Montoneros la soberbia_armada

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1. MONTONEROS: LA SOBERBIA ARMADAPablo GiussaniIDurante un perodo de mi infancia viv con la curiosa conviccin de que todas las cosas tenan unadoble naturaleza, un doble ser: un ser para cuando se las miraba,otro para cuando no se las miraba.No s en qu momento llegu a esta extraa conclusin- quizs a las cuatro o cinco aos deedad-, pero recuerdo que sola almorzar con la vista fija en una botella de vino,tratando de imaginar latransfiguracin que se producira en ella si yo, de pronto, cerraba los ojos.Con los ojos abiertos, tena delante una botella. Si los cerraba, la botella se convertainstantneamente en un duende, lanzado a corretear traviesamente sobre el mantel, o sobre lo queterminaba por ser el mantel al librarse, tambin l, de mi mirada.Si luego abra los ojos, toda la escena volva a inmovilizarse, recobrando la cotidiananaturaleza de las cosas visibles: la botella volva a ser botella y el mantel, mantel.Me resultara difcil precisar ahora, con medio siglo de experiencias acumuladas sobre aquellasprimeras fantasas de mi niez, hasta qu punto crea yo en esa sorprendente Weltanschaung infantil.Pero quiz sirvan para medir el grado de realidad que yo asignaba a ese mundo escondido ymisterioso las estratagemas que sola dedicar al desesperado intento de penetrarlo, de verloRecuero que mi celada favorita en esta diaria batalla por ganar acceso al mundo invisible era lade ir cerrando lentamente los ojos ante la botella, ofrecindole la apariencia de un observador que seadormeca. Y a los pocos segundos los abra repentina y rpidamente con la esperanza de pescarladesprevenida y de poder percibir, siquiera durante una fraccin de segundo, la silueta evanescente delduende en transformacin.Recuerdo tambin el amargo desconsuelo con que volva a encontrarme, desde el primerinstante, con la mera botella.2Aos mas tarde, leyendo los hermosos estudios de Levi Brhl y las fascinantes observaciones deFrobenius sobre la mentalidad primitiva, vine a enterarme de que pueblos enteros haban vividodurante generaciones y generaciones con esta misma concepcin del mundo. Resultaba que nuestra civilizacin occidental, con su hbito de atenerse objetivamente a lo quese experimenta de las cosas y a cifrar en relaciones de causalidad fsica los cambios del mundoexterior, era en el largo tiempo histrico un pequeo islote de racionalidad que sobrenadaba mileniosde culturas mgicas en las cuales el mundo -el mundo en que se crea- nada tena que ver con eltestimonio que nos daba de l nuestra experiencia. Culturas en las que el trato del hombre con el Universo se fundaba en un suerte de retrologahechicera, que encaraba los signos exteriores y perceptibles de las cosas como embozos de unarealidad distinta, enigmtica y normalmente inaccesible, escondida detrs de ellas. Hoy, millares de observaciones, de percepciones, de datos recogidos y credos en nuestraexperiencia sensorial de las cosas nos han llevado por induccin a explicar la lluvia como el productode bolsones de baja presin atmosfrica que atraen y concentran, en una relacin de causa y efecto,las nubes dispersas en las reas de alta presin. La mentalidad primitiva la explicaba como el llanto dedioses entristecidos en sus lejanas e invisibles moradas celestes. Nosotros nos esforzamos por controlar las lluvias operando con procedimientos cientfico-tcnicos sobre el mecanismo causal que las produce. El hombre primitivo trataba de llegar al mismoresultado alegrando a los dioses, levantndoles altares y sacrificndoles corderos. Nosotros, en suma, ajustamos nuestro trato con las cosas a lo que sensorialmente percibimosde ellas, a lo que hay en ellas de visible, palpable, audible, experimentable. El hombre primitivo, ese"retrlogo, lo ajustaba a la naturaleza oculta de las cosas, a lo que haba en ellas deinvisible,inaudible, impalpable, inexperimentable. 2. Hoy, a la luz de la racionalidad que existe siempre entre los estmulos que recibimos del mundoexterior y nuestras respuestas a ellos, la secuencia estmulo-respuesta en el hombre primitivo nosresulta absurda, ilgica y cmica por su ilogicidad.3Otro recuerdo de infancia que aqu viene al caso es el de los relatos de mi to Virgilio, un emprendedorindustrial italiano con ocasionales inclinaciones aventureras, que dedic un ao de su vida a exploraren las nacientes del Amazonas tierras que l describa, quiz con razn, como jams alcanzadas hastaentonces por el hombre blanco. Y en estas correras, dijo haber estado en una aldea indgena cuyospobladores tenan un modo muy peculiar de hacer frente a las crecidas de un ro.Cuando el to creca y amenazaba desbordar su cauce, los indios de la aldea no hacan lo queracionalmente hara cualquiera de nosotros -huir, treparse a los techos o construir defensas fsicascontra el desborde. Lo que hacan era correr con grandes palos a los establos y apalear ferozmente asus animales, con preferencia los cerdos, que reaccionaban al castigo con estremecedores chillidos.Era sta una suerte de tecnologa