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La Cenicienta

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Page 1: La Cenicienta
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Érase una vez una bellísima muchacha, de carácter dulce, cuyo padre,

que había enviudado, volvió a casarse. Como su madrastra tenía ya dos hijas, todas

las atenciones quedaban ya reservadas a sus dos hermanastras, mientras la

muchacha se veía obligada a realizar las tareas más duras.

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Un día, la madrastra despidió a su criada, y dijo a la muchacha: "¡Desde ahora serás la nueva criada!" Desde aquel día, se la llamó

Cenicienta porque, al finalizar las duras tareas de la casa, se acurrucaba a menudo

en un rincón de la chimenea, junto a las cenizas, lugar que se convirtió en su

refugio preferido.

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A pesar de ir vestida con andrajos, Cenicienta era mucho más hermosa que sus hermanastras, aunque estas vestían bonitos vestidos y se perfumaban; la envidia que esto le causaba a la madrastra hacía que aumentara el odio que sentía por Cenicienta.

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Cierto día llegó de palacio una invitación para un gran baile en honor al hijo del rey, al cual habían de asistir todas las muchachas casaderas. La madrastra tuvo mucho trabajo para procurarles a sus poco agraciadas hijas, ricos y elegantes vestidos. A Cenicienta solamente se le exigió que ayudara a peinar y vestir a las dos hermanas para la fiesta.

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Cuando éstas se fueron, la muchacha se quedó sola y desconsolada. De repente, divisó apareció un

hada. "Tu bondad me ha conmovido tanto que voy a procurarte un mejor destino.¡Estoy aquí para que

puedas asistir a la fiesta!" Sorprendida, la muchacha pudo balbucear: "¿...la fiesta? ¿Con estos andrajos? No me dejarán entrar." el hada sonrió, y

le ordenó: "Acércate al jardín y tráeme una calabaza", y mirando a su gato: "¡Y tú tráeme al

instante siete ratoncillos!"

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Cenicienta trató de reclamar, pero el hada la empujó suavemente hacia la puerta mientras le decía: " Ten confianza en mí... y no te olvides de traerme la calabaza más grande que encuentres!" Al gato no hubo necesidad de alentarlo: se había dirigido ya a la despensa a capturar a los siete ratones. En efecto, al poco rato los entregó muertos de miedo al hada.

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Cuando Cenicienta trajo la calabaza, el hada lanzó su varita mágica y...¡zas!, la calabaza se transformó en una bellísima carroza dorada. Después los siete ratoncitos se transformaron en seis hermosos caballos blancos, guiados por un cochero. El hada colocó su varita sobre ella y dijo: " Y ahora a ti!" De golpe la muchacha se contempló vestida con un maravilloso traje y dos zapatitos de cristal.

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El hada miró complacida a la bella muchacha y le acarició la mejilla, diciéndole: "Cuando llegues a la corte, si el príncipe te invita, baila con él, pero no olvides que mi hechizo acabará a medianoche, cuando los caballos y el cochero volverán a ser ratones y la carroza, calabaza... y tu volverás a vestir con andrajos!" Cenicienta, emocionada, contuvo unas lágrimas y sonrió: "¡Gracias! Volveré a medianoche, sin falta."

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Cuando Cenicienta llegó al palacio real y entró en el salón donde tenía lugar el baile, todo el mundo enmudeció al contemplar su belleza y elegancia. "¿Quién es?" preguntaban todos, incluso sus dos hermanastras. El príncipe, al

verla, quedó prendado. Se le acercó y la invitó a bailar, inclinándose completamente.

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El joven bailó con ella toda la velada y no se cansaba de preguntarle cual era su nombre. Sin embargo Cenicienta respondía: "Es inútil que os

diga quien soy, ya que después de esta noche no nos volveremos a ver jamás".

No obstante, el príncipe susurraba: "Claro que nos volveremos a ver". Cenicienta se divertía tanto y era tan feliz que se olvidó de las recomendaciones del

hada, hasta que escuchó el repique de una campana: ¡Era medianoche!

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Cenicienta se despidió del príncipe con prisa y se fue corriendo escaleras abajo. Pero en su huida, Cenicienta perdió un zapato. El príncipe intentó seguir a la muchacha sin alcanzarla. Encontró el zapatito en la escalera.

Se dirigió a un gentilhombre: "¡Ve a buscar, donde se encuentre, a la muchacha que calzaba este

zapato! Fue así como, al día siguiente, los mensajeros del rey empezaron a buscar casa por

casa.

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Ninguna muchacha podía calzarse el zapatito. Llegados a casa de Cenicienta, incluso las hermanastras se lo probaron inútilmente. Hasta que uno de los gentilhombres le dijo a Cenicienta: "¿Y tú, por qué no te lo pruebas?" "De verdad, yo...", decía ella. Sin embargo su pie encajó perfectamente dentro del zapato. La madrastra exclamó: ¡Es imposible que sea Cenicienta, tan sucia y desaliñada, la que buscáis!"

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Según las órdenes del príncipe, deberían llevar a su presencia a la muchacha que calzara aquel zapatito de cristal. y así fue. " Ahora deberás decirme tu nombre ya que quiero casarme contigo", le dijo el joven al recibir a Cenicienta en su palacio.

Cenicienta a partir de ahora sería feliz para siempre

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Fin