Mesías (Gore Vidal)

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Text of Mesías (Gore Vidal)

  1. 1. MESASGore VidalTitulo original: MessiahTraduccin: Aurora Bernrdez 1954 Gore Vidal 1977 Ediciones MinotauroHumberto I 454 - Buenos AiresEdicin digital: SadracRevisin: abur_chocolatA Tennessee WilliamsA veces pienso que llegar el da en que todas las naciones modernas adorarn unaespecie de dios americano, un dios que habr sido un hombre que vivi en la tierra ysobre quien se habr escrito mucho en la prensa popular; y las imgenes de este diossern ensalzadas en las iglesias, no como podra imaginarlas algn pintor, no flotando enun Manto de Vernica, sino definitivas, registradas fotogrficamente de una vez por todas.S, preveo un dios fotografiado, que llevar anteojos.Ese da la civilizacin habr alcanzado la cima, y habr gndolas de vapor en Venecia.Noviembre de 1861: Diarios de los Goncourt.Captulo 11Envidio a esos cronistas que afirman con despreocupada pero sincera desenvoltura:Yo estuve. Vi lo que ocurra. Fue as. Yo tambin estuve, en todos los sentidos de lapalabra, mas no me creo capaz de describir con alguna exactitud los diversosacontecimientos de mi propia vida, aunque an los recuerde de un modo intensamentevivido Quiz slo sea porque creo que todos somos traicionados por esos ojos de lamemoria, tan mudables y particulares como aquellos con los que miramos el mundomaterial, pues la visin va variando, como suele ocurrir, desde los primeros a los ltimosmomentos de la vida. Y el hecho de que por un camino indirecto e inesperado yo hayaalcanzado una extrema vejez, es para m fuente de cierta complacencia, an en loslgubres instantes en que me encuentro asistiendo distrado a la disolucin del cuerpo,proceso tan imperceptible y seguro como el de esos vientos suaves y persistentes quedesplazan las dunas en el desierto de la seca Libia, ese desierto que arde blanco ydesolado ms all de las montaas visibles desde mi ventana, orientada comocorresponde hacia el poniente, donde yacen todos los reyes orgullosamente enterrados.No ignoro, tampoco, que no me apasionan los asuntos de familia, preocupacinesencial de la especie, y, peor aun, que nunca tuve el hbito de juzgar las actividadescomunes de los hombres dos caractersticas embarazosas que me dan una ciertainseguridad cuando trato de rememorar el pasado; me siento as penosamenteconfundido, sabiendo que mis recuerdos son, al fin y al cabo, aproximados y subjetivos, yslo en parte verdaderos.Por ltimo, nunca me ha resultado fcil decir la verdad, incapacidad temperamentalnacida no tanto del deseo o el impulso incoercible de deformar la realidad para quedar
  2. 2. bien parado, como de una idea de la inconsecuencia de las actividades humanas, siempreen conflicto con esos mismos poderes que se manifiestan en la accin; una paradoja,desde luego, una doble visin que me aparta de los juicios fciles.Me siento tentado de afirmar que la verdad histrica es absolutamente imposible,aunque no niego la nocin filosfica de que esa verdad pueda existir en la imaginacin, deun modo abstracto, perfecto y distante Un desvn abierto a los cuatro vientos, colmadode objetos preciosos: tal ha sido siempre mi imagen personal de esos absolutos queAristteles concibi con tan meloso optimismo y siempre me han gustado losarrogantes conceptos de la filosofa, cuanto ms extravagantes mejor. Soy especialmenteafecto a Parmnides, tan obsesionado por la idea de totalidad que al fin lleg a decir quenada cambia nunca, que todo lo que ha sido ha de seguir siendo, si es recordado ynombrado, concepcin metafsica que me ser, supongo, de cierta utilidad, mientrasretorno a aquella crisis original que ha quedado tan atrs, y a la que he de volver, auncorriendo ciertos riesgos.No digo, pues, que todos mis recuerdos sean verdaderos, pero puedo llamarlosverdades relativas por oposicin a ese monstruoso testamento en que cree la mitad delmundo, traicionando as una misin a cuyo nacimiento asist y cuya depurada leyenda hallegado a ser desde entonces la ilusin fundamental de una raza desesperada. Que tantola misin como la ilusin eran falsas, slo yo puedo decirlo con certeza, con pesar, porquetal ha sido el fin insospechado y terrible de aquellos das intrpidos. Slo la crisis, queahora contar, fue verdaderaHe dicho que no me inclino a formular juicios. Es cierto que en los actos msperversos he sido siempre capaz, con un pequeo esfuerzo, de percibir lasposibilidades de lo bueno, tanto en la intencin real como lo que es para m msimportante en el imprevisto resultado; pero en definitiva los problemas de la tica nuncame han preocupado mucho, posiblemente porque interesan a tantos otros que gobiernanla sociedad, segn la costumbre, y con cierto agrado. En ese til plano moral rara vez, porno decir nunca, me he comprometido seriamente. Pero en una ocasin, en un plano msdifcil, me vi obligado a elegir, a juzgar, a actuar; y actu de tal manera que todava sufrolas consecuencias de mi eleccin, del nico juicio de mi vida.He elegido la luz antes que la oscuridad sin sueos, destruyendo