Comunismo y Nazismo

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Alain de Benoist

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  • Alain de Benoist

    Comunismo y nazismo

    25 reflexiones sobre el totalitarismo en elsiglo XX (1917-1989)

    Traduccin de Jos Javier Esparza y JavierRuiz Portella

    INTRODUCCIN

    Antao ciego ante el totalitarismo, elpensamiento es ahora cegado por l, escribacon razn Alain Finkielkraut en 1983.1 * El* Las notas sealadas con cifras remiten a una abundantsima

    referencia bibliogrfica y se encuentran agrupadas al final del

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  • debate inaugurado en Francia por lapublicacin del Libro negro del comunismoconstituye un buen ejemplo de esta ceguera.Otros acontecimientos que, regularmente,obligan a nuestros contemporneos aenfrentarse con la historia reciente, tambinilustran la dificultad de determinarse enrelacin con el pasado. Esta dificultad se vehoy acentuada por la confrontacin entre unenfoque histrico y una memoria celosa desus prerrogativas, la cual tiende en lo sucesivoa afirmarse como valor intrnseco (habra undeber de memoria), en moral sustitutiva, oincluso en nueva religiosidad. Ahora bien, lahistoria y la memoria no tienen la mismanaturaleza. Desde diversos puntos de vista,incluso se oponen radicalmente.

    La memoria dispone, por supuesto, de sulegitimidad propia, en la medida en que aspiraesencialmente a fundar la identidad o agarantizar la sobrevivencia de los individuos ylos grupos. Modo de relacin afectiva y amenudo dolorosa con el pasado, no deja de serante todo narcsica. Implica un culto dellibro. Se sealan con asterisco las notas que comportancomentarios del autor o alguna explicacin de lostraductores. (N. del Ed.)

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  • recuer4do y obsesiva remanencia del pasado.Cuando se basa en el recuerdo de las pruebassufridas, estimula a quienes se reclaman de lasmismas a sentirse titulares de la mxima penay sufrimientos, por la sencilla razn de quesiempre se siente con mayor dolor elsufrimiento experimentado por uno mismo.(Mi sufrimiento y el de mis allegados es, pordefinicin, mayor que el de los dems, puestoque es el nico que he podido sentir.) Se correentonces un gran riesgo de asistir a una especiede competencia entre las memorias, dando a suvez lugar a una competencia entre las vctimas.

    La memoria es, adems, intrnsecamentebelgena. Necesariamente selectiva, puesto quese basa en una puesta en intriga del pasado(Paul Ricur) que implica necesariamente unaeleccin por lo cual el olvido esnecesariamente constitutivo de su formacin, imposibilita cualquier reconciliacin,manteniendo de tal forma el odio yperpetuando los conlictos. Al abolir ladistancia, la contextualizacin, es decir, lahistorizacin, elimina los matices einstitucionaliza los estereotipos. Tiende arepresentar el encadenamiento de los siglos

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  • como una guerra de los mismos contra losmismos, esencializando de tal modo a losactores histricos y sociales y cultivando elanacronismo.

    Como lo han sealado certeramente TzvetanTodorov y Henry Rousso,2 memoria e historiarepresentan en realidad dos formasantagonistas de relacionarse con el pasado.Cuando esta relacin con el pasado avanza porel camino de la memoria, nada le importa laverdad histrica. Le basta con decir:Acurdate! La memoria empuja de talmodo a replegarse identitariamente en unossufrimientos singulares que se juzganincomparables por el solo hecho deidentificarse con quienes han sido sus vctimas,mientras que el historiador tiene, por elcontrario, que romper en toda la medida de loposible con cualquier forma de subjetividad.La memoria se mantiene medianteconmemoraciones; la investigacin histrica,mediante trabajos. La primera est al abrigo dedudas y revisiones. La segunda, en cambio,admite por principio la posibilidad de sercuestionada, en la medida en que aspira aestablecer hechos, aunque estn olvidados o

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  • resulten chocantes para la memoria, y asituarlos en su contexto con objeto de evitar elanacronismo. El enfoque histrico, para serconsiderado como tal, tiene, con otras palabras,que emanciparse de la ideologa y del juiciomoral. Ah donde la memoria exige adhesin,la historia requiere distanciacin.

    Es por todas estas razones, como loexplicaba Paul Ricur en el coloquioMemoria e historia. organizado el 25 y 26 demarzo de 1998 por la Academia Universal deCulturas de la Unesco, por lo que la memoriano puede sustituir a la historia. En un Estadode derecho y en una nacin democrtica, lo queforma al ciudadano es el deber de historia y noel deber de memoria. escribe por su partePhilippe Joutard.3

    La memoria, por ltimo, se hace exorbitantecuando pretende anexionarse la justicia. sta,en efecto, no tiene como finalidad atenuar eldolor de las vctimas u ofrecerles algoequivalente al dolor que han sufrido. Tiene porfinalidad castigar a los criminales en relacincon la importancia objetiva de sus crmenes, yhabida cuenta de las circunstancias en las quehan sido cometidos. Anexionada por la

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  • memoria, la justicia se convierteinevitablemente en venganza, cuando esprecisamente para abolir la venganza por loque fue creada.