mgica que apuntaba a espantar con el estruendoso lamento de lasbestias el espritu maligno que se haba apoderado del ro.Este modo de entrar en tratos con las cosas tiene dos implicaciones importantes. La primera,sealada por Levi Brhl, es la imposibilidad de aprender con la experiencia. No es posible, en efecto,que la experiencia cuestiones, desmienta o corrija los contenidos de una concepcin que empieza pornegarle validez.La segunda es la necesidad de delegar en otros una facultad cognoscitiva que el hombrecomn no est en condiciones de ejercitar por su propia cuenta. El conocimiento de la realidad, nopudiendo originarse en ese modo universal y rampln de tomar contacto con las cosas que es laexperiencia, tiene que emanar de la autoridad que se les reconoce a determinados individuosconsiderados excepcionales y superiores.El saber, en esta concepcin mgica del universo, no es algo que el hombre comn ejercita,sino algo que recibe, una revelacin difundida por hechiceros provistos de poderes extraordinarios queles permiten alcanzar, en raros y sublimes momentos de xtasis, atisbos visuales de ese mundonormalmente invisible.El santn puede ser un individuo aislado y solitario cuya sabidura es aceptada comoincompartible por la comunidad. O puede ser el gua de un largo y complejo proceso inicitico recorridopor otros hombres con la esperanza de llegar a ser algn da, tambin ellos, privilegiados testigos delmundo verdadero.4Yo haba olvidado aquella historia de los cerdos apaleados para calmar el ro, hasta que la reviv depronto, a principios de la dcada de 1970, en una sugestiva asociacin de ideas, al observar lastortuosas relaciones que se desarrollaban en esos aos entre los montoneros y el general Pern.Eran relaciones plagadas, tambin ellas, de secuencias absurdas entre estmulos y respuestas,entre pasos a la derecha por parte de Pern y reacciones aprobatorias desde la izquierda,acompaadas de bizantinas explicaciones, por parte de los montoneros.Las explicaciones respondan siempre, en lo esencial, a un mismo esquema bsico,consistente en degradar cada paso estratgico de Pern al rango de un paso tctico, como un modode preservar en la trabajosa visualizacin montonera del viejo lder el mito de una estrategia exquisita ysecreta, encaminada por sabios meandros y hbiles rodeos a la liberacin nacional.Una cosa que me intrigaba era precisamente la inslita y casi manitica insistencia con que lostrminos tctica y estrategia aparecan reiterados en el lenguaje montonero. Y finalmente llegu ala conclusin de que ambas expresiones estaban siendo disociadas de su acepcin clsica en elvocabulario poltico convencional, y convertidas en frmulas rituales de alusin a esa dicotoma mgica 3. entre un mundo de realidades invisibles y un mundo de visibilidades irreales.Haba, as, un Pern tctico, inmerso en la irrealidad de lo visible, audible, palpable, yverificable, que tena de confidente y delfn a Lpez Rega 1, bendeca a la derecha sindical y prometacon un guio convertir a la Argentina en un pas socialista ... como Blgica.Y detrs de l estaba el Pern estratgico y verdadero, provisto de una realidad secreta a laque slo tenan acceso ritual los iniciados, un formidable y gratificante Pern-duende que era invisible,inaudible, impalpable e inverificablemente revolucionario.En esos aos circulaba un chiste en el que Mario Firmenich 2, instantes antes de morir fusiladopor orden de Pern, junto con los dems integrantes de la conduccin montonera, deca conentusiasmo a sus compaeros de infortunio: Qu me dicen de esta tctica genial que se le ocurri alViejo?" .A esta altura, han muerto o desaparecido ya millares de montoneros, como resultado de unarepresin cuya metodologa fue de algn modo delineada por el propio Pern, cuando ste autoriz en1973 la utilizacin de cualquier medio para poner fin a la infiltracin de izquierda en su movimiento.Los montoneros velaron a todos sus muertos, y aun hoy rinden homenaje a su memoria, bajo laconsigna de hasta la victoria, mi general, en lo que de alguna manera viene a ser una trgicareproduccin de aquel chiste en el terreno de los hechos.5Si la conciencia hechicera descrita aqu como contenido de un particular tipo de relacin con Pernfuera slo una peculiaridad de los montoneros, sera de un valor terico bastante relativo y de muyescasa utilidad para la comprensin de esa franja ms amplia de fenmenos polticos que incluye alterrorismo en general o a la ultraizquierda genricamente considerada.Pero la verdad es que el anlisis de cualquiera de estas manifestaciones acaba por descubriren ellas un comn trasfondo de magia que lleva a considerarlas como residuos de una mentalidadhistricamente remota o limitada hoy como fenmeno normal a ciertas etapas de la niez.En 1963, el Uruguay todava era la Suiza de Sudamrica. Bajo un inocuo gobierno colegiado,cuyos innumerables defectos no incluan, por cierto, el de ser opresivo, preservaba su orgullosademocracia en medio de las rutinarias dictaduras que se sucedan en el resto del subcontinente. Laslibertades de expresin y de asociacin gozaban