos meses ms tarde, cuando ya haba regresado a casa de mi ltima visita, el 10de marzo de 1886 - creo - recib un telegrama suyo en el que me peda que fuera a verlo

  • enseguida. Fui siempre su preferido entre los ms jvenes de los Carter y por lo tanto nodud un instante en cumplir sus deseos.

    Llegu a la pequea estacin, que quedaba ms o menos a dos kilmetros de sustierras, la maana del 4 de marzo de 1886, y cuando le ped al conductor que me llevara acasa del Capitn Carter me dijo que, si era amigo suyo, tena malas noticias para m: elcuidador de la finca lindera haba encontrado muerto al Capitn, poco despus delamanecer.

    Por algn motivo, esta noticia no me sorprendi, pero me apresur a llegar a su casapara hacerme cargo de su entierro y sus asuntos.

    Encontr al cuidador que haba descubierto su cadver, junto con la polica local yvarias personas del lugar, reunidos en el pequeo estudio del Capitn. El cuidador estabarelatando los detalles del hallazgo, diciendo que el cuerpo todava estaba caliente cuandolo encontr. Yaca cuan largo era en la nieve, con los brazos extendidos sobre su cabezahacia el borde del risco, y cuando me seal el sitio donde lo haba encontrado recordque era exactamente el mismo donde yo lo haba visto aquellas noches, con sus brazostendidos en splica hacia el cielo.

    No haba rastros de violencia en su cuerpo, y con la ayuda de un mdico local, elmdico forense lleg a la conclusin de que haba muerto de un sncope cardaco.

    Cuando qued solo en el estudio, abr la caja fuerte y retir el contenido delcompartimento donde me haba indicado que podra encontrar las instrucciones. Eran porcierto algo extraas, pero trat de seguirlas lo ms precisamente posible.

    Me indicaba que su cuerpo deba ser llevado a Virginia sin embalsamar, y deba serdepositado en un atad abierto, dentro de una tumba que l haba hecho construirpreviamente y que, como luego comprob, estaba bien ventilada. En las instrucciones merecalcaba que controlara personalmente el cumplimiento fiel de sus instrucciones, aun ensecreto si fuera necesario.

    Haba dejado su patrimonio de tal forma que yo recibira la renta ntegra duranteveinticinco aos. Despus de se lapso, los bienes pasaran a mi poder. Sus ltimasinstrucciones con respecto al manuscrito eran que deba permanecer lacrado y sin leerpor once aos y que no deba darse a conocer su contenido hasta veintin aos despusde su muerte.

    Una caracterstica extraa de su tumba, donde an yace su cuerpo, es que la puertaest provista de una sola cerradura de resorte, enorme y baada en oro, que slo puedeabrirse desde adentro.

    Edgar Rice Burroughs

    1 - En las colinas de Arizona

    Soy un hombre de edad muy avanzada, aunque no podra precisar cuntos aos tengo.Posiblemente tenga cien, o tal vez ms, pero no puedo afirmarlo con exactitud porque noenvejec como los dems hombres ni recuerdo niez alguna. Hasta donde llega mimemoria, siempre tengo la imagen de un hombre de alrededor de treinta aos. Miapariencia actual es la misma que tena a los cuarenta, o tal vez antes, y aun as sientoque no podr seguir viviendo eternamente, que algn da morir, como los dems, de esamuerte de la que no se regresa ni se resucita. No s por qu le temo a la muerte, yo quehe muerto dos veces y todava estoy vivo, pero an as le tengo el mismo pnico que letienen los que nunca murieron. Es justamente a causa de ese terror que estoyplenamente convencido de mi mortalidad.

    Por esa misma conviccin me he decidido a escribir la historia de los momentosinteresantes de mi vida y de mi muerte. No me es posible explicar los fenmenos,solamente puedo asentarlos aqu en la forma sencilla que puede hacerlo un simple

  • aventurero. Esta es la crnica de los extraos sucesos que tuvieron lugar durante los diezaos en que mi cuerpo permaneci sin ser descubierto en una cueva de Arizona.

    Nunca relat esta historia, ni ningn mortal ver este manuscrito hasta que yo hayapasado a la eternidad. S que ninguna mente humana puede creer lo que no le es posiblecomprobar, de modo que no es mi intencin ser vilipendiado por la prensa, ni por el clero,ni por el pblico, ni ser considerado un embustero colosal cuando lo que estoy haciendono es ms que contar aquellas verdades que un da corroborar la ciencia.

    Posiblemente las experiencias que recog en Marte y los conocimientos que puedaexponer en esta crnica lleguen a ser tiles para la futura comprensin de los misteriosque rodean nuestro planeta hermano. Misterios que an subsisten para el lector, aunqueya no ms para m.

    Mi nombre es John Carter, pero soy ms conocido como Capitn Jack Carter, deVirginia. Al finalizar la Guerra Civil era dueo de varios cientos de miles de dlares endinero confederado sin valor y del rango de Capitn de un ejrcito de caballera que ya noexista. Era empleado de un Estado que se haba desvanecido junto con las esperanzasdel Sur. Sin amos ni dinero y sin ms razones por las que ejercer el nico medio desubsistencia que conoca, que era combatir, decid abrirme camino hacia el sudoeste yrehacer, buscando oro, la fortuna que haba perdido.

    Pas alrededor de un ao en la bsqueda junto con otro oficial confederado, el CapitnJames K. Powell, de Richmond. Tuvimos mucha suerte, ya que hacia el final del inviernode 1866, despus de muchas penurias y privaciones, localizamos la ms importante vetade cuarzo, aurfero que jams hubisemos podido imaginar.

    Powell, que era ingeniero especialista en minas, estableci que habamos descubiertomineral por un valor superior al milln de dlares en el insignificante lapso de unos tresmeses.

    Como nuestro material era excesivamente rudimentario. decidimos que uno denosotros regresara a la civilizacin, comprara la maquinaria necesaria y volviera con unacantidad suficiente de hombres para trabajar en la mina en forma adecuada.

    Como Powell estaba familiarizado con la zona, as como con los requisitos mecnicospara trabajar la mina, decidimos que lo mejor sera que l hiciera el viaje.

    El 3 de marzo de 1866 empezamos a cargar las provisiones de Powell en dos denuestros burros. Despus de despedirse mont a caballo y empez su descenso hacia elvalle a travs del cual debera realizar la primera etapa del viaje.

    La maana en que Powell parti era difana y hermosa como la mayora de lasmaanas en Arizona. Pude verlos a l y a sus animalitos de carga siguiendo su caminohacia el valle. Durante toda la maana pude verlos ocasionalmente cuando cruzaban unaloma o cuando aparecan sobre una meseta plana. La ltima vez que lo vi a Powell fuealrededor de las tres de la tarde, cuando qued envuelto en las sombras de las sierras dellado opuesto del valle.

    Alrededor de media hora ms tarde se me ocurri mirar a travs del valle y mesorprend mucho al ver tres pequeos puntos en el lugar aproximado donde haba vistopor ltima vez a mi amigo y sus dos animales de carga. No acostumbro preocuparme envano, pero cuanto ms trataba de convencerme de que todo le iba bien a Powell, y quelas manchas que haba visto en su ruta eran antlopes o caballos salvajes, menos segurome senta.

    Yo saba que Powell estaba bien armado y, ms an, saba que era un experimentadocazador de indios; pero yo tambin haba vivido y luchado durante muchos aos entre lossioux, en el norte, y saba que las posibilidades de Powell eran pocas contra un grupo deapaches astutos. Finalmente no pude soportar ms la ansiedad, y tomando mis dosrevlveres Colt, una carabina y dos cinturones con cartuchos, prepar mi montura ycomenc a seguir el camino que Powell haba tomado esa maana.

  • Apenas llegu a la parte comparativamente llana del valle, comenc a andar al galope,y continu as donde el camino me lo permita, hasta que comenz a ponerse el sol. Depronto descubr el lugar donde otras huellas se unan a las de Powell: eran las de trespotros sin herradura que iban al galope.

    Segu el rastro rpidamente hasta que la oscuridad cada vez ms densa me forz aesperar a que la luz de la luna me diera la oportunidad de calcular si mi rumbo eraacertado. Seguramente haba imaginado peligros increbles, como una comadre vieja ehistrica, y cuando alcanzara a Powell nos reiramos de buena gana de mis temores. Sinembargo, no soy propenso a la sensiblera, y el ser fiel al sentimiento del deber, adondequiera que ste pudiera conducirme, haba sido siempre una especie de fetichismo a lolargo de toda mi vida, de lo cual pueden dar cuenta los honores que me otorgaron tresrepblicas y las condecoraciones y amistad con que me honran un viejo y poderosoemperador y varios reyes de menor importancia, a cuyo servicio mi espada se tino ensangre ms de una vez.

    Alrededor de las nueve de la noche, la luna brillaba ya con suficiente intensidad comopara continuar mi camino. No tuve ninguna dificultad en seguir el rastro al galope tendidoy, en algunos lugares, al trote largo, hasta cerca de la medianoche En ese momentollegu a un arroyo donde era de prever que Powell acampara. Di con el lugar en formainesperada, encontrndolo completamente desierto, sin una sola seal que indicara quealguien hubiese acampado all haca poco.

    Me interes el hecho de que las huellas de los otros jinetes, que para entonces estabaconvencido de que estaban siguiendo a Powell, continuaban nuevamente detrs de ste,con un breve alto en el arroyo para tomar agua, y siempre a la misma velocidad que l.

    Ahora estaba completamente seguro de que los que haban dejado esas huellas eranapaches y que queran capturarlo con vida por el mero y satnico placer de torturarlo. Porlo tanto dirig mi caballo hacia adelante a paso ms ligero: con la remota esperanza dealcanzarlo antes que los astutos pieles rojas que lo perseguan lo atacaran.

    Mi imaginacin no pudo ir ms all, ya que fue abruptamente interrumpida por el dbilestampido de dos disparos a la distancia, mucho ms adelante de donde yo meencontraba. Saba que en ese momento Powell me necesitaba ms que nunca einstantneamente apret el paso al mximo, galopando por la senda angosta y difcil de lamontaa.

    Avanc una milla o ms sin volver a or ruido alguno. En ese punto el caminodesembocaba en una pequea meseta abierta cerca de la cumbre del risco. Habaatravesado por una caada estrecha y sobresaliente antes de entrar en aquella meseta ylo que vieron mis ojos me llen de consternacin y desaliento.

    El pequeo llano estaba cubierto de blancas carpas de indios y haba ms dequinientos guerreros pieles rojas alrededor de algo que se hallaba cerca del centro delcampamento. Su atencin estaba hasta tal extremo concentrada en ese punto que no sedieron cuenta de mi presencia, de modo que fcilmente podra haber vuelto al oscurorecoveco del desfiladero para emprender la huida sin riesgo alguno.

