El primer círculo de aleksandr solzhenitsyn r1.0

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  1. 1. En una oscura tarde del invierno de 1949, un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS llama a la embajada norteamericana para revelarles un peligroso y aparentemente descabellado proyecto atmico que afecta al corazn mismo de Estados Unidos. Pero la voz del funcionario quedaba grabada por los servicios secretos del Ministerio de Seguridad, cuyos largos tentculos alcanzan tambin la Prisin Especial n. 1, donde cumplen condena los cientficos rusos ms brillantes, vctimas de las siniestras purgas estalinistas, y donde son obligados a investigar para sus propios verdugos. A esa prisin de lujo, que es en realidad el primer crculo del Infierno dantesco, donde la lucha por la supervivencia alterna con la delacin y las trampas ideolgicas, le llega la misin de acelerar el perfeccionamiento de nuevas tcnicas de espionaje con el fin de identificar lo antes posible la misteriosa voz del traidor
  2. 2. Aleksandr Solzhenitsyn El primer crculo ePub r1.0 bigbang951 09.10.14
  3. 3. Ttulo original: Aleksandr Solzhenitsyn, 1968 Traduccin: Josep Maria Gell Editor digital: bigbang951 ePub base r1.1
  4. 4. Dedicada a mi compaeros de sharashka
  5. 5. Tal es el destino de los libros rusos actuales: aunque salgan a flote, pierden sus plumas. As sucedi no hace mucho con El maestro y Margarita de Bulgkov: el agua trajo luego sus plumas. Y lo mismo con esta novela ma: para darle por lo menos una dbil vida, para atreverme a mostrarla y a llevarla a la redaccin, yo mismo la condens y deform o, ms exactamente, la desmont y volv a montarla de nuevo, y fue conocida bajo un determinado aspecto. Y, aunque ahora ya no hay modo de recuperarla ni corregirla, es autntica. Por lo dems, al restaurarla, he perfeccionado algunas cosas: tngase en cuenta que entonces tena yo cuarenta aos y ahora cuento cincuenta. Escrita: 1955-1958 Deformada: 1964 Restaurada: 1968
  6. 6. 1 Las agujas de encaje marcaban las cuatro y cinco. En aquel encalmado da de diciembre, el bronce del reloj, sobre el estante, era completamente oscuro. Los cristales del alto ventanal empezaban a ras de suelo. A travs de ellos se divisaba abajo, en Kuznetski la apresurada agitacin de la calle y el obstinado ir y venir de los porteros que barran, bajo los pies de los transentes, la nieve recin cada, pero pesada ya y de color marrn sucio. Viendo y sin ver realmente todo esto, Innokenti Volodin, consejero de Estado de segunda, permaneca apoyado en el marco de la ventana silbando una tonadilla lnguida y prolongada. Con la punta de los dedos pasaba las coloridas y brillantes pginas de una revista extranjera. Pero no se enteraba de lo que haba en ella. Volodin, consejero de Estado de segunda categora, lo que equivala a teniente coronel del servicio diplomtico, era alto y estrecho de hombros, no llevaba uniforme sino un traje de tela sedosa, y ms bien pareca un joven ocioso y de fortuna que un responsable funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Era hora de encender la luz en el despacho, y no la encenda; o de irse a casa, y no se marchaba. Las cuatro y pico no significaban el fin de la jornada laboral, sino slo el fin de su parte diurna, de su parte ms breve. Ahora se iran todos a casa, a comer y a dormir, pero a las diez de la noche volveran a iluminarse las miles y miles de ventanas de los cuarenta y cinco ministerios de la Unin y de los veinte de las repblicas. Tras una docena de muros, en una fortaleza, haba un hombre, slo uno, que no poda dormir por las noches y que haba acostumbrado al funcionariado de Mosc a permanecer en vela con l hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Conociendo las costumbres nocturnas del jefe, seis decenas de ministros velaban como escolares a la espera de ser llamados. Para que no les venciera el sueo, convocaban a sus secretarios, los cuales fastidiaban a los jefes de negociado. Los archiveros revolvan los archivos encaramados en sus escalerillas, los escribientes volaban por los pasillos, las taqugrafas afilaban sus lpices. Incluso hoy, vspera de la Navidad occidental (desde haca dos das todas las embajadas occidentales parecan silenciosas, no telefoneaban), su Ministerio pasara, pese a todo, la noche en blanco. Los dems tendran dos semanas de vacaciones. Inocentes. Asnos orejudos! Los dedos nerviosos del joven hojeaban la revista con rapidez, maquinalmente. En su interior, una sensacin de miedo ora le dominaba y enardeca, ora se retiraba dejndole cierta frialdad. Innokenti arroj la revista y pase por la estancia con los hombros encogidos. Telefonear o no telefonear? Enseguida? Sin falta? Sera all demasiado tarde? Mejor el jueves o el viernes? Sera demasiado tarde Quedaba tan poco tiempo para meditarlo! Y nadie, absolutamente nadie, a quien consultarlo! Existira un medio para identificar a alguien que llamara desde un telfono pblico? Y si slo hablara en ruso? Y si no se demoraba y se marchaba rpidamente? Reconoceran por telfono