mi lugar en el mundo.Y lo que es aun ms doloroso, he elegido la luz antes que la regin penumbrosa de lasvisiones y ambigedades indeterminadas, ese reino donde la decisin era imposible y medeleitaba examinando infinitas posibilidades de eleccin. Abandonar esos amadosfantasmas, esos incalculables poderes, fue el mayor dolor, pero de ellos he vivido,observando con intensidad cada vez mayor el llameante disco de fuego que es tanto elsmbolo como la fuente de esa realidad que he aceptado del todo, a pesar del segurodominio, en la eternidad, de esa otra, la realidad oscura. Pero ahora, a medida que mitiempo personal empieza a desvanecerse, a medida que el viento del desierto cobraintensidad, borrando las huellas en la arena, tratar de evocar la verdadera imagen delque usurp con aplauso las vestiduras largo tiempo abandonadas de la profeca,triunfando al fin a travs de la muerte ritual y convirtindose, para quienes ven el universoen los seres humanos, en esa solemne idea a la que todava se designa con un nombreantiguo y resonante: dios.2Las estrellas se precipitaron a tierra con un estallido de luz, y all donde cayeron hubomonstruos deformes y ciegos.Los primeros doce aos despus de la segunda de las guerras modernas fueron unapoca de adivinacin, como los describi amablemente un autor religioso. No pasabada sin que algn presagio o portento fuese observado por una raza ansiosa, al acecho de
  3. 3. la guerra. Al principio los peridicos informaban con fruicin sobre esas maravillas, dandoequivocados todos los detalles, pero transmitiendo el sentimiento de pavor que haba deaumentar a medida que se prolongaban incmodamente los aos de paz. Al fin, el puebloaterrado exigi la intervencin del gobierno, ltimo recurso en aquellos tiempos inocentes.Pero el orden secreto de esos presagios obsesivos y ubicuos no caba en ningnsistema conocido. Por ejemplo, la mayor parte de la vajilla luminosa que se vea en elcielo nunca fue explicada del todo. Y una explicacin, al fin y al cabo, era todo lo que elmundo reclamaba. No importaba que esa explicacin fuese inslita, con tal de que sepudiera saber qu ocurra: que los globos relucientes que se desplazaban en orden sobrelas cascadas Sioux, en Dakota del Sur, eran simples habitantes de la galaxia deAndrmeda, movindose a sus anchas en el espacio, omnipotentes y eternos en suspropsitos, en una visita recreativa a nuestro planeta Si se hubiera dicho eso al menos,los lectores de los diarios se hubiesen sentido seguros, capaces de atender pocassemanas despus a otros problemas, una vez olvidados los visitantes del espacio lejano.Poco importaba que esas misteriosas burbujas de luz fueran alucinaciones, visitantes deotras galaxias o armamentos militares; lo importante era dar una explicacin.La contemplacin de lo inexplicable era quiz la experiencia ms incmoda que pudieratocarle a un ser humano de aquella poca, y en esa dcada estrafalaria se vieron yregistraron muchos fenmenos pasmosos.En pleno da, objetos relucientes de plata pulida maniobraban con velocidadextraterrena sobre Washington, D.C., observados por cientos de personas, algunas deellas dignas de confianza.El gobierno, con aire de falsa calma, mencionaba globos meteorolgicos, reflejosatmosfricos, ilusiones pticas, llegando a insinuar que una minora apreciable deciudadanos sufra posiblemente de alucinaciones e histeria colectiva. Este criterio clnicoprevaleci en la administracin, aunque no lo difundan pblicamente; pues el poder delgobierno se fundaba, con mayor o menor solidez, en el voto de esos mismos histricos eirresponsables.Poco despus de mediado el siglo, los prodigios aumentaron y se hicieron cada dams extraos. Los ltimos progresos de las investigaciones atmicas y el motor dereaccin llevaron al mundo occidental a prestar atencin, de mala gana, a otros planetas ygalaxias. La idea de que pronto exploraramos el espacio era tan esplndida comoinquietante, pues la consecuencia pareca lgica: la vida poda estar desarrollndose enotros planetas y quiz con un poco ms de brillo que en el nuestro, y adems no eraimprobable que nosotros mismos recibisemos a visitantes de otros mundos mucho antesque comenzara nuestra aventura en la estrellada oscuridad que contiene la vida comouna mota de fsforo suspendida en un mar tranquilo. Y como nuestras gentes eran, y sinduda siguen siendo brbaras y supersticiosas como los salvados que chorreabanagua en los bautismos lejanos de otros tiempos, se consideraba en general que esasextraas criaturas cuyos vehculos brillantes relampagueaban a tal velocidad en nuestrospobres cielos, eran hostiles y crueles e inclinadas a dominar el mundo como nosotrosmismos, o al menos como nuestros vecinos geogrficos.Las pruebas eran horrorosas y abundantes: en Berln un viejo granjero vio aterrizar unobjeto volador de forma inslita, y estaba tan cerca que alcanz a distinguir a varioshombrecitos que pestaeaban detrs de un arco de ventanas. El granjero escap antesde que se lo comieran. Poco despus de una jadeante declaracin a los peridicos, fueabsorbido por un gobierno asitico dedi