    Despus de la publicacin del Libro negro,hay quienes han reclamado un Nuremberg delcomunismo. Esta idea, presentada porprimera vez por el disidente ruso VladimirBukovski,4 y generalmente recuperada confines puramente polmicos, es como mnimodudosa. Para qu juzgar a quienes la historiaya ha condenado? Por supuesto que losantiguos pases comunistas, si as lo desean,pueden perfectamente hacer comparecer a susantiguos dirigentes ante sus tribunales, pues lajusticia de un pas determinado garantiza elorden interno de este pas. No ocurre lo mismocon una justicia internacional, de la que seha demostrado con creces que se basa en unaconcepcin irenista y adormecida de la funcinjurdica, y ms concretamente en la idea de quese puede desvincular el acto judicial de sucontexto particular. Ms profundamente,tambin se puede pensar que la funcin de lostribunales consiste en juzgar a hombres y no aideologas o a regmenes. Pretender juzgar un

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  • rgimen deca Hannah Arendt espretender juzgar la naturaleza humana.

    Hace cuatro siglos, el edicto de Nantes yaproclamaba en su artculo primero la necesidadde acallar la memoria para restaurar una pazcivil descompuesta por las guerras de religin:Que la memoria de cuantas cosas acaecieronpor un lado y por el otro, desde el comienzodel mes de marzo de 1585 hasta eladvenimiento de la corona, y durante lasalgaradas anteriores y con ocasin de aquestas,mantendrse apagada y adormecida, como cosaque acontecido no hubiere; y ni derecho nipotestad tendrn nuestros fiscales generales, niotras cualesquiera personas, en momentoalguno o por la razn que fuere, de efectuarmencin, acusacin o proceso ante la audienciao la jurisdiccin que fuere.

    El pasado ha de pasar, no para caer en elolvido, sino para hallar su lugar en el nicocontexto que le conviene: la historia. Slo unpasado historizado puede, en efecto, informarvlidamente al presente, mientras que unpasado mantenido permanentemente actual nopuede sino ser fuente de polmicas partidariasy de ambigedades.

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  • ILa publicacin, con ocasin del 80.aniversario de la Revolucin de Octubre, de unLibro negro del comunismo redactado por ungrupo de historiadores bajo la direccin deStphane Courtois, ha desencadenado undebate de gran amplitud primero en Francia ydespus en el extranjero.5 La obra, que tenaque haber sido prologada por Franois Furet,fallecido algunos meses antes, se esfuerza pordibujar, a la luz de las informaciones de quehoy disponemos, un balance preciso ydocumentado del coste humano delcomunismo. Este balance se cifra en cienmillones de muertos, o sea, cuatro veces msque el nmero de muertos que esos mismosautores atribuyen al nacionalsocialismo.

    En rigor, tales cifras no constituyen una

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  • revelacin. Numerosos autores, desde BorisSouvarin hasta Robert Conquest y Soljenitsin,se haban interesado ya en el sistemaconcentracionario sovitico (Gulag); en lashambrunas deliberadamente mantenidas sino provocadas por el Kremlin en Ucrania,que en 1921-22 y 1932-33 causaron cinco yseis millones de muertos respectivamente; enlas deportaciones de que fueron vctimas sietemillones de personas en la URSS (kulaks,alemanes del Volga, chechenos, inguches yotros pueblos del Cucaso) entre 1930 y 1953;en los millones de muertos provocados por larevolucin cultural china, etc. Respecto aesos trabajos anteriores, el balance quepropone el Libro Negro parece inclusocalculado a la baja: no han faltadoestimaciones mucho ms altas.** Mientras que S. Courtois evala en 20 millones el nmero

    de vctimas en la URSS, Z. Brzezinski (The Gran Failure.The Birth and Death of Communism in the 20th Century,Scribners, Nueva York, 1989) se arriesgaba diez aos antesa dar una estimacin de 50 millones de muertos. R. J.Hummel, de la universidad de Hawai, estima que elrgimen sovitico mat 61,9 millones entre 1917 y 1987(Letal Politics. Genocid and Mass Morder since 1917,Transaction Pulbl., New Brunswick, 1996). R. Conquest,cuyos trabajos (La grande terreur, Stock, 1970, 2. ed.revolucin; La grande terreur. Sanglantes moissons.

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  • El inters del libro reside ms bien en que seapoya en una documentacin rigurosaprocedente en parte de los archivos de Mosc,hoy abiertos a los investigadores. sa es larazn