su voz ahogada? Tcnicamente, era imposible. Dentro de tres o cuatro das volara hacia all en persona. Lo ms lgico era esperar. Lo ms sensato, esperar. Pero sera demasiado tarde. Oh, diablos! Un escalofro recorri sus hombros, poco acostumbrados a soportar cargas. Habra sido mejor no enterarse. No saberlo. No estar al tanto Recogi cuanto haba sobre la mesa y lo llev a la caja fuerte. Su inquietud iba en aumento. Innokenti apoy la cabeza sobre la caja, de hierro y pintada de color pardo, y descans con los ojos cerrados. De pronto, como si hubiera malgastado los ltimos instantes disponibles, Innokenti se puso en movimiento. No telefone pidiendo el coche, no tap los tinteros. Cerr la puerta, y al final del pasillo entreg la llave al ordenanza de servicio. Descendi por la escalera casi corriendo, adelantndose al personal de plantilla, con sus bordados de oro y sus galones. Abajo se puso el abrigo de cualquier manera, se encasquet el sombrero y entr corriendo en el hmedo crepsculo. La rapidez de sus movimientos fue un alivio. Sus zapatos franceses, y sin chanclos, como dictaba la moda, se hundieron en la nieve sucia y deshelada. Al pasar junto a la estatua de Vorovski, en el patio casi cerrado del Ministerio, Innokenti levant los ojos y se estremeci. Descubri un nuevo sentido al reciente edificio de la Gran Lubianka, la prisin que daba a la calle Furkassovskaya. Aquella mancha gris-negra de nueve pisos era un acorazado, y las dieciocho pilastras colgaban de su borda derecha como dieciocho torres encaonadas. La solitaria y frgil lancha de Innokenti se sinti atrada hacia la proa del rpido y pesado navo. No, el acorazado no atraa a la lancha, era esta la que iba hacia l como un torpedo! Eso no poda ser! Para esquivarlo, torci a la derecha, y amarr en Kuznetski. Un taxi se dispona a abandonar la acera, Innokenti lo tom y lo mand calle abajo, y luego le orden torcer a la izquierda, hacia los faroles de la calle Petrovka, los primeros que se encendan. Dudaba an, no saba desde dnde llamar para que no le agobiaran, para que no le apremiaran ni espiaran a travs de la puerta. Pero si buscaba una cabina aislada y tranquila se notara ms. No sera mejor llamar rodeado de una multitud ms densa, siempre que la cabina fuera hermtica, de obra? Qu estupidez ir en taxi y tener al chfer por testigo. Revolvi una vez ms el bolsillo buscando los quince cpeks con la esperanza de no hallarlos. En
  7. 7. ese caso, como es natural, lo aplazara. En el semforo de Ojotn y Riad sus dedos tentaron y extrajeron a la vez dos monedas de quince cpeks. O sea, haba que hacerlo. Pareci tranquilizarse. Peligrosa o no, era la nica decisin que poda tomar. Acaso es de hombres andar siempre temeroso? Sin que Innokenti lo hubiera decidido, estaba pasando por Mojovaya, precisamente ante la embajada. Era el destino. Se peg al cristal doblando el cuello, quera ver qu ventanas estaban iluminadas. No tuvo tiempo. Dejaron atrs la universidad. Con una sea, Innokenti indic hacia la derecha. Pareca dar un giro a su torpedo para colocarlo en mejor posicin. Irrumpieron en Arbat. Innokenti entreg dos billetes y sigui a pie por la plaza procurando mantener un paso mesurado. Tena la garganta y la boca secas, con esa sequedad que ninguna bebida puede aliviar. Arbat estaba ya completamente iluminado. Ante el Artstico haba una densa cola para ver Amor de bailarina. Una ligera neblina azulada envolva la M roja del metro. Una mujer morena, una meridional, venda pequeas flores amarillas. En este momento, el condenado a muerte no vea el acorazado, pero una brillante desesperacin dilataba su pecho. Deba recordarlo: ni una palabra en ingls. Y mucho menos en francs. No deba dejar a los sabuesos ni una pluma ni una cola. Innokenti caminaba muy erguido, ahora sin ningn apresuramiento. Una muchacha levant los ojos al cruzarse con l. Y otra. Muy bonita. Desame salir bien librado. Qu ancho es el mundo y cuntas posibilidades ofrece! Pero a ti no te queda nada fuera de este desfiladero. Una de las cabinas exteriores de madera se encontraba vaca, pero al parecer tena el cristal roto. Innokenti sigui adelante, hacia el metro. All, las cuatro cabinas incrustadas en la pared estaban ocupadas. En la de la izquierda, sin embargo, un tipo de aspecto vulgar, algo achispado, terminaba de hablar y colgaba ya el auricular. El tipo sonri a Innokenti y quiso decirle algo. Innokenti le sustituy en la cabina. Con una mano tir cuidadosamente de la gruesa puerta vidriada y la mantuvo cerrada; con la otra, temblorosa, enguantada, dej caer la moneda y marc el nmero. Despus de largas seales, levantaron el auricular. El secretariado? pregunt alterando la voz. S. Le ruego que me ponga urgentemente con el embajador. Al embajador no se le puede molestar le respondieron en un ruso impecable. De qu se trata? En este caso, pngame con el encargado de negocios. O con el agregado militar! No se demore, se lo ruego! En el otro extremo reflexionaban. Innokenti se prometi que, si rehusaban ponerle, dejara as la cosa, no lo intentara por segunda vez.