    El hecho, sin embargo, de que este pensamiento no se me ocurriera hasta el otro da yactuara sin pensar me quita el derecho de aparecer como hroe, ya que lo hubiera sidoen caso de haber medido los riesgos que el no ocultarme traa aparejados.

    No creo tener pasta de hroe. En toda ocasin en que mi voluntad me puso frente afrente con la muerte, no recuerdo que haya habido ni una sola vez en la que unprocedimiento distinto al puesto en prctica se me haya ocurrido en el mismo momento.Es evidente que mi personalidad est moldeada de tal forma que me fuerzasubconscientemente al cumplimiento de mi deber, sin recurrir a razonamientos lentos ytorpes. Sea como fuere, nunca me he lamentado de no poder recurrir a la cobarda.

    En este caso, por supuesto, estaba completamente seguro de que el centro deatraccin era Powell; pero aunque no s si actu o pens primero, lo cierto es que en un

  • instante haba desenfundado mis revlveres y estaba embistiendo contra el ejrcito enterod guerreros, disparando sin cesar y gritando a todo pulmn.

    Solo como estaba no poda haber usado mejor tctica, ya que los pieles rojas,convencidos por la inesperada sorpresa de que haba al menos un regimiento enterocargando contra ellos, se dispersaron en todas direcciones en busca de sus arcos, flechasy rifles.

    El espectculo que me ofreci esa repentina retirada me llen de recelo y de furia. Bajolos brillantes rayos de la luna de Arizona yaca Powell, su cuerpo totalmente perforado porlas flechas de los apaches. No me caba la menor duda de que estaba muerto, pero aunas habra de salvar su cuerpo de la mutilacin a manos de los apaches con la mismapremura que salvarlo de la muerte. Al llegar a su lado me inclin y tomndolo de suscartucheras lo acomod en las ancas de mi caballo.

    Con un simple vistazo hacia atrs me convenc de que regresar por el camino por elque haba llegado sera ms peligroso que continuar a travs de la meseta, de modo que,espoleando a mi pobre caballo, arremet hacia la entrada del risco que poda distinguir delotro lado de la meseta.

    Para ese entonces los indios ya haban descubierto que estaba solo y era perseguidopor imprecaciones, flechas y disparos de rifle.

    El hecho de que les resultara sumamente difcil hacer puntera con Otra cosa que nofueran imprecaciones -ya que solamente nos iluminaba la luz de la luna-, que hubieransido sorprendidos por la forma inesperada y rpida de mi aparicin y que yo fuera unblanco que se mova rpidamente, me salv de varios disparos y me permiti llegar a lasombra de las peas linderas antes que se pudiera organizar una persecucin ordenada.

    Estaba convencido de que mi caballo sabra orientarse mejor que yo en el camino quellevaba hacia el risco, y por lo tanto dej que fuera l el que me guiara. De este modoentr en un risco que llevaba hacia la cima de la extensin y no en el paso que, esperaba,podra llevarme a salvo hacia el valle.

    Es posible, sin embargo, que sea a esta equivocacin a la cual le deba mi vida y lasincrebles experiencias y aventuras en las que particip en los diez aos siguientes.

    La primera nocin que tuve de que haba tomado por un camino equivocado fuecuando percib que los gritos de los salvajes que me perseguan se iban desvaneciendode pronto, a la distancia, hacia mi izquierda.

    Me di cuenta, entonces, de que haban pasado por la izquierda de la formacin rocosaal borde de la meseta, a la derecha de la cual nos haba llevado mi caballo.

    Fren mi cabalgadura sobre un pequeo promontorio rocoso que daba sobre el caminoy pude observar cmo el grupo de indios que me segua desapareca detrs de una colinacercana.

    Saba que los indios descubriran de un momento a otro que haban equivocado elcamino y que reiniciaran mi bsqueda por el camino exacto tan pronto como encontraranmis huellas.

    No haba hecho ms que un pequeo trecho cuando lo que pareca ser un excelentecamino se perfil a la vuelta del frente de un inmenso risco. Era nivelado y bastante anchoy conduca hacia lo alto en la direccin que deseaba tomar. El risco se elevaba varioscientos de metros a mi derecha, y a mi izquierda haba una pendiente que caa en lamisma forma y casi a pico hacia la quebrada rocosa del pie. Haba avanzado ms omenos cien metros cuando una curva cerrada me condujo a la entrada de una cuevainmensa. La entrada era de alrededor de un metro y medio de alto y de ms o menos elmismo ancho. El camino terminaba all.

    Ya era de maana, y como una de las caractersticas ms asombrosas de Arizona esque se hace de da sin un previo amanecer, casi sin darme cuenta me encontr a plenaluz del da.

  • Luego de desmontar coloqu el cuerpo de Powell en el suelo, pero ni el ms cuidadosoexamen sirvi para revelar la menor chispa de vida. Trat de verter agua de micantimplora entre sus labios muertos, le lav la cara, le frot las manos e hice todo loposible por salvarlo durante casi una hora, negndome a creer que estaba muerto.

    Senta mucha simpata por Powell, que era un hombre cabal en todo sentido, undistinguido caballero sureo, un amigo fiel y verdadero. Por eso, no sin sentir unaprofunda tristeza, conclu por abandonar mis pobres esfuerzos por resucitarlo.

    Dej el cuerpo de Powell donde yaca, en la saliente, y me deslic dentro de la cuevapara hacer un reconocimiento. Encontr un amplio espacio de casi treinta metros dedimetro y diez o quince de alto, con el suelo liso y aplanado y muchas otras evidenciasde que en algn tiempo remoto haba estado habitado. El fondo de la cueva se perda enuna sombra densa, de tal forma que no poda distinguir si haba o no entradas a otrosrecintos.

    Mientras prosegua mi reconocimiento comenc a sentir que me invada una placenterasomnolencia que atribu a la fatiga causada por mi larga y extenuaste cabalgata y alresultado de la excitacin de la lucha y la persecucin. Me senta relativamente seguro enmi actual escondite ya que saba que un hombre solo podra defender el camino a lacueva contra un ejrcito entero.

    De pronto me domin un sueo tan profundo que apenas poda resistir el fuerte deseode arrojarme al suelo de la cueva para descansar un rato; pero saba que no podahacerlo ni siquiera un instante, ya que eso poda desembocar en mi muerte a manos demis amigos pieles rojas que podan caer sobre m en cualquier momento. En un esfuerzotrat de dirigirme hacia la entrada de la cueva, pero slo logr mantenerme tambaleandocomo un borracho contra una de las paredes de la cueva, para luego caer pesadamenteal suelo.

    2 - La huida de la muerte

    Una deliciosa sensacin de modorra me invadi relajando mis msculos, y ya estaba apunto de abandonarme a mis deseos de dormir cuando lleg hasta m el sonido decaballos que se aproximaban. Intent incorporarme de un salto, pero con horror descubrque mis msculos no respondan a mi voluntad.

    Ya estaba completamente despabilado, pero tan imposibilitado de mover un msculocomo si me hubiera vuelto de piedra. No fue sino en ese momento cuando advert que unimperceptible vapor estaba llenando la cueva. Era extremada mente tenue y solamentevisible a travs de la luz que penetraba por la boca de sta.

    Tambin, lleg hasta m un indefinible olor picante y lo nico que pude pensar fue quehaba sido afectado por algn gas venenoso, pero no poda comprender por qu mantenamis facultades mentales y aun as no poda moverme.

    Estaba tendido mirando hacia la entrada de la caverna, desde donde poda observar lapequea parte de camino que se extenda entre sta y la curva del risco que conduca aella. El ruido de caballos que se aproximaban haba cesado. Juzgu entonces que losindios se estaran deslizando cautelosamente hacia la cueva a lo largo de la pequeasaliente que conduca a mi tumba en vida. Recuerdo mi esperanza de que terminaranpronto conmigo, ya que no me era precisamente agradable la idea de las innumerablescosas que podran hacerme si su espritu los instigaba a ello.

    No tuve que esperar mucho para que un ruido furtivo me avisara de su cercana. Enese momento apareci detrs del lomo del desfiladero un penacho de guerra y una carapintada a rayas. Unos ojos salvajes se clavaron en los mos. Estaba seguro de que mehaba visto ya que el sol de la maana me daba de lleno a travs de la entrada de lacueva.

  • El indio, en lugar de acercarse, simplemente me contempl desde donde estaba, susojos desorbitados y su mandbula desencajada. Entonces apareci otro rostro de salvaje yluego un tercero y un cuarto y un quinto, estirando sus cuellos sobre el hombro de suscompaeros. Cada rostro era el retrato del temor y del pnico. No saba por qu ni lo supehasta diez aos ms tarde. Era evidente que haba ms indios detrs de los que podaver, por el hecho de que estos ltimos les susurraban algo a los de atrs.

    De pronto brot un sonido bajo pero peculiarmente lastimero del hueco de la cueva queestaba detrs de m. No bien los indios lo oyeron, huyeron despavoridos, aguijoneadospor el pnico. Tan desesperados eran sus esfuerzos por escapar de lo que no podan ver,que uno de ellos cay del risco de cabeza contra las rocas de abajo. Sus gritos salvajessonaron en el can por un momento y luego todo qued otra vez en silencio.

    El ruido que los haba asustado no se repiti, pero haba sido suficiente para llevarme apensar en el posible horror que a mis espaldas acechaba en las sombras. El miedo esalgo relativo, por lo tanto solamente puedo comparar mis sentimientos en ese momentocon los que haba experimentado en otras situaciones de peligro por las que habaatravesado, pero sin avergonzarme puedo afirmar que si las sensaciones que soport enlos breves segundos que siguieron fueron de miedo, entonces puede Dios asistir alcobarde, ya que seguramente la cobarda es en s un castigo.

    Encontrarse paralizado con la espalda vuelta hacia algn peligro tan horrible ydesconocido cuyo ruido haca que los feroces guerreros apaches huyeran en violentaestampida, como un rebao de ovejas huira despavorido de una jaura de lobos, meparece lo ms espantoso en situaciones temibles para un hombre que ha estado siempreacostumbrado a pelear por su vida con toda la energa de su poderoso fsico.

    Varas veces me pareci or tenues sonidos detrs de m, como de alguien que semoviese cautelosamente, pero finalmente tambin stos cesaron y fui abandonado a lacontemplacin de mi propia posicin sin ninguna interrupcin. No pude ms queconjeturar vagamente la razn de mi parlisis y mi nico deseo era que pudieradesaparecer con la misma celeridad con que me haba atacado.

    Avanzada la tarde, mi caballo, que haba estado con las riendas sueltas delante de lacueva, comenz a bajar lentamente por el camino, evidentemente en busca de agua ycomida, y yo qued completamente solo con el misterioso y desconocido acompaante yel cuerpo de mi amigo muerto que yaca en el lmite de mi campo visual, en el bordedonde esa maana lo haba colocado.

    Desde ese momento hasta cerca de la medianoche todo estuvo en silencio, un silenciode muerte. En ese instante, sbitamente, el horrible quejido de la maana son en formaespantosa y volvi a orse en las oscuras sombras el sonido de algo que se mova y untenue crujido como de hojas secas. La impresin que recibi mi ya sobreexcitado sistemanervioso fue extremadamente terrible, y con un esfuerzo sobrehumano luch por rompermis invisibles ataduras.

    Era un esfuerzo mental, de la voluntad, de los nervios, pero no muscular, ya que nopoda mover ni siquiera un dedo.

    Entonces algo cedi -fue una sensacin momentnea de nuseas, un agudo golpeseco como el chasquido de un alambre de acero- y me vi de pie con la espalda contra lapared de la cueva, enfrentando a mi adversario desconocido.

    En ese momento la luz de la luna inund la cueva y all, delante de m, yaca mi propiocuerpo en la misma posicin en que haba estado tendido todo el tiempo, con los ojos fijosen el borde de la entrada de la cueva y las manos descansando relajadamente sobre elsuelo. Mir primero mi figura sin vida tendida en el suelo de la cueva y despus me miryo mismo con total desconcierto, ya que all yaca vestido y yo estaba completamentedesnudo como cuando vine al mundo.

    La transicin haba sido tan rpida y tan inesperada que por un momento me hizoolvidar de todo lo que no fuera mi metamorfosis. Mi primer pensamiento fue: entonces

  • esto es la muerte! Habr pasado entonces para siempre al otro mundo? Sin embargo, nopoda convencerme del todo, ya que poda sentir mi corazn golpeando sobre miscostillas por el gran esfuerzo que haba realizado para librarme de la inmovilidad que mehaba invadido. Mi respiracin se tornaba entrecortada. De cada poro de mi cuerpobrotaba una transpiracin helada, y el conocido experimento del pellizco me revel que yoera mucho ms que un fantasma. De pronto mi atencin volvi a ser atrada por larepeticin del horripilante quejido de las profundidades de la cueva. Desnudo ydesarmado como estaba, no tena la ms mnima intencin de enfrentarme a esa fuerzadesconocida que me amenazaba.

    Mis revlveres estaban en las fundas de mi cadver y por alguna razn inescrutable nopoda acercarme para tomarlos. Mi carabina estaba en su funda, atada a mi montura, ycomo mi caballo se haba ido, me hallaba abandonado sin medios de defensa. La nicaalternativa que me quedaba pareca ser la fuga, pero mi decisin fue abruptamentecortada por la repeticin del sonido chirriante de lo que ahora pareca, en la oscuridad dela cueva y para mi imaginacin distorsionada, estar deslizndose cautelosamente haciam.

    Como ya me era imposible resistir un minuto ms la tentacin de escapar de ese lugarhorrible, salt a travs de la entrada con toda rapidez hacia afuera.

    El aire vivificante y fresco de la montaa, fuera de la cueva, actu como un tnico deaccin inmediata y sent que dentro de m nacan una nueva vida y un nuevo coraje.Parado en el borde de la saliente me ech en cara yo mismo mi actitud por lo que ahorame pareca una aprensin absolutamente injustificable.

    Ponindome a razonar me di cuenta de que haba estado tirado totalmente desvalidodurante muchas horas dentro de la cueva; es ms, nada me haba molestado y la mejorconclusin a. la que pude llegar razonando clara y lgicamente fue que los ruidos quehaba odo haban sido producidos por causas puramente naturales e inofensivas.Probablemente la conformacin de la cueva fuese tal que apenas una suave brisahubiese causado ese extrao ruido.

    Decid investigar, pero primero levant mi cabeza para llenar mis pulmones con el puroy vigorizante aire nocturno de la montaa. En el momento de hacerlo, vi extenderse muy,pero muy abajo, la hermosa vista de la garganta rocosa, y al mismo nivel, la llanuratachonada de cactos transformada por la luz de la luna en un milagro de delicadoesplendor y maravilloso encanto.

    Pocas maravillas del Oeste pueden inspirar ms que las bellezas de un paisaje deArizona baado por la luz de la luna: las montaas plateadas a la distancia, las extraassombras alternadas con luces sobre las lomas y arroyos, y los detalles grotescos de lasformas tiesas pero aun hermosas de los cactos conforman un cuadro encantador y almismo tiempo inspirador, como si uno estuviera viendo por primera vez algn mundomuerto y olvidado. As de diferente es esto del aspecto de cualquier otro lugar de nuestratierra.

    Mientras estaba as meditando, dej de mirar el paisaje para observar el cielo, dondemillares de estrellas formaban una capa suntuosa y digna de los milagros terrestres quecobijaban. Mi atencin fue de pronto atrada por una gran estrella roja sobre el lejanohorizonte. Cuando fij mi vista sobre ella me sent hechizado por una fascinacin ms quepoderosa. Era Marte, el dios de la Guerra, que para m, que haba vivido luchando,siempre haba tenido un encanto irresistible. Mientras lo miraba, aquella noche lejana,pareca llamarme a travs del misterioso vaco de la oscuridad para inducir me hacia l,para atraerme como un imn atrae una partcula de hierro. Mis ansias eran superiores amis fuerzas de oposicin. Cerr los ojos, alargu mis brazos hacia el dios de mi devociny me sent transportado con la rapidez de un pensamiento a travs de la insondableinmensidad del espacio.

    Hubo un instante de fro extremo y total oscuridad.

  • 3 - Mi llegada a Marte

    Cuando abr los ojos me encontr rodeado de un paisaje extrao y sobrenatural. Sabaque estaba en Marte. Ni una sola vez me pregunt si me hallaba despierto y lcido. Noestaba dormido, no necesitaba pellizcarme, mi subconsciente me deca tan sencillamenteque estaba en Marte como a cualquiera le dice que est sobre la Tierra. Nadie pone enduda ese hecho. Tampoco yo lo haca. Me encontr tendido sobre una vegetacinamarillenta, semejante al musgo, que se extenda alrededor de m en todas direcciones,ms all de donde la vista poda llegar. Pareca estar tendido en una depresin circular yprofunda, a lo largo de cuyo borde poda distinguir las irregularidades de unas colinasbajas.

    Era medioda, el sol caa a plomo sobre m y su calor era bastante intenso sobre micuerpo desnudo, pero aun as no era ms intenso de lo que habra sido realmente en unasituacin similar en el desierto de Arizona. Aqu y all haba afloramientos de roca silcicaque brillaban a la luz del sol, y algo a mi izquierda, tal vez a cien metros, se vea unaestructura baja de paredes de unos dos metros de alto. No haba agua a la vista nipareca haber otra vegetacin que no fuera el musgo. Como estaba algo sediento decidhacer una pequea exploracin.

    Al incorporarme de un salto recib mi primera sorpresa marciana, ya que el mismoesfuerzo necesario en la Tierra para pararme, me elev por los aires, en Marte, hasta unaaltura de cerca de tres metros. Descend suavemente sobre el suelo, de todas formas sinchoque ni sacudida apreciables. Entonces comenzaron una serie de evoluciones que anen ese momento me parecieron en extremo ridculas. Descubr que tena que aprender acaminar, ya que el esfuerzo muscular que me permita moverme en la Tierra, me jugabaextraas travesuras en Marte. En lugar de avanzar en forma digna y cuerda, mis intentospor caminar terminaban en una serie de saltos que me hacan llegar fcilmente a un metrodel suelo a cada paso para caer a tierra de narices o de espalda luego del segundo otercer salto. Mis msculos, perfectamente armnicos y acostumbrados a la fuerza degravedad de la Tierra, me jugaron una mala pasada en mi primer intento de hacer frente ala menor fuerza de gravedad y presin atmosfrica de Marte.

    Estaba decidido, sin embargo, a explorar aquella construccin baja que pareca ser lanica evidencia de civilizacin a la vista, y as se me ocurri el original plan de volver a losprimeros principios de la locomocin: el gateo. Lo hice bastante bien y en poco tiempollegu a la pared baja y circular de la construccin. Pareca no haber puertas ni ventanasdel lado ms cercano a m, pero como la pared tena poco ms de un metro de alto, mefui poniendo cuidadosamente de pie y espi sobre la parte de arriba. Entonces descubr elms extrao espectculo que haya visto jams.

    El techo de la construccin era de vidrio slido, de unos diez centmetros de espesor.Debajo haba varios cientos de huevos enormes, perfectamente redondos y blancos comola nieve. Los huevos eran ms o menos de tamao uniforme y tenan alrededor de unmetro de dimetro.

    Cinco o seis ya haban sido empollados y las grotescas figuras que brillaban sentadasa la luz del sol bastaron para hacerme dudar de mi cordura. Parecan pura cabeza, concuerpos pequeos, cuellos largos y seis piernas o, segn me enter ms tarde, dospiernas, dos brazos y un par intermedio de miembros que podan servir tanto de una cosacomo de otra. Los ojos estaban en los lados opuestos de la cabeza, un poco ms arribadel centro, y sobresalan de tal forma que podan apuntar hacia adelante o hacia atrs ytambin en forma independiente uno del otro, lo cual le permita a este extrao animalmirar en cualquier direccin o en dos direcciones al mismo tiempo, sin necesidad demover la cabeza.

  • Las orejas, que estaban apenas un poco ms arriba de los ojos y muy juntas, eranpequeas, como antenas en forma de copa, y sobresalan no ms de dos centmetros enesos pequeos especmenes. Sus narices no eran ms que fosas longitudinales en elcentro de la cara, justo en la mitad, entre la boca y las orejas. No tenan pelo en el cuerpo,que era de un color amarillento verdoso brillante. En los adultos, como iba a descubrirbien pronto, este color se acenta en un verde oliva y es ms oscuro en el macho que enla hembra. Ms an, la cabeza de los adultos no es tan desproporcionada con respecto alresto del cuerpo como en el caso de los jvenes.

    El iris de sus ojos es rojo sangre como el de los albinos, en tanto que la pupila esoscura. El globo del ojo en s mismo es muy blanco, como los dientes. Estos ltimosconfieren una apariencia de mayor ferocidad a su aspecto ya de por s espantoso yterrible: poseen unos colmillos enormes que se curvan hacia arriba y terminan en afiladaspuntas a la altura del lugar en que se hallan los ojos de los humanos. La blancura de susdientes no es la del marfil, sino la de la ms nvea y reluciente porcelana. Contra el fondooscuro de su piel color oliva, sus colmillos se destacan en forma aun ms llamativa y dana estas armas una apariencia singularmente formidable.

    La mayora de estos detalles los descubr ms tarde ya que no tuve tiempo parameditar en lo extrao de mi nuevo descubrimiento. Haba visto que los huevos estaban enproceso de incubacin y mientras observaba cmo estos espantosos monstruos rompanlas cascaras de los huevos no me percat de una veintena de marcianos adultos que seaproximaban a mis espaldas. Como caminaban sobre ese musgo suave y silencioso quecubra prcticamente toda la superficie de Marte, con excepcin de las reas congeladasde los polos y los aislados espacios cultivados, podran haberme capturado fcilmente.Sin embargo, sus intenciones eran mucho ms siniestras. El ruido de los pertrechos delguerrero ms prximo me alert. Mi vida penda de un hilo tan delgado que muchas vecesme maravillo de haberme escapado tan fcilmente. Si el rifle del jefe de este grupo no sehubiera balanceado sobre la tira que lo sujetaba al costado de su montura de tal forma dechocar contra el extremo de la enorme lanza de metal, hubiera sucumbido sin siquieraimaginar que la muerte estaba tan cerca de m. Pero ese leve ruido me hizo dar vuelta yall, a no ms de tres metros de mi pecho, estaba la punta de aquella enorme lanza. Unalanza de doce metros de largo, con una punta de metal fulgurante y sostenida por unarplica montada de los pequeos demonios que haba estado observando.

    Qu pequeos y desvalidos parecan ahora al lado de estas terrorficas e inmensasencarnaciones del odio, la venganza y la muerte! El hombre, de algn modo tengo quellamarlo, tena ms de cinco metros de alto y, sobre la Tierra, hubiera pesado ms dedoscientos kilos. Montaba como nosotros montamos en nuestros caballos, pero asiendo elcuello del animal con sus miembros inferiores, mientras que con las manos de sus dosbrazos derechos sujetaba aquella inmensa lanza al costado de su cabalgadura. Extendasus dos brazos izquierdos para ayudar a mantener el equilibrio, ya que el animal quemontaba no tena ni freno ni riendas de ningn tipo para su gua.

    Y su montura! Cmo describirla con trminos humanos? Meda casi tres metros dealzada. Tena cuatro patas de cada lado y una cola aplastada y gruesa, ms ancha en lapunta que en su nacimiento, que mantena enhiesta mientras corra. Su boca ancha partasu cabeza desde el hocico hasta el cuello, grueso y largo.

    Al igual que su dueo, estaba completamente desprovisto de pelo, pero era de un colorapizarrado oscuro y extremadamente suave y brillante. Su panza era blanca y sus pataspasaban del apizarrado de su lomo y ancas a un amarillento fuerte en los pies. Estos eranmuy acolchados y sin uas, hecho que haba contribuido a amortiguar su paso alacercarse. La multiplicidad de patas era una de las caractersticas comunes quedistinguan a la fauna de Marte. El tipo humano ms elevado y otro animal, el nicomamfero que exista en Marte, eran los nicos que tenan uas bien formadas, ya que allno exista ningn animal con pezuas.

  • Detrs de este primer demonio seguan otros diecinueve, iguales en todos losaspectos, pero -como ms tarde me enterara- con caractersticas individuales peculiaresa cada uno de ellos, lo mismo que ocurre con los seres humanos, que nunca pueden seridnticos a pesar de estar hechos en moldes muy similares.

    Debo decir que esta escena, o mejor dicho esta pesadilla hecha carne, que he descritocon todo detalle, me produjo una conmocin en el terrible momento en que me di vuelta ylos descubr.

    Desarmado y desnudo como estaba, la primera ley de la naturaleza se manifest comola nica solucin posible a mi problema ms urgente: alejarme del alcance de la punta delas lanzas enemigas. Por lo tanto, di un salto terrestre a la vez que superhumano paraalcanzar la parte superior de la incubadora marciana.

    Mi esfuerzo tuvo un xito que me asombr tanto como a los guerreros marcianos, yaque me elev ms o menos diez metros en el aire y me hizo aterrizar a casi treinta metrosde mis perseguidores, del lado opuesto de la construccin.

    Ca sobre el suave musgo, fcilmente y sin dificultad alguna. Al darme vuelta, vi a misenemigos alineados a lo largo de la pared de la construccin. Algunos me investigabancon una expresin que ms tarde reconocera como de profundo desconcierto, mientrasque otros estaban evidentemente satisfechos de que no hubiera molestado a suspequeos.

    Conversaban entre ellos en tono bajo y gesticulaban sealndome. El descubrimientode que no haba daado a los pequeos marcianos y que estaba desarmado debi dehaber hecho que me miraran con menos ferocidad, pero, como sabra despus, lo quems peso tuvo a mi favor fue esa exhibicin de salto.

    Los marcianos, al mismo tiempo de ser inmensos, tenan huesos muy grandes y sumusculatura estaba slo en proporcin a la gravedad que deban soportar. Comoresultado de ello, eran infinitamente menos giles y menos fuertes, en relacin con supeso, que un humano. Dudaba que si alguno se viese transportado sbitamente a laTierra, pudiera vencer la fuerza de gravedad y elevarse del suelo; por el contrario, estabaconvencido de que no lo podra hacer.

    Por lo tanto, mi proeza en Marte fue tan maravillosa como lo hubiera sido en la Tierra;y, del deseo de aniquilarme, los marcianos pasaron a observarme como undescubrimiento maravilloso para ser capturado y exhibido ante sus compaeros. Latregua que me haba brindado mi inesperada agilidad me permiti formular planes para elfuturo inmediato y estudiar ms de cerca a los guerreros, ya que mentalmente no podadisociar a esos seres de aquellos otros guerreros que me haban estado persiguiendoslo un da antes.

    Advert que todos estaban armados con varias armas, adems de aquella inmensalanza que he descrito. El arma que me convenci de no intentar escapar fue lo quepareca ser un rifle, y el hecho de que crea, por alguna razn extraa, que eranpeculiarmente hbiles para las caceras.

    Esos rifles eran de un metal blanco con madera incrustada. Ms tarde me enterara deque esta madera era muy liviana, de cultivo muy difcil, muy valorada en Marte ycompletamente desconocida por nosotros, los terrqueos. El metal del cao era de unaaleacin compuesta principalmente por aluminio y acero que haban aprendido a templarcon una dureza muy superior a la del acero que nosotros estamos acostumbrados a usar.El peso de estos rifles era relativamente bajo, pero por las balas explosivas de radio, depequeo calibre, que utilizaban, y la gran longitud del cao, eran extremadamentemortferos un alcance que sera increble en la Tierra. El alcance terico de efectividadde este rifle es de aproximadamente quinientos kilmetros, pero el mayor rendimiento quealcanzan en la prctica, con sus miras telescpicas y radios, no es de ms de trescientoskilmetros.

  • Esto es ms que suficiente para que sienta un gran respeto por las armas de fuego delos marcianos. Alguna fuerza teleptica debi de haberme prevenido contra un intento defuga a la clara luz del da, bajo la mira de veinte de esas mquinas mortferas.

    Los marcianos, despus de haber intercambiado tinas pocas palabras, se volvieron yse marcharon en la misma direccin por la que haban llegado, dejando a uno de ellossolo cerca de la construccin. Cuando haban recorrido ms o menos doscientos metros,se detuvieron y, dirigiendo sus monturas hacia nosotros, se quedaron mirando al guerreroque estaba cerca de la construccin.

    Era uno de los que casi me haban atravesado con su lanza y, evidentemente, el jefedel grupo, ya que me haba dado cuenta de que parecan haberse dirigido a su actualubicacin siguiendo sus rdenes.

    Cuando su grupo se detuvo, l desmont y arrojando su lanza y dems armas, dio unrodeo a la incubadora y se dirigi hacia m, completamente desarmado y desnudo comoyo, a excepcin de los ornamentos atados a la cabeza, miembros y pecho.

    Cuando ya estaba a menos de veinte metros, se desabroch un gran brazalete demetal y presentndomelo en la palma abierta de su mano, se dirigi hacia m con vozclara y sonora, pero en un lenguaje que, ocioso es decirlo, no puede entender. Entoncesse qued como esperando mi respuesta, enderezando sus odos antenas y estirando susextraos ojos aun ms hacia m.

    Como el silencio se haca terrible, decid intentar una pequea alocucin, ya que meaventuraba a pensar que haba estado haciendo propuestas de paz. El hecho de quearrojara sus armas y que hubiera hecho retirar a sus tropas antes de avanzar hacia m,habra significado una misin pacifista en cualquier lugar de la Tierra. Entonces, por quno poda serlo en Marte?

    Con la mano sobre el corazn, salud al marciano y le explique que aunque noentenda su lenguaje, sus acciones hablaban de la paz y la amistad, que en ese momentoeran lo ms importante para m. Por supuesto, mis palabras podran haber sido el ruido 4eun arroyo sobre las piedras, tan poco era el significado que podan tener para l, pero meentendi la accin que sigui inmediatamente a mis palabras.

    Extendiendo mi mano hacia l, avanc y tom el brazalete de la palma de su manoabierta. Lo abroch en mi brazo por arriba del codo, le sonre y me qued esperando. Suancha boca se abri en una sonrisa como respuesta y enganchando uno de sus brazosintermedios con el mo nos volvimos y caminamos hacia su montura. Al mismo tiempoindic a su tropa que avanzara. Esta se encamin hacia nosotros al galope tendido, perofueron detenidos por una seal del jefe.

    Evidentemente tema que realmente me asustara de nuevo y pudiera saltardesapareciendo por completo de su vista.

    Intercambi unas cuantas palabras con sus hombres, me indic que poda montardetrs de uno de ellos y luego mont su propio animal. El guerrero que haba sidodesignado baj dos o tres de sus brazos y elevndome me coloc detrs de l en labrillante parte trasera de su montura, donde me colgu lo mejor que puede de los cintos ytiras que sostenan las armas y ornamentos de los marcianos.

    Entonces el grupo se volvi y galop hacia la cadena de colinas que se divisaba a ladistancia.

    4 - Prisionero

    Habramos hecho diez kilmetros cuando el suelo comenz a elevarse rpidamente.Estbamos acercndonos a lo que ms tarde me enterara que era el borde de uno de losinmensos mares muertos de Marte. En el lecho de este mar seco haba tenido lugar miencuentro con los marcianos.

  • Llegamos enseguida al pie de la montaa, y luego de atravesar una angosta garganta,aparecimos en un amplio valle, en cuyo extremo opuesto se extenda una meseta baja.Sobre ella pude ver una enorme ciudad, hacia donde galopamos, entrando por lo quepareca ser una ruta abandonada que sala de la ciudad, pero slo hasta el borde de lameseta, donde terminaba abruptamente en un tramo de escalones anchos.

    Al observar ms de cerca vi que los edificios que pasbamos estaban desiertos, yaunque no estaban muy arruinados tenan el aspecto de no estar habitados desde hacaaos, posiblemente siglos. Hacia el centro de la ciudad haba una gran plaza y tanto enella como en los edificios vecinos acampaban entre novecientas y mil criaturas de lamisma especie de mis captores, pues as los haba llegado a considerar, a pesar de laforma apacible en que me haban atrapado.

    Con excepcin de sus ornamentos, todos estaban desnudos. La apariencia de lasmujeres no variaba mucho de la de los hombres, excepto por sus colmillos, que eran mslargos en proporcin a su altura y que en algunos casos se curvaban casi hasta susorejas. Sus cuerpos eran ms pequeos y de color ms claro, y sus manos y pies tenanlo que pareca ser un rudimento de uas. Las hembras adultas alcanzaban una altura detres a cuatro metros.

    Los nios eran de color claro, aun ms claro que el de las mujeres. Todos me parecaniguales, salvo que, como algunos eran ms altos que Otros, deban de ser los mscrecidos.

    No vi signos de edad avanzada entre ellos, ni haba ninguna diferencia apreciable ensu apariencia entre los cuarenta y dos mil aos, edad en que voluntariamente realizabansu ltimo y extrao peregrinaje por las aguas del ro lss, que los conduca a un lugar queningn marciano viviente conoca, ya que nadie haba regresado jams de su seno.Tampoco se le permitira hacerlo, si llegaba a reaparecer despus de haberse embarcadoen sus aguas fras y oscuras.

    Solamente alrededor de uno de cada mil marcianos muere de enfermedad yposiblemente cerca de veinte inician el peregrinaje voluntario. Los otros novecientossetenta y nueve mueren violentamente en duelos, caceras, aviacin y guerras. Pero talvez la edad en la que hay ms muertes es la infancia, en la que un gran nmero depequeos marcianos son vctimas de los grandes simios blancos de Marte.

    El promedio de vida a partir de la edad madura es de alrededor de trescientos aos,pero llegara cerca de las mil si no fuera por la gran cantidad de medios violentos que losllevan a la muerte. Debido a la disminucin de recursos del planeta, evidentemente sehaca necesario contrarrestar la creciente longevidad que permitan sus grandesadelantos en materia de terapia y ciruga. Por lo tanto, en Marte, la vida humana habapasado a ser considerada a la ligera, como se evidenciaba por sus deportes peligrosos yla guerrilla casi continua entre las distintas comunidades.

    Haba otras causas naturales tendientes a la disminucin de la poblacin, pero nadacontribua en tan grande medida como el hecho de que ningn hombre o mujer de Martese encontraba jams en forma voluntaria sin un arma.

    Cuando nos acercamos a la plaza y descubrieron mi presencia fuimos rodeadosinmediatamente por cientos de criaturas que parecan ansiosas por arrancarme de miasiento detrs de mi guardia. Una palabra del jefe acall su clamar y pudimos seguir altrote a travs de la plaza, hacia la entrada de un edificio tan magnfico como ningn otroque jams se haya visto.

    La construccin era baja pero abarcaba una gran extensin. Estaba construido enreluciente mrmol blanco incrustado en oro y piedras brillantes que refulgan ycentelleaban a la luz del sol. La entrada principal tena cerca de cuarenta metros de anchoy se proyectaba del edificio en forma tal que formaba un amplio cobertizo sobre la entradadel vestbulo.

  • No haba escaleras sino una suave pendiente hacia el primer piso del edificio que seabra en un enorme recinto rodeado de galeras. En el piso de este recinto, que estabaocupado por escritorios y sillas muy tallados, estaban reunidos cuarenta o cincuentahombres marcianos alrededor de los peldaos de una tribuna. En la plataformapropiamente dicha estaba en cuclillas un guerrero inmenso sumamente cargado deornamentos de metal, plumas de colores alegres y hermosos adornos de cuero forjadoingeniosamente, engarzados con piedras preciosas. De sus hombros colgaba tina capacorta de piel blanca, forrada en una brillante seda roja.

    Lo que ms me impresion de esa asamblea y de la sala donde estaba reunida, fue elhecho de que las criaturas estaban en completa desproporcin con los escritorios, sillas yotros muebles, que eran de un tamao adaptado a los humanos como yo, mientras quelas inmensas moles de los marcianos apenas podan entrar apretadamente en las sillas,as como debajo de los escritorios no haba espacio suficiente para sus largas piernas.Evidentemente, haba entonces otros habitantes en Marte, adems de las criaturasgrotescas y salvajes en cuyas manos haba cado; pero los signos de extrema antigedadque mostraba todo lo que me rodeada indicaba que esos edificios podan haberpertenecido a alguna raza extinguida tiempo atrs y olvidada en la oscura antigedad deMarte.

    Nuestro grupo se haba detenido a la entrada del edificio y a una seal de su jefe mebajaron al suelo. Otra vez aferrndose a mi brazo, entramos en el recinto de la audiencia.Se observaban pocas formalidades en el trato de los marcianos con el caudillo. Mi captorsimplemente se dirigi hacia la tribuna y los dems le cedieron el paso mientrasavanzaba. El caudillo se puso de pie y nombr a mi escolta quien, en respuesta, sedetuvo y repiti el nombre del soberano seguido de su ttulo.

    En aquel momento, esa ceremonia y las palabras que pronunciaban no significabannada para m, pero ms tarde llegara a saber que se era el saludo corriente entre losmarcianos verdes. Si los hombres eran extranjeros y, por lo tanto, no les era posibleintercambiar los nombres, intercambiaban sus ornamentos en silencio, si sus misioneseran pacficas; de otra forma habran intercambiado disparos, o se habran presentadopeleando con alguna otra de sus variadas armas.

    Mi captor, cuyo nombre era Tars Tarkas, era prcticamente el segundo jefe de lacomunidad y un hombre de gran habilidad como estadista y guerrero. Evidentementeexplic en forma ve los incidentes relacionados con la expedicin, incluyendo captura, ycuando hubo terminado, el caudillo se dirigi a y me habl largamente.

    Le contest en mis mejores trminos terrestres, simplemente para convencerlo de queninguno de los dos poda entender otro, pero me di cuenta de que cuando esboc unasonrisa terminar, l hizo lo mismo. Este hecho y la similitud con ocurrido durante mi primerencuentro con Tars Tarkas convencieron de que al menos tenamos algo en comn:habilidad de sonrer y, en consecuencia, de rer, o sea de expresar el sentido del humor.Pero ya me enterara de que sonrisa de los marcianos es meramente superficial y que risaes algo que hara palidecer de horror a los hombres fuertes.

    La idea del humor entre los hombres verdes de Marte completamente opuesta anuestra concepcin de estmulo de diversin. Las agonas de un ser viviente son, paraestas extraas criaturas, motivo de la ms grotesca hilaridad, en tanto la forma principalde entretenimiento es ocasionar la muerte de sus prisioneros de guerra de varias formasingeniosas horribles.

    Los guerreros reunidos y los caudillos me examinaron de cerca, palpando mismsculos y la textura de mi piel. El caudillo principal evidenci entonces su deseo deverme actuar e indicndome que lo siguiera se encamin junto con Tars Tarkas hacia laplaza abierta.

    Debo sealar que no haba intentado caminar desde mi primer fracaso ya sealado,excepto cuando haba estado firmemente prendido del brazo de Tars Tarkas, y por lo

  • tanto en ese momento fui saltando y brincando entre los escritorios y sillas como unsaltamontes monstruoso. Despus de golpearme bastante, para gran diversin de losmarcianos, recurr de nuevo al gateo, pero no les gust y entonces me puso de pieviolentamente un tipo imponente que era el que se haba redo con ganas de misinfortunios.

    Cuando me lanz sobre mis pies, su cara qued cerca de ma y entonces hice lo nicoque un caballero poda hacer frente a esa brutalidad, grosera y falta de consideracinhacia los derechos de un extranjero: dirig mi puo en directo a su mandbula y cay comouna piedra. Cuando se derrumb en el suelo volv mi espalda contra el escritorio mscercano, esperando ser aplastado por la venganza de sus compaeros, pero con la firmedeterminacin de presentar toda la resistencia que me fuera posible antes de abandonarmi vida.

    Sin embargo, mis temores fueron infundados, ya que los otros marcianos primeroquedaron pasmados de espanto y finalmente rompieron en carcajadas y aplausos. Noreconoc los aplausos como tales, pero ms tarde, cuando ya estaba familiarizado con suscostumbres, supe que haba ganado lo que raras veces concedan: una manifestacin deaprobacin.

    El tipo que haba golpeado yaca donde haba cado, tampoco se le acerc ninguno desus compaeros. Tars Tarkas avanz hacia m, extendiendo uno de sus brazos, y asseguimos hacia la plaza sin ningn otro tipo de incidente. Por supuesto, no conoca larazn por la que habamos salido al aire libre, pero no iba a tardar en entenderlo. Primerorepitieron la palabra "sak" un nmero de veces y luego Tars Tarkas realiz varios saltosrepitiendo la misma palabra despus de cada salto. Entonces dndose vuelta hacia midijo: "sak".

    Descubr qu era lo que estaban buscando y unindome al grupo "sak" con un xitotal que alcanc por lo menos treinta metros de altura, sin siquiera perder el equilibrio enesa ocasin, y aterric de pleno sobre mis pies. Luego regres con saltos fciles de 9 a10 metros al pequeo grupo de guerreros.

    Mi exhibicin haba sido presenciada por varios cientos de marcianos queinmediatamente empezaron a pedir una repeticin, que el caudillo me orden realizar,pero yo estaba hambriento y sediento, y fue en ese momento cuando determin que elnico mtodo de salvacin era pedir consideracin de parte de aquellas criaturas, queevidentemente no me la brindaran voluntariamente. Por lo tanto ignor los repetidospedidos de "sak" y cada vez que lo hacan me sealaba la boca y frotaba el estmago.

    Tars Tarkas y el jefe intercambiaron unas pocas palabras, y el primero, llamando a unajoven hembra de entre la multitud le dio algunas instrucciones y luego me indic que lasiguiera. Me aferr del brazo que aqulla me ofreca y cruzamos la plaza hacia un edificioinmenso que se encontraba en el lado opuesto.

    Mi corts acompaante tena cerca de dos metros de alto haba alcanzado la madurezrecientemente, pero sin haber alcanzado su pleno crecimiento. Era de un color oliva claroy piel lustrosa y suave. Su nombre, como despus sabra, era Sola y perteneca al squitode Tars Tarkas. Me condujo hacia amplio recinto en uno de los edificios que daban a laplaza el que, a juzgar por los bultos de seda y pieles que haba el suelo, era, el dormitoriode varios de los nativos.

    La habitacin estaba bien iluminada por una serie de amplias ventanas y estabadecorada hermosamente con murales pintados y mosaicos, pero sobre todo ello parecacernirse el aire indefinido de la antigedad, lo que me convenci de que los arquitectos yconstructores de esas creaciones maravillosas no tenan en comn con los salvajessemibrutos que ahora habitaban edificios.

    Sola me indic que me sentara sobre una pila de sedas haba en el cuarto, y, dndosevuelta, emiti un silbido muy peculiar, como una seal dirigida a alguien que se encontraraen la habitacin contigua. En respuesta a su llamado obtuvo mi primera impresin de otra

  • maravilla marciana. Aquello se bamboleaba sobre sus diez pequeas patas y se agachante chica como una mascota obediente. Ese ser era del tamao de un pony de Shetland,pero su cabeza era ms parecida a la de una rana, excepto por las mandbulas, queestaban provistas de tres hileras de largos y afilados colmillos.

    5 - Woola

    Sola fij sus ojos en los de mirada malvada de la bestia, susurr una o dos rdenes,me seal y abandon el recinto. No poda menos que preguntarme qu podra hacer esamonstruosidad de apariencia feroz cuando la dejaron sola tan cerca de un manjar tantierno. Pero mis temores eran infundados, ya que la bestia, despus de inspeccionarmeatentamente un momento, cruz la habitacin hacia la nica puerta que conduca, a lacalle y se ech atravesada en el umbral.

    Esa fue mi primera experiencia con un perro guardin marciano, pero estaba escritoque no iba a ser la ltima, ya que este compaero me cuidara fielmente durante el tiempoque permaneciera cautivo entre las criaturas verdes, y me salvara la vida dos veces sinapartarse jams de mi lado por su voluntad. Mientras Sola estuvo ausente tuve laoportunidad de examinar ms minuciosamente la habitacin en la cual me hallaba cautivo.El mural pintado representaba escenas de rara y cautivante belleza: montaas, ros,ocanos praderas, rboles y flores, carreteras sinuosas, jardines soleados, escenas todasque podran haber representado paisajes de la Tierra de no ser por la diferencia en loscolores de la vegetacin. El trabajo haba sido elaborado evidentemente por manosmaestras, tan sutil era la atmsfera, tan perfecta la tcnica, a pesar de que en ningn ladohaba representacin alguna de seres vivientes, fueran humanos o no, por medio de loscuales pudiera conjeturar la apariencia de aquellos otros habitantes de Marte, tal vezextinguidos.

    Mientras dejaba que mi fantasa volara tumultuosamente en alocadas conjeturas sobrela posible explicacin de las anomalas que haba encontrado en Marte, Sola regrestrayendo comida y bebida. Coloc las cosas sobre el piso, a mi lado, y sentndose a pocadistancia me observ atentamente. La comida consista en alrededor de medio kilo decierta sustancia slida de la consistencia del queso y casi inspida, mientras que la bebidaera aparentemente leche de algn animal. No era desagradable al paladar, aunquebastante cida y ya aprendera en poco tiempo a valorarla altamente. Esta no proceda,segn descubr ms tarde, de un animal -ya que solamente haba un mamfero en Marte yera por dems raro-, sino de una gran planta que creca prcticamente sin agua, peropareca destilar la totalidad de su provisin de leche a partir de los productos del terreno,la mezcla del aire y los rayos del sol. Una sola planta de ese tipo poda dar de ocho a diezlitros de leche por da.

    Despus de haber comido me sent muy repuesto, pero con necesidad de descansar.Me tend sobre las sedas y pronto me qued dormido. Deb de haber dormido variashoras, ya que estaba oscuro cuando me despert y senta mucho fro. Descubr quealguien haba arrojado una piel sobre mi cuerpo, pero me haba destapado en parte y enla oscuridad no poda ver para colocarla de nuevo en su lugar. De pronto apareci unamano que ech una piel sobre m y al rato arroj otra ms para que no tuviera fro.

    Pens que mi guardin era Sola y no estaba equivocado, muchacha, la nica entre losmarcianos verdes con los que haba puesto en contacto, revelaba caractersticas desimpata, amabilidad y afecto. Sus solcitos cuidados hacia mis necesidades corporaleseran inagotables y me salvaron de muchos sufrimientos y penurias.

    Ya me iba a enterar de que las noches en Marte eran extremadamente fras, y comoprcticamente no exista atardecer los cambios de temperatura eran repentinos y pordems incmodos, lo mismo que la transicin de la brillante luz a la oscuridad. Las

  • noches podan ser ya muy iluminadas, ya de la ms cerrada oscuridad, pues si ningunade las dos lunas de Marte apareca en el cielo, el resultado era una oscuridad casi total.La falta de atmsfera o la escasez de sta impeda en gran parte la difusin de la luz delas estrellas. Por el contrario, si ambas lunas aparecan en el cielo nocturno, la superficiede Marte quedaba brillantemente iluminada. Las dos lunas de Marte estn mucho mscerca del planeta de lo que est la nuestra de la Tierra. La ms cercana est a casi 8.000kilmetros, mientras que la ms lejana se halla a poco ms de 22.000 en tanto que hayuna distancia de casi 350.000 kilmetros entre la Tierra y nuestra Luna. La luna mscercana a Marte recorre una rbita completa alrededor del planeta en poco ms de sietehoras y media. Por lo tanto se la puede ver surcar el cielo como un meteoro enorme dos otres veces por noche, y mostrar todas sus fases durante cada uno de sus trnsitos por elfirmamento.

    La luna ms lejana recorre una rbita completa alrededor del planeta en poco ms detreinta horas y cuarto formando su satlite hermano una escena nocturna de grandiosidadesplndida y sobrenatural. La naturaleza hace bien en iluminar a Marte en forma tangenerosa y abundante, ya que las criaturas verdes, siendo una raza nmada sin un altodesarrollo intelectual, no tienen ms que medios rudimentarios de iluminacin artificial,consistentes principalmente en antorchas, una especie de vela y una peculiar lmpara deaceite que genera un gas y arde sin mecha.

    Este ltimo invento produce una luz blanca muy brillante y de gran alcance. Pero comoel combustible natural que se necesita slo puede obtenerse de la explotacin de minassituadas en localidades aisladas y remotas, es muy poco usado por estas criaturas, quesolamente piensan en el presente y aborrecen el trabajo manual de tal forma que hanpermanecido en un estado de semibarbarie durante infinidad de aos.

    Despus que Sola hubo acomodado mis mantas volv a quedarme dormido y no medespert hasta el otro da. Los otros ocupantes de la habitacin -cinco en total- eran todasmujeres y todava estaban durmiendo, bien cubiertas con una variada coleccin de sedasy pieles. Atravesada en el umbral estaba tendida la bestia que me cuidaba, exactamentecomo la haba visto por ltima vez el da anterior. Aparentemente no haba movido ni unmsculo. Sus ojos estaban clavados en m y me puse a pensar qu podra sucederme sillegaba a intentar una fuga.

    Siempre he tendido a buscar aventuras y a investigar y examinar cosas que hombresms sensatos hubieran dejado pasar por alto. En consecuencia se me ocurri que lanica forma de averiguar la actitud concreta de esta bestia hacia m sera el intentarabandonar la habitacin. Me senta completamente seguro en mi creencia de que, unavez que estuviera fuera del edificio, podra escapar si llegaba a perseguirme, ya que habacomenzado a tomar gran confianza en mi habilidad para saltar. Ms an, por sus cortaspatas poda darme cuenta de que probablemente no tuviera gran habilidad para saltar ycorrer.

    Por lo tanto, despacio y cuidadosamente, me puse de pie al tiempo que mi guardinhaca lo mismo. Avanc hacia l con toda cautela y advert que, movindome con pasopesado, poda mantener mi equilibrio tan bien como para marchar bastante rpido.Cuando me acerqu a la bestia, sta se apart cautelosamente y, cuando llegu a lacalle, se hizo a un lado para dejarme pasar. Entonces se coloc detrs de m y me siguia una distancia de diez pasos aproximadamente mientras yo caminaba por la calledesierta.

    Evidentemente, su misin era slo la de protegerme, pens; pero cuando llegamos alos lmites de la ciudad, de pronto salt delante de m emitiendo extraos sonidos yenseando sus feroces y horribles colmillos. Pensando que poda divertirme un poco asus expensas, me abalanc hacia l y cuando prcticamente estaba a su lado salt en elaire y fui a bajar mucho ms all de donde l estaba, fuera de la ciudad.

  • Inmediatamente gir y se abalanz hacia m con la ms espantosa velocidad quejams haya visto. Yo pensaba que sus patas cortas podan ser un obstculo para surapidez, pero de haber tenido que competir con un galgo, ste habra parecido estardurmiendo sobre el felpudo de una puerta. Como ms tarde me iba a enterar, ste era elanimal ms veloz de Marte, y debido a su inteligencia, lealtad y ferocidad, lo usan encaceras, en la guerra y como protector de los marcianos.

    Pronto me di cuenta de que tendra dificultades para escapar de los colmillos de labestia en forma inmediata, por lo cual enfrent sus ataques volviendo sobre mis pasos ybrincando sobre l cuando estaba casi sobre m. Esta maniobra me dio una considerableventaja y tuve la posibilidad de alcanzar la ciudad bastante antes que l. Cuando aparecicorriendo detrs de m salt a una ventana que estaba a una altura aproximada de diezmetros del suelo, en el frente de uno de los edificios que daban al valle.

    Me aferr del marco y me mantuve sentado sin observar el edificio, espiando alcontrariado animal que estaba all abajo. Sin embargo, este triunfo tuvo corta vida, ya queapenas haba ganado un lugar seguro en el marco cuando una enorme mano me aferrdel cuello desde atrs y me arroj violentamente dentro de la habitacin. Como habacado de espaldas pude observar que sobre m se elevaba una criatura colosal, semejantea un mono blanco y sin pelo, con excepcin de unas enormes greas erizadas sobre sucabeza.

    6 - Una lucha en la que gano amigos

    Este ser, que se asemejaba ms a nuestra raza humana que a los marcianos quehaba visto hasta ahora, me mantena contra el suelo con uno de sus inmensos pies,mientras charlaba y gesticulaba con su interlocutor que estaba detrs de m. Esa otracriatura, que pareca ser su compaero, no tard en acercrsenos con un inmenso garrotede piedra con el que evidentemente pretenda romperme la cabeza.

    Las criaturas tenan entre tres y cinco metros de alto. Se paraban muy erguidas y aligual que los marcianos tenan un juego intermedio de brazos o piernas entre susmiembros superiores e inferiores. Sus ojos estaban muy juntos y no eran sobresalientes, ysus orejas estaban implantadas en la parte alta de la cabeza, pero ms al costado que lasde los marcianos, mientras que el hocico y los dientes eran sorprendentementesemejantes a los de los gorilas africanos. En conjunto no desmerecan tanto, comparadoscon los marcianos verdes.

    El garrote se balanceaba en un arco que terminaba justo sobre mi cara vuelta haciaarriba, cuando un rayo de furia, con un milln de piernas, se lanz a travs de la puertajustamente sobre el pecho de mi ejecutor. Con un grito de terror, el simio que me sujetabasalt por la ventana abierta, pero su compaero se trab en una terrorfica lucha a muertecon mi salvador, que no era ni ms ni menos que mi leal guardin -no puedo decidirme acalificar de perro a tan horrenda criatura-.

    Me puse de pie con la mayor rapidez que pude, y recostndome contra la pared tuve laoportunidad de presenciar una batalla como creo que a pocos humanos les ha sidoconcedido observar. La fuerza, agilidad y ciega ferocidad de aquellas dos criaturas notena ninguna semejanza con lo conocido en la Tierra. Mi bestia haba conseguido ventajaal principio, ya que haba hundido sus enormes colmillos profundamente en el pecho desu adversario, pero las inmensas patas y brazos del simio, reforzados por msculosmucho ms fuertes que los de los marcianos que haba visto, se haban cerrado en lagarganta de mi guardin y lentamente estaban sofocando su vida, tratando de doblarle lacabeza y el cuello hacia atrs. Yo esperaba que mi guardin cayera al suelo con el cuelloroto en cualquier momento.

  • Para lograr eso, el simio estaba desgarrando la parte de su propio pecho que miguardin Sostena entre sus mandbulas fuertemente cerradas. Rodaban por el suelo deaqu para all, sin que ninguno de los dos emitiera un solo sonido de miedo o dolor. Enese momento vi los grandes ojos de mi bestia salirse de sus rbitas y observ cmo lasangre chorreaba de su nariz. Era evidente que se estaba debilitando, pero tambin lasarremetidas del simio estaban menguando visiblemente. De pronto volv en m, con eseextrao instinto que siempre pareca impulsarme a cumplir con mi deber, empu elgarrote que haba cado al suelo al principio de la pelea y balancendolo con toda lafuerza que posean mis brazos humanos, golpe con l de pleno en la cabeza del simio,aplastando su crneo como si fuera la cscara de un huevo.

    Apenas me haba sobrepuesto del contratiempo, cuando tuve que enfrentarme con unnuevo peligro: el compaero del simio, recobrado de su primer shock de terror, habaregresado a la escena de la pelea por el interior del edificio. Lo pude ver justo antes quealcanzara la puerta, y al advertir que bramaba ante el espectculo de su compaero sinvida, tendido sobre el suelo, y que echaba espuma por la boca en un ataque de furia, measaltaron malos presentimientos, debo confesarlo.

    En el momento en que esos pensamientos pasaban por mi mente, ya haba girado yopara saltar por la ventana; pero mis ojos fueron a dar con la forma de mi antiguo guardiny todos mis pensamientos se dispersaron a los cuatro vientos. Este yaca jadeante en elsuelo, en el umbral, con sus grandes ojos fijos en m en lo que pareca una patticasplica de proteccin. No poda soportar esa mirada ni abandonar a mi salvador sin antesdar tanto de mi parte en su defensa como l haba dado en la ma.

    Sin ms alharaca, por lo tanto, gir para enfrentar el ataque del enfurecido simio quems pareca un toro. Estaba en ese momento demasiado cerca de m como para probarun intento de salvacin con el garrote; por lo tanto, simplemente lo arroj tan fuerte comopude contra l. Le di justo debajo de las rodillas, provocndole un aullido de dolor y derabia, y haciendo que perdiese el equilibrio de tal forma que se ech sobre m con losbrazos bien extendidos para facilitar la cada. De nuevo recurr, como el da anterior, ainstintos terrqueos, y dirigiendo mi puo derecho sobre su mentn, segu con un golpede izquierda en la boca del estomago. El efecto fue maravilloso, ya que al corrermeligeramente despus de descargar el segundo golpe, el simio se tambale y cay al suelojadeando y retorcindose de dolor. Entonces salt sobre el cuerpo derrumbado, tome elgarrote y termin con el monstruo antes que pudiera ponerse de pie.

    En el momento de descargar el golpe, o una risotada sonora a mis espaldas. Me divuelta y pude ver a Tars Tarkas. Sola y tres o cuatro guerreros ms en la puerta de lahabitacin. Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, fui por segunda vez eldestinatario de su poco comn aplauso.

    Mi ausencia haba sido advertida por Sola al despertarse y rpidamente habainformado a Tars Tarkas, el que de inmediato haba partido con un grupo de guerreros enmi bsqueda. Al acercarse a los limites de la ciudad haban sido testigos de las accionesdel enorme simio, que haba entrado en el edificio echando espuma por la boca de rabia.

    Haban salido inmediatamente detrs de m, creyendo apenas en la posibilidad de quelos actos del simio pudieran dar una pista sobre mi paradero, y haban sido testigos de micorta pero decisiva batalla con aqul. Ese encuentro, junto con la lucha que haba tenidocon el guerrero marciano el da anterior y mis proezas de saltarn, me ubicaban en unaespecie de cspide en su aprecio. Evidentemente, carentes de los ms refinadossentimientos de amistad, amor o afecto, esas personas profesaban ms el culto a lavalenta y a la destreza fsica, y nada era mejor para el objeto de su adoracin que elmantener su posicin en todo lo posible por medio de repetidas muestras de habilidad,fuerza y coraje.

    Sola, que haba acompaado al grupo de bsqueda por propia voluntad, era la nica delos marcianos cuyo rostro no se haba transformado por una mueca de risa mientras

  • peleaba por mi vida. Ella, por el contrario, estaba serena, y tan pronto como termin conel monstruo se precipit hacia m y examin cuidadosamente mi cuerpo para comprobar siestaba herido. Satisfecha de que hubiera salido ileso, sonri serenamente y tomndomede la mano me condujo hacia la puerta del recinto.

    Tars Tarkas y los otros guerreros haban entrado y estaban alrededor de la bestia, quedespus de haberme salvado se estaba reanimando rpidamente y cuya vida habasalvado yo, a mi vez, como agradecimiento.

    Parecan tener profundas discusiones y finalmente uno de ellos se dirigi a m, pero alrecordar mi desconocimiento de su lenguaje se volvi hacia Tars Tarkas que con un gestoy una palabra dio alguna orden al compaero. Luego se dio vuelta para seguirnos.

    Como pareca haber algo amenazador en su actitud hacia mi bestia, dud enabandonarla antes de saber qu iba a ocurrir.

    Por suerte no lo hice, ya que el guerrero desenfund una pistola de apariencia diablicay ya estaba a punto de poner fin a la vida de la criatura cuando salt y le golpe el brazo.La bala dio contra el marco de la ventana y estall dejando un orificio en la madera y lamampostera.

    Me arrodill entonces al lado de ese animal de apariencia terrorfica y levantndolo leindiqu que me siguiera. Las miradas de sorpresa que mis actos despertaron en losmarcianos fueron cmicas. No podan entender ms que en forma rudimentaria e infantillas muestras de gratitud y compasin. El guerrero cuya arma haba derribado mirinquisitivamente a Tars Tarkas, pero ste le indic que me dejara en paz y fue as comovolvimos a la plaza con la enorme bestia pisndome los talones y Sola amarrndomefuertemente del brazo.

    Al menos tena dos amigos en Marte: una joven mujer que me haba vigilado consolicitud de madre y una bestia silenciosa que, como luego sabra, guardaba debajo de supobre y horrible apariencia ms amor, lealtad y gratitud de la que podra haber encontradoen los cinco millones de marcianos que vagabundeaban por las ciudades desiertas y loslechos de los mares muertos de Marte.

    7 - Los nios de Marte

    Luego de un desayuno que era la rplica exacta de la comida del da anterior y unindicio de lo que seran prcticamente todas las que tendra mientras estuviera con losmarcianos, Sola me acompa hasta la plaza, donde encontr a la comunidad enteraocupada en observar y ayudar a enganchar inmensos mastodontes a unos grandes carrosde tres ruedas. Haba alrededor de doscientos cincuenta de esos vehculos, cada unotirado por un solo animal que, por su apariencia, podra haber tirado fcilmente de unacaravana completa cargada hasta el tope.

    Los carros en s eran grandes y cmodos y estaban suntuosamente decorados. Encada uno estaba sentada una mujer marciana cargada de ornamentos de metal, conjoyas, sedas y pieles, y sobre el lomo de los animales de tiro iba montado un jovenconductor marciano. Al igual que los animales que montaban los guerreros, los de carga,ms pesados, no tenan bridas ni freno, sino que eran conducidos por medios totalmentetelepticos.

    Esa facultad est maravillosamente desarrollada en todos los marcianos y explicaampliamente la simplicidad de su lenguaje y las relativamente escasas palabras queintercambiaban al hablar, aun en conversaciones largas. Ese es el lenguaje universal deMarte, por cuyo medio los seres superiores e inferiores de este mundo de paradojastienen la posibilidad de comunicarse en mayor o menor grado, segn la esfera intelectualde cada especie y el desarrollo de cada individuo.

  • Cuando la caravana se orden en formacin de marcha en una sola fila, Sola mecondujo a un carro vaco y seguimos a la procesin hacia el punto por el cual yo habaentrado en la ciudad el da anterior. A la cabeza de la caravana montaban alrededor dedoscientos guerreros, en fila de cinco, y un nmero similar iba a la retaguardia, mientrasque veinticinco o treinta marchaban a ambos lados.

    Todos, excepto yo -hombres, mujeres y nios-, estaban sumamente armados, y detrsde cada carro trotaba un sabueso marciano. Mi propia bestia nos segua de cerca. Dichosea de paso, la leal criatura nunca me abandonara voluntariamente durante los diez aosenteros que pas en Marte. Nuestra ruta se internaba en el pequeo valle que habadelante de la ciudad, atravesaba las montaas y descenda hacia el lecho muerto del marque haba surcado en mi viaje desde la incubadora a la plaza. La incubadora, como pudeadvertir, era el punto terminal de aquella jornada, y como la cabalgata se transform endesenfrenado galope tan pronto como alcanzamos el nivel del lecho del mar, prontotuvimos a la vista nuestra meta.

    Al llegar, los carros estacionaron con precisin matemtica en los cuatro costados de laconstruccin. La mitad de los guerreros, encabezados por un enorme caudillo, y entreellos Tars Tarkas y otros jefes de menor importancia desmontaron y se dirigieron haciaaqulla. Pude ver a Tars Tarkas explicando algo al caudillo principal, cuyo nombre dichosea de paso era -segn la traduccin ms aproximada a nuestro idioma- Lorcuas Ptomel,Jed (este ltimo es el ttulo)

    Pronto pude apreciar el motivo de su conversacin. Entonces, llamando a Sola, TarsTarkas le indic que me condujera a l.

    Para ese entonces yo dominaba ya los problemas para caminar en las condicionesimperantes en Marte, de suerte que respond rpidamente a sus rdenes y avanc haciael costado de la incubadora, donde se encontraban los guerreros.

    Cuando llegu all, una mirada me bast para ver que, salvo unos pocos, casi todos loshuevos haban empollado y que en la incubadora pululaban aquellos pequeos demonioshorribles. Tenan alrededor de un metro de alto y se movan sin descanso dentro de laincubadora, como si estuvieran buscando comida. Cuando estuve a su lado Tars Tarkasseal hacia la incubadora y dijo "sak". Comprend que quera que repitiera mi funcin delda anterior para regocijo de Lorcuas Ptomel y, como debo confesar que mi hazaa no mebrindaba poca satisfaccin, respond con presteza y salt limpiamente sobre los carrosestacionados, del lado opuesto de la incubadora. Cuando regres, Lorcuas Ptomel merefunfu algo y, girando hacia donde estaban los guerreros, emiti algunas rdenesrelativas a la incubadora. No me prestaron demasiada atencin y de esta forma se mepermiti permanecer cerca y observar sus operaciones, que consistan en romper y abrirla pared de la construccin para permitir la salida de los pequeos marcianos.

    A cada lado de la abertura, las mujeres y los jvenes de ambos sexos, formaban dosfilas compactas que se extendan ms all de los carros y bastante lejos hacia la llanura.Entre estas hileras corretearon los pequeos marcianos, salvajes como ciervos,extendindose a lo largo de todo el corredor y all fueron capturados tino por tino por lasmujeres y los jvenes mayores: el ltimo de la fila capturaba al primer pequeo quellegaba al fin del corredor, el que estaba en la fila frente a aqul atrapaba al segundo, yas hasta que todos los pequeos hubiesen salido de la construccin y hubieran sidotomados por alguna mujer o algn joven. Al tomar las mujeres a los nios salan de la filay regresaban a sus respectivos carros mientras que los que caan en manos de losjvenes eran transferidos ms tarde a alguna de las mujeres.

    Vi que la ceremonia - si se la puede llamar as - terminaba, y buscando a Sola laencontr en nuestro carro con una horrible criatura pequea aferrada fuertemente entresus brazos.

  • El trabajo de crianza de los jvenes consista solamente en ensearles a hablar y ausar las armas para la guerra, las que cargaban desde los primeros aos de vida.Provenientes de huevos en los que haban estado, durante cinco aos, el perodo deincubacin, se enfrentaban al mundo, perfectamente desarrollados, excepto por sutamao. Desconocan por completo a sus propias madres, quienes a su vez no podandecir con certeza quines eran los padres. Eran hijos de la comunidad y su educacinrecaa sobre las mujeres que tenan oportunidad de atraparlos cuando abandonaban laincubadora.

    Las madres adoptivas podan no haber puesto siquiera un huevo en la incubadora,como era el caso de Sola, quien haba empezado a ovar menos de un ao antes deconvertirse en madre de un vstago de otra mujer.

    Pero eso tena poca importancia entre los marcianos verdes, ya que el cario paterno yfilial era desconocido para ellos, as como es comn entre nosotros. Creo que ese horriblesistema, que se sigue desde hace aos, es el resultado directo de la prdida de todosentimiento elevado y toda sensibilidad e instinto humanitario entre esas pobres criaturas.Desde el nacimiento no conocan amor de madre ni de padre, ni conocan el significadode la palabra hogar. Se les enseaba que solamente era permitido vivir mientrasdemostraran por su fsico y ferocidad que eran aptos para ello. En caso de tener algunadeformacin o defecto eran exterminados de inmediato; y tampoco podan derramar unalgrima, ni siquiera por una de las muchas crueles penurias que tenan que soportardesde la infancia.

    No quiero significar que los marcianos adultos fuesen innecesaria e intencionalmentecrueles con los jvenes, pero la suya es una lucha dura y penosa por la subsistencia,sobre un planeta que se est muriendo. Sus recursos naturales han mermado hasta talpunto que el sostener cada nueva vida significa un gravamen ms para la comunidad enla que han sido arrojados.

    Por medio de una cuidadosa seleccin, educan solamente a los especmenes msfuertes de cada especie, y con una previsin casi sobrenatural regulan el promedio denacimientos simplemente para compensar las prdidas por muerte.

    Cada mujer marciana adulta produce alrededor de trece huevos por ao, y aquellosque llenan las exigencias de tamao y peso especfico son escondidos en el hueco dealguna cueva subterrnea donde la temperatura es demasiado baja para la incubacin.Cada ao estos huevos son cuidadosamente examinados por un consejo de veinte jefes,y todos, salvo cien de los ms perfectos, son destruidos de cada reserva anual. Al fin decinco aos, cerca de quinientos huevos casi perfectos han sido seleccionados de entre losmiles producidos. Estos son entonces colocados en las incubadoras casi hermticas paraque empollen con los rayos solares despus de un perodo de otros cinco aos. Laempolladura que habamos presenciado ese da era un proceso bastante representativode los de este tipo. Salvo el tino por ciento de estos huevos, todos rompan en dos das.Si los restantes huevos rompieron, en algn momento no supimos nada del destino de lospequeos marcianos. No los queran, ya que sus vstagos podran heredar y transmitir latendencia a prolongar la incubacin y de ese modo echar a perder el sistema que sehaba mantenido durante siglos y que permita a los marcianos adultos calcular el tiempoexacto para volver a las incubadoras con un error de ms o menos una hora.

    Las incubadoras estaban construidas en antiguas fortalezas donde haba poca o nulaprobabilidad de que fueran descubiertas por otras tribus. El resultado de tal catstrofepoda significar la ausencia de nios en la comunidad durante otros cinco aos. Ms tardeiba a ser testigo de los resultados del descubrimiento de una incubadora ajena.

    La comunidad de la cual formaban parte los marcianos con quienes estaba echada misuerte, estaba compuesta por cerca de treinta mil almas, distribuidas en una enormeregin de tierra rida y semirida entre los 40 y 80 grados de latitud Sur, y se congregabaal este y Oeste en dos vastas comarcas frtiles. Sus cuarteles generales estaban situados

  • en el ngulo sudoeste de este distrito, cerca del cruce de dos de los llamados canalesmarcianos.

    Como la incubadora haba sido colocada muy al norte del territorio, en un reasupuestamente inhabitada y no frecuentada, tenamos por delante un tremendo viaje,acerca del cual, por supuesto, no tena la menor idea.

    Despus de nuestro regreso a la ciudad muerta pas varios das de relativo ocio. Al dasiguiente de nuestro regreso todos los guerreros haban montado y haban partidotemprano por la maana, para regresar poco antes de que oscureciera. Como sabra mstarde, haban ido a las cuevas subterrneas en las que se mantenan los huevos y loshaban transportado a las incubadoras que haban cerrado por otros cinco aos y lascuales casi seguramente no volveran a ser visitadas durante ese perodo.

    Las cuevas que escondan los huevos hasta que estuvieran listos para ser incubadosestaban situadas a muchas millas al sur de las incubadoras y eran visitadas anualmentepor un consejo de veinte jefes. Las razones por las cuales no haban tratado de construirsus cuevas e incubadoras ms cerca de sus hogares seran siempre un misterio para my, como tantas otras costumbres marcianas, inexplicable por medio de razonamientos ycostumbres humanas.

    Las ocupaciones de Sola eran ahora dobles, ya que estaba obligada a cuidar tanto delpequeo marciano como de m, pero ninguno de los dos necesitaba demasiada atencin,y como ambos estbamos parejos en el avance de la educacin marciana. Sola habatomado a su cargo la enseanza de los dos juntos.

    Su presa consista en un varoncito de alrededor de dos metros de alto, muy fuerte yfsicamente perfecto. Tambin l aprenda enseguida y nos divertamos bastante, o almenos yo, por la sutil rivalidad que ponamos de manifiesto. El lenguaje marciano, comoya dije, es extremadamente simple, de modo que en una semana pude lograr que todasmis necesidades se conocieran y entender casi todo lo que se me deca. Asimismo, bajola tutela de Sola desarroll mis fuerzas telepticas y as, en poco tiempo, pude captarprcticamente todo lo que ocurra alrededor de m.

    Lo que ms le sorprendi a Sola fue que, mientras yo poda captar con facilidadmensajes telepticos de los dems y. casi siempre, cuando no estaban dirigidos a m,nadie poda leer ni jota de mi mente en ninguna circunstancia. Al principio esto memolest, pero despus me sent muy feliz porque eso ya me daba una indudable ventajasobre los marcianos.

    8 - Una hermosa cautiva

    Al tercer da de la ceremonia de la incubadora nos pusimos en marcha hacia casa, peroapenas la cabeza de la caravana sali a campo abierto delante de la ciudad seimpartieron rdenes de regresar de inmediato. Como si hubieran sido adiestrados duranteaos en esa particular maniobra, los marcianos se disgregaron como bruma dentro de lasamplias entradas de los edificios vecinos. En menos de tres minutos la caravana decarros en su totalidad, junto con los mastodontes y los guerreros que los montaban, seperdieron de vista.

    Sola y yo habamos entrado en un edificio del frente de la ciudad -el mismo, para msdatos, en el que haba tenido mi encuentro con el simio-, y esperando descubrir qu era loque haba causado tan repentina retirada, sub hasta uno de los pisos superiores y desdela ventana mir el valle y las colinas ms lejanas. All encontr la causa de nuestra rpidaretirada en busca de proteccin: una enorme nave larga, baja y pintada de gris se mecalentamente sobre la cresta del cerro ms prximo, detrs de ella apareci otra y luego otray otra, hasta que llegaron a sumar una veintena, mecindose muy cerca del suelo entanto se dirigan lenta y majestuosamente haca nosotros.

  • Todas llevaban una extraa bandera que flameaba de proa a popa sobre lasuperestructura, y en la proa de cada una haba pintada una divisa particular que brillabaa la luz del sol y se distingua completamente aun a la distancia que estbamos de lasnaves.

    Pude distinguir figuras que abarcaban por completo la cubierta delantera y las partessuperiores de la nave. No poda precisar si nos haban descubierto o si simplementeestaban investigando la ciudad desierta; pero, fuera cual fuere su intencin, recibieron unaruda recepcin, ya que los marcianos, de pronto y sin previo aviso, dispararon unatremenda descarga desde las ventanas de los edificios que daban al pequeo valle atravs del cual las enormes naves estaban avanzando tan pacficamente.

    La escena cambi instantneamente como por arte de magia: la nave delantera sedesliz hacia nosotros y, apuntando sus caones, respondi al ataque. Al mismo tiempose movi paralelamente a nuestro frente, a poca distancia, con la evidente intencin dedescribir un gran crculo que la colocase una vez ms en posicin opuesta a nuestra lneade fuego. Las otras naves la siguieron